Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Psicología del corazón

Dice el saber popular, cantan las canciones y recitan los poemas, que en el corazón se guardan los sentimientos, los de amor, los de dolor, los de pesar, malos y buenos, dulces y amargos. Así lo concebía la medicina antigua, antes de que la Edad Media metiera la religión y la superstición en todas parte, y luego, zafándose de ese fardo, el mecanicismo renacentista contagiara también a las ciencias de la salud, y el ser humano pasara a ser concebido como una máquina de sofisticado funcionamiento, obediente a cálculos matemáticos y ecuaciones y escindido en dos mitades casi inconexas, por el serrucho cartesiano.

No le faltaban razones a eso que la intuición de la gente, durante siglos, ha pensado acerca de ese órgano que no solo bombea sangre, sino que es capaz de latir a paso acelerado cuando un susto o una sorpresa lo hacen moverse fuera del control de la voluntad e, incluso, del cerebro. 

Si se admite esa relación del corazón con los sentimientos y emociones, es plausible también pensar que cuando esta relación se produce de forma adversa o negativa y constante en el tiempo, puede provocar patologías en el sistema cardiovascular.

Así lo han admitido una serie de especialistas, cuyas investigaciones y hallazgos han servido para alimentar a una subespecialidad dentro de la Psicología de la Salud, y en unión con la Cardiología, llamada psicocardiología.

Desde esta perspectiva integradora, por interdisciplinaria, se conoce el impacto que el estrés crónico, la ansiedad y, sobre todo, la depresión, tiene sobre personas con cardiopatías.

Incluso, se ha llegado a destacar que hay patrones de personalidad claramente asociados a las mismas. Uno de ellos es el Patrón de Personalidad Tipo A, que desarrollan personas hostiles, duras y competitivas, adictas al trabajo, llenas de impaciencia, dominantes y autoritarias, las cuales tienden a presentar hipertensión arterial. Así lo descubrieron, en 1957, Rosenman y Friedman, dos cardiólogos norteamericanos del hospital Monte Sinaí, de San Francisco, California.

En las últimas décadas, investigadores belgas han relacionado las cardiopatías, pero sobre todo el infarto de miocardio, con otro patrón de personalidad que llamaron Tipo D. Dicho patrón combina un estado afectivo negativo (desasosiego, intranquilidad, hostilidad y conductas autodestructivas) con la inhibición social.

Ambos patrones comparten la ira o la hostilidad, como emoción predominante, y la dificultad generalizada de expresar las emociones y el afecto. A ese respecto, una revisión de estudios realizada por investigadores del Duke University Medical Center, de Durham, Carolina del Norte, ha demostrado una elevación del 19% en el riesgo de enfermedad coronaria en aquellas personas que conviven con la ira.

Por otro lado, hay numerosa evidencia científica de la nociva relación existente entre el infarto de miocardio y la depresión. En una investigación realizada en 1996 en los Estados Unidos, se observó que del total de pacientes con depresión, 50% la presentó durante la hospitalización, 42,9% entre el alta y 6 meses, y 7,1% entre 6 y 12 meses después del infarto. Lo más relevante de esta relación entre depresión e infarto es que padecer la primera eleva la probabilidad de que se repita el infarto en el primer año. En dicha investigación se reportó que entre los pacientes con infarto agudo de miocardio, los síntomas depresivos son factores predictivos de mortalidad cardíaca, hospitalización, empeoramiento del estado de salud del enfermo y mayores costes sanitarios.

Estas evidencias señalan también que para abordar estas patologías es indispensable la modificación de estilos de vida que suelen conllevar conductas de riesgo tales como la obesidad, la falta de ejercicios, el consumo de alcohol, el manejo inadecuado de las emociones negativas etc., para lo cual se hace indispensable el auxilio de la psicología.

Son estos hallazgos, y muchos otros, los que avalan la urgente necesidad de incluir a los psicólogos de la salud en el trabajo de prevención y rehabilitación de los pacientes con cardiopatías. De hecho, cada vez es más frecuente la creación de unidades de rehabilitación cardiológica en los hospitales, que atienden los factores psicosociales que, como hemos visto, revisten una gran relevancia, asumiendo la perspectiva y los aportes de la psicocardiología.

Sin tomar en cuenta estos factores, se puede contar con los mejores médicos y la mejor tecnología, sin que ello garantice el manejo eficaz de los pacientes.

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