Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

Deliberación y discrepantes: las minorías en serio

La forma de deliberación, el objetivo de la deliberación y la razón de ser de la deliberación son elementos importantes a considerar en una democracia. Pero, en todas democracias aquellas personas que no logran la mayoría en un determinado momento, aquellos que no pueden convencer al otro, no deben quedar rezagados. Al igual que aquellos individuos que producto del momento y de la fuerza de sus argumentos han quedado en la mayoría, la democracia también debe dar valor a aquellos que han quedado en la minoría.

La discrepancia en la democracia prueba dos cosas. Primero, la idea valorativa de que la democracia no debe ser coyuntural no es nada más que un mito, ya que la democracia es siempre producto de coyunturas y un sinnúmero de circunstancias; y segundo, que siempre habrá personas que no estarán total o parcialmente de acuerdo con una determinada decisión. Pero, la forma como vemos estas vertientes de la democracia nos muestra, por un lado, a las personas que realmente creen en la democracia, y por otro, a aquellos que se valen de ella sin continuar con la dinámica de la misma.

Solo queremos discutir y estar en la posición mayoritaria siempre, y es claro que a nadie le gusta perder. Pero tan pronto una posición está en la mayoría con una determinada idea, y se busca revisar esa idea para someterla a la discusión, entonces, nos molestamos. Es aterradora la imagen de estar en la minoría, porque la minoría –por un determinado período– estará atrapada en una dinámica de aceptación, pero no en una dinámica de que esa minoría es tomada en serio.

A raíz de esto, podemos argumentar que existe una forma de cómo a la discrepancia no se le da su justo valor en la deliberación, hasta el punto de que relega al discrepante a solo ser un elemento formal más que debe estar presente sin que realmente tenga incidencia en la discusión. Esto sucede cuando al discrepante, o aquel que está en la posesión minoritaria, se le trata con condescendencia.

Entiendo por democracia condescendiente –en el uso peyorativo del término– la forma de deliberación que se limita a la aceptación de una idea discrepante por la mayoría, pero sin considerar en su debida extensión la misma. La posición mayoritaria asume, producto de su superioridad, una actitud de deferencia a la existencia de posiciones discrepantes o disidentes, pero sin actitud abierta al contenido de esas discrepancias, hasta el punto de que no existe diferencia –desde la perspectiva del discrepante– entre participar y no participar en la discusión. Se toma nota de que existen ideas discrepantes o disidentes, por ello sólo se aceptan que estén presentes; pero las mismas no son tomadas en serio.

El individuo entiende que su prójimo en la deliberación tiene una idea distinta a la mayoría, pero acepta que esto puede pasar, entiende que es normal en la democracia que existan ideas contramayoritarias. La condescendencia en la democracia, en el sentido expuesto, se materializa cuando solamente nos limitamos a aceptar que existe un disidente o un discrepante en el grupo, y entendemos que es su “derecho” presentar esa discrepancia (porque comprendemos que es parte de sus principios o de su personas), pero esta aceptación no nos lleva más allá y nos excluye de una parte fundamental de la democracia deliberativa. La aceptación del otro como un individuo discrepante sin preguntarnos “¿Por qué no está de acuerdo?” “¿Qué es lo importante para ese individuo que nosotros no entendemos?” “¿cómo podemos balancear los intereses del discrepante con los intereses de la mayoría?”, nos conduce a desplazar a ese individuo a la insignificancia.

Todo esto responde al hecho de que nos persigue un mal hábito en toda discusión, y es que entendemos la democracia como aquel conjunto de ideas que sólo queremos escuchar. Más lejos aún, y aquí es donde la debilidad en la discusión democrática se manifiesta, queremos que la discusión democrática sea con aquello que queremos escuchar, queremos que el otro exprese sus ideas cómo nosotros queremos que él la exprese, queremos que el otro discrepe cómo queremos que el otro discrepe; o peor aún, que la democracia sea solamente con aquellos con quiénes deseamos discutir. La democracia no es como nos guste que sea, la democracia es una especie de “todo o nada” que debe tomarse como se nos presenta y mejorarla entre todos sus participantes.

Esto no significa que no debamos circunscribirnos dentro de los parámetros que hacen de la democracia una democracia. Tal es el caso en que la dinámica de la discusión esté dominada por discursos de odio, insultos o elementos peyorativos que no tienen nada que ver con el objeto de discusión. Pero, tan perjudicial es para una democracia que se acepte que hay posiciones minoritarias sin entender la razón de ser de esas minorías. De nada sirve con aceptar esas posiciones minoritarias si no las incluimos dentro de nuestro razonamiento deliberativo. Claro está, la inclusión en este caso no significa endosar y apoyar a la minoría, sino entender que la minoría tiene un legítimo punto para discrepar de la mayoría, y por ende, ser tomada en serio.

Si existe un punto donde la democracia deliberativa y la idea de republicanismo convergen, es que la democracia debe asumir los arreglos necesarios para que la posesión minoritaria no devenga en una formalidad más que debe observarse. Tomar en cuenta la posición de la minoría es tomarla en serio, lo cual no significa que la minoría se imponga a la mayoría, sino algo más simple y más fundamental: al tomar en cuenta a la minoría maximizamos la eficacia del sistema de discusión y podemos lograr un mejor ambiente de cooperación para evitar conflictos. De esta forma, a través del intercambio de ideas en serio, no solo incrementamos nuestro nivel de conocimiento y detectamos “los defectos en el razonamiento”, también “ayuda a satisfacer el requerimiento de atención imparcial a los intereses de los afectados” (C.S. Nino, 1993: 161).

En conclusión, no se trata solo de aceptar la existencia de las minorías, se trata de que sean tomadas en serio. Así, los derechos de las minorías se verán en, cierto sentido, resguardados, teniendo los discrepantes mejores razones para no desconfiar del sistema de deliberación. Más aún, a pesar de no haber ganado la discusión, tendrán mejores razones para aceptar el resultado de la discusión porque consideran que la discusión ha sido razonable y justa, quedando abierta la posibilidad de ganar el día de mañana. Este es un sistema circular de garantía política porque la mayoría de hoy puede ser minoría mañana y, si esto sucede, seguro querrá tener garantías de que la deliberación será justa y de que cualquier discrepancia presentada será tomada en serio.

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