Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

La hipersexualidad inducida en niñas

Parecería un hecho gracioso, y  hay mucha gente que se ríe con gestos que parecen decir “mira que monas se ven”, ese de ver a niñas, de 5, 6 o 7 años, vestidas de mujeres adultas, con sus uñas pintadas, sus zapatitos de tacón, sus pantalones ajustados, sus blusas ceñidas o con escote, sus labios pintados de rojo, el cabello en melena y esos gestos seductores que la hacen parecer una barbie a la última moda.

En nuestro país se ven en los salones de belleza, no acompañando a sus madres, como otrora ocurría, sino sentadas debajo de secadores, con las caritas adoloridas  y enrojecidas cuando le estiran el pelo con el blower, o con sus manos posadas sobre una mesa de manicura, mientras le desprenden cutículas o le pintan con esmalte sus dedos pequeñitos, transfigurados en un gesto de damita sofisticada. Pero lo cierto es que esta inducción a la adultez, que se pretende que solo ocurra en las formas, como si la estuvieran estrenando en una escuela para la formación de damitas a merced de un caballero adinerado que busca ser acompañado por una mujer-objeto, trasciende la mera estética y tiene, como veremos, consecuencias nefastas en el desarrollo psicosexual de estas pequeñas.

La alarma ha cundido en muchas partes del mundo, hasta el punto de que, en 2001, el Primer Ministro inglés ordeno la elaboración de un informe que se dio en llamar Bayle, que describía este fenómeno inquietante y que sugería una serie de medidas legales y sociales para intentar frenar este despropósito. Por su impacto negativo, es necesario que reflexionemos sobre las consecuencias de esta especie de moda social que se va extendiendo también en nuestra sociedad.

Si hay algo que nos ha enseñado la Psicología Evolutiva, es el aserto de que el desarrollo cognitivo, sexual, psicológico y biológico del ser humano es progresivo y  requiere de estructuras biológicas y determinados estímulos ambientales para alcanzar su adecuado desempeño. Subvertir este proceso paulatino puede suponer importantes dificultades en la vida de las personas. Así se revela cuando intentamos que nuestros niños vivan por encima o por debajo de su edad, o cuando un acontecimiento traumático, como un abuso sexual, irrumpe en su desarrollo, rompiendo con la inocencia propia de las primeras edades.

Si bien es cierto que desde edades muy tempranas los niños empiezan a reproducir comportamientos de adultos, dado que la imitación es uno de los métodos de aprendizaje más socorridos en el ser humano, estas imitaciones se producen en el terreno del juego, y siempre que es motivado por el propio niño en su necesidad de aproximarse al mundo por medios lúdicos, este hecho no subvierte ni su desarrollo ni la necesaria inocencia propia de estructuras nuevas. Sin embargo, cuando son los adultos los que imponen o inducen en los niños  comportamientos propios de adultos, este hecho impacta negativamente en los niños, rompiendo el equilibrio de su desarrollo y creando disonancias y contradicciones para las cuales el niño no tiene herramientas para asimilarlas o superarlas.

Las niñas que describíamos y que cada vez más frecuentemente vemos en restaurantes, centros comerciales o salones de belleza, reproducen una simbología seductora, propia de sujetos sexuados y bajo el prisma más machista que podemos imaginar. La transformación a la que las inducen, no solo un mercado indecente y amoral que busca a toda costa nuevas cobayas que se sumen al consumo desaforado, sino también sus propias madres y padres, va mucho más allá de un disfraz. Impregna sus gestos, su comportamiento y, en consecuencia, perturba su psiquismo. Se las viste de adultas pero se las trata como niñas, creándose con ello la primera de las múltiples contradicciones que este hecho engendra. Esta carga simbólica, para la cual no están preparadas en ningún sentido, las convierte en objeto de deseo. Despierta en ellas un código sexual, dejándolas a merced de sujetos desaprensivos y perversos que ven en ellas a la Lolita de Nabokov, que reproducía un lenguaje seductor sin ser consciente, sin que ello supusiera que estuviera preparada o deseosa de vivir la sexualidad a sus 12 años, y en la que el personaje pedófilo de la novela, Humbert Humbert, creyó ver las señales de su consentimiento.

En una sociedad como la dominicana, en la que abundan los embarazos en adolescentes y en niñas que apenas despuntan en la pubertad, en la que es común el abuso sexual que no solo florece en la promiscuidad de la pobreza, sino en todas las capas sociales, y en la que el machismo campa a sus anchas, este código de inducir a menores en roles seductores y, por tanto, sexuales, resulta sumamente peligroso y dañino. Se crea, por ignorancia o inconsciencia, una hipersexualidad a destiempo. Con ello no solo la dejamos a merced de abusadores sin escrúpulos, sino que matamos, de golpe y porrazo, su infancia, su desarrollo y su inocencia.

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