Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

El valor de las discusiones en la democracia deliberativa

¿Qué hace que el modelo deliberativo de democracia sea más atractivo que los demás? No sólo se trata del resaltado en sí mismo, sino de cómo terminan los agentes una vez culminado el proceso de discusión para votar, o una vez concluida la votación.

Carlos Santiago Nino, quizás el más grande de lo filósofos del derechoen latinoamericana, nos enseña que la democracia — entendidacomo deliberativa — tiene un valor que otromodelo no ofrece, que es su valor epistémico. Según Nino, este valor supone que “la verdad moral se constituye por la satisfacción de presupuestos formales o procesales de una práctica discursiva dirigida a lograr cooperación y evitar conflictos”; y que “la discusión y la decisión intersubjetivas constituyen el procedimiento más confiable para tener acceso a la verdad moral, pues el intercambio de ideas y la necesidad de ofrecer justificaciones frente a los otros no solo incrementa el conocimiento que uno posee y detecta defectos en el razonamiento, sino que ayuda a satisfacer el requerimiento de atención imparcial a los intereses de todos los afectos” (Nino, 1993: 161 y sgtes).

Por una parte, el valor epistémico de la democracia deliberativa reside en que es un mecanismo para conocer y entender los intereses de los demás. Los fallos que existen en otros modelos políticos tradicionales, u otros modelos disfuncionales, se han basado en la imposición del autointerés, no tanto como egoísmo sino como la ausencia de conocimiento de los intereses de los demás.

De todas formas, lo que no debe primar es la mala fe que impida la circulación de ideas porque el agente piense que los demás no están a su altura. Cuando existe la arrogancia, sufre la democracia.

Si una persona no puede reflejarse en aquello que propone laotra persona, entonces, el argumento basado enel autointerés se debilita porque el otro no encuentra beneficios. Solo porque algo nos interese no quiere decir que los demás en el grupo deban endosarlo o, peor aún, asumirlo como propio. Cuando se pone sobre la mesa los intereses a discutir, y las ideas que le rodean, el interlocutor lo hará desde una óptica particular para que el otro vea en ese interés algo que le llame la atención para apoyarlo. Esta forma de interacción ayuda a que las discusiones presenten un mayor grado de imparcialidad.

Por otra parte,en la medida en que exijamos razones del por qué una postura debe prevalecer, desmitificamos al otro, y el valor epistémico de la democracia adquiere así un matiz igualador. Hay personas que consideran al otro como desigual, al otro que no es racional, al otro como ineducado, pero a la hora de discutir lo que va a contar es el argumento y su verificación. Por ello, el status de la persona no podría ser más que una premisa más pero no así la fuerza del argumento. De todas formas, lo que no debe primar es la mala fe que impida la circulación de ideas porque el agente piense que los demás no están a su altura. Cuando existe la arrogancia, sufre la democracia.

Asimismo, este valor epistémico de la democracia nos ayuda a detectar los errores lógicos y/ o fácticos de nuestros argumentos. También nos ayuda a observar si el error de nuestros argumentos ha sido premeditado. Cuando el agente asume argumentos irrealistas, deshonestos y notoriamente parciales, se convierten en costes de transacción que impiden llegar a momentos cooperativos deliberativos y así alcanzar un consenso.

Esta forma de ver las discusiones en la democracia parte de la idea de que no es posible construir argumentos para consensos en el interior de uno mismo, sin que sean exteriorizados para que pasen por el escrutinio del otro. Como tampoco podemos llegar a consensos si no conocemos los intereses de los demás, lo cual nos llevará a cambiar o a mejorar nuestros intereses.

Solo este escrutinio nos permite separar la discusión, el debate o choque de ideas, de lo que es la imposición, que va de la mano de argumentos de autoridad u otros de carácter ad homine.  En la medida que nos comprometamos a la dinámica de la deliberación podremos llegar a decisiones con un alto considerable de imparcialidad y, por ende, con un grado considerable de justificación que nos permitirá aceptar el resultado aun cuando nos estemos de acuerdo.

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