Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Cuidar versus curar: un cambio de enfoque

El gran dolor de cabeza de los sistemas sanitarios mundiales lo constituyen las enfermedades crónicas o no transmisibles. No solo por lo resistentes que son y el gasto que generan, sino también porque vienen a cuestionar el objetivo principal que se incentiva en la formación de los galenos, el de curar a sus pacientes. Ante un enfermo crónico esta aspiración debe dar paso a un objetivo aparentemente más modesto, y no por ello menos difícil, el de cuidarlo.

Este cambio de visión del verbo curar al verbo cuidar, constituye muchas veces un motivo de frustración por cuanto cuestiona el rol de redentores y salvadores como la más elevada aspiración de los expertos en salud, por otra de facilitadores.  Unos facilitadores que, a la luz del paradigma que conciben a las enfermedades como el producto de múltiples causas, biológicas, sociales y psicológicas (en reemplazo del paradigma vigente desde el siglo XVIII, el biomédico) no se bastan solos, sino que requieren de la participación de un equipo profesional de índole interdisciplinar para abordar de forma efectiva los retos actuales en el terreno de la salud, al tiempo que exige concebir al “paciente” no como un sujeto pasivo, sino como un ente autónomo, con derechos y deberes, al que hay que empoderar para que sume esfuerzo a favor de su salud y bienestar.

El 31 % de la población adulta dominicana sufre de hipertensión arterial; el 9.9 % padece diabetes mellitus tipo 2 y el 45 % de la población está en sobrepeso

Entre los padecimientos crónicos que se han hecho cada vez más frecuentes se encuentran la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y respiratorias, el cáncer y la obesidad. En ese sentido, y de acuerdo con el Estudio de los factores de riesgo cardiovascular y síndromes metabólicos realizado en nuestro país en 2010 y  2011, el 31 % de la población adulta dominicana sufre de hipertensión arterial; el 9.9 % padece diabetes mellitus tipo 2 y el 45 % de la población está en sobrepeso, por solo señalar algunos datos alarmantes. Ello supone no solo que las enfermedades no contagiosas o crónicas son la principal causa de muerte por enfermedad en el país, y en el mundo, sino que van en vertiginoso aumento.

En la etiología de estas enfermedades crónicas, que suelen despuntar en la mediana edad, es decir a partir de los 40 años, no solo se encuentran factores hereditarios, si no también, y fundamentalmente, aspectos vinculados con el estilo de vida: falta de ejercicio, la ingesta excesiva de azucares y grasas, consumo inapropiado de fármacos y de sustancias psicoactivas, un ritmo de vida estresante, entre otros componentes que forman parte de los comportamientos más frecuentes de las sociedades posindustriales. Se trata, por lo tanto, del impacto que la conducta humana inapropiada puede causar en la salud.

Ello explica por qué los cardiólogos, endocrinólogos y demás especialistas han ido haciendo mayor hincapié en señalar a sus pacientes la necesidad de modificar conductas nocivas para la salud.  Se trata, en muchos casos, de una retahíla de frases impositivas tales como: usted no puede fumar, usted no debe tomar alcohol, y si acaso una copita de vino al día. Usted tiene que caminar y hacer ejercicio al menos una hora cada día. Usted no puede estresarse, tiene que tomar las cosas con calma… Se apela a la autoridad y se utiliza la información como medio para alcanzar la meta de modificar estas conductas, como si ambas cosas bastaran para educar y  como si el profesional de la salud todavía estuviera investido de una autoridad infalible, en un contexto en el que se concibe al paciente como consumidor y al experto en salud como un proveedor de servicios.

Comprobado el poco impacto que tiene en los pacientes este modo autoritario, o benignamente paternalista de los médicos formados bajo el prisma biomédico, es oportuno cuestionarse si se trata del estilo de relación más adecuado para intentar impactar en la vida del paciente. Vale preguntarse también si, siendo la psicología la ciencia que se ocupa de explicar e intentar modificar el comportamiento humano, ¿por qué no se hace el debido uso de ella a la hora de pretender modificar hábitos de vida?

Se apela a la autoridad y se utiliza la información como medio para alcanzar la meta de modificar estas conductas, como si ambas cosas bastaran para educar y  como si el profesional de la salud todavía estuviera investido de una autoridad infalible

Los psicólogos sabemos bien lo difícil que resulta modifica el comportamiento, mucho más si se trata de un estilo de vida asociado a dinámicas sociales que resultan difíciles de evadir, porque son vendidas e impuestas incesantemente por un sistema socioeconómico que tiene en el hiperconsumo su mayor soporte. Sin embargo, un médico que a veces no tiene el vínculo terapéutico establecido, ni muchas veces tampoco un estilo de comunicación empático con su paciente, pretende, en una especie de sermón impregnado de autoritarismo y ninguneo, dictarle al paciente, a quien concibe carente de toda autonomía, lo que debe de hacer o dejar de hacer. Está comprobado que este estilo, la mayoría de las veces, produce una especie de infantil rebeldía en el paciente, que se apega a sus hábitos nocivos como un modo inconsciente quizás de preservar esa autonomía y esos derechos que se le escamotean en la propia dinámica jerarquizada y autoritaria, de perfil puramente biomédico o higienista, que establece el profesional con él.

Para enfrentar las enfermedades crónicas hay que lograr que el paciente se involucre y coopere. Hay que ser coherente y adaptar todo el sistema sanitario, y  el comportamiento y filosofía de sus miembros,  a ese cambio paradigmático. Porque ese cambio paradigmático no es el producto de una moda científica, es la adaptación de conceptos y practicas a realidades distintas, lejos de aquellas que imperaban en el siglo XVIII, cuando eran los gérmenes y las epidemias las causas principales de los males de la salud.

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