Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

Democracia deliberativa: ¿y por qué?

En esta entrega en la serie sobre democracia deliberativa con una pequeña anécdota, para demostrar cómo la pregunta “¿por qué?” es una poderosa herramienta para el diálogo, la discusión y la adopción de decisiones. Hace unos días tuve una conversación con un amigo sobre política exterior, en particular respecto a la República Dominicana. La conversación fue interesante e intensa, sobre todo porque es llamativo escuchar a un economista hablar de política y democracia.

Tan irresponsable es en la democracia deliberativa no salir a disputar las ideas y convencer al otro, como lo es deliberar únicamente con aquellos que ya están de acuerdo o comparten la postura dejando fuera a los discrepantes

Al profundizaren nuestra conversación algo sucedió. Ambos cedimos ante nuestro primitivo instinto desenfrenado: nos llamábamos la atención, nos requeríamos mutuamente que nos escuchásemos. La pasión crecía, parecíamos dos guerreros en el coliseo en busca de la gloria. Ambos dimos lo mejor que teníamos y por qué creemos que tenemos la razón respecto a nuestros planteamientos.Pero en la medida en que la razón se imponía y la pasión se moderaba, nos encontrábamos siempre ante un nuevo obstáculo. Ese obstáculo es una interrogante, una llave a los conocimientos de otros. Dicho obstáculo es “¿y por qué?”, y con cada uno de ellos nos permitíamos descubrir la razón de nuestra posición, la razón de nuestra de nuestra temporal terquedad.Una interrogante que, a primera vista, es una impertinencia, una necedad y una piedra en la en el zapato que es la conversación.

Sin embargo, los contantes “¿y por qué?” nos revelaron mutuamente que teníamos un punto y que para nosotros era importante, y que nos motivaban a saber por qué eran importantes. Ni mi amigo podría saber qué pensaba y la razón de ello no es sino esa interrogante. Lo mismo me pasaba respecto a él. No fuimos mezquinos en interrogarnos mutuamente para entorpecer al otro por medio de esta interrogante, pero sí lo suficientemente firmes para exigir razones sin recurrir a los insultos.

Como fundamentamos la totalidad de nuestras conversaciones con personas con quien estamos de acuerdo, los por qué son usualmente efímeros y por demás muy pocos. Además es muy bonito tener conversaciones en nuestra propia cabeza, y llegar a esas brillantes reflexiones en un momento de lucidez a modo de monólogo. Cada conversación, cada diálogo y cada decisión buscan apelar a la conciencia del otro, no así a la conciencia de uno mismo como de aquellos que ya comparten la postura. Tan irresponsable es en la democracia deliberativa no salir a disputar las ideas y convencer al otro, como lo es deliberar únicamente con aquellos que ya están de acuerdo o comparten la postura dejando fuera a los discrepantes.

Lamentablemente, en la deliberación no es posible que el otro diga aquello que nosotros queramos que diga para poder endosarlo o para poder replicarle, ya que muchas veces se alcanza el objetivo por vías distintas a las pensadas. En tal sentido, es importante tomar las ideas como salgan en la discusión y a partir de ahí desintegrarlas, entenderlas y cuestionarlas, para luego actuar. Por ello, en la medida en que renunciemos al “por qué” para que otros la pregunten en vez de nosotros, nuestras opiniones no serán el fruto de nuestra reflexión sino de la reflexión de otro que ha asumido ese rol. Eso le resta poder a la deliberación y le resta poder a la voz del individuo como agente político.

Finalmente, y de vuelta a la anécdota, mi amigo y yo llegamos a un acuerdo; y nuestras opiniones se transformaron porque entendimos mutuamente la razón de ser de nuestras ideas. Sin tan siquiera esperarlo – y creo que él no lo sabe – llegamos a un punto de convergencia. Yo no gané, pero tampoco ganó él, pero sí ganamos nosotros como ganó el debate al enriquecerse.

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