Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

Democracia y deliberantes

En la teoría y filosofía política, el concepto “democracia deliberativa” no se limita a la participación en procesos políticos, sino que es un “plebiscito” diario que se desarrolla en los espacios personales de los individuos porque es en esos espacios donde ocurren las importantes discusiones para la formación de opinión. Desde el punto de vista, el voto no solo es lo importante, sino también todo el proceso previo de formación de perspectivas que se reflejarán en subsecuentes participaciones políticas.

Pero ¿qué sucede con los participantes? Los participantes tienen un rol particular que no solo se refleja por sus prerrogativas, también en sus obligaciones. En mi opinión, existen seis aspectos que muestran la naturaleza de las obligaciones de los participantes en la deliberación y que garantizan el correcto desarrollo de la misma, independientemente de que se puedan agregar otros elementos.

Pero, cuando existen insultos, el uso sistemático de argumentos de autoridad, o simplemente no expresar claramente cuál es la posición y los motivos que se defienden, la intención de deliberar ya no existe

Un primer aspecto a considerar se reduce a una cuestión de actitud. Roberto Gargarella, reflexionando sobre la actitud de John Rawls durante sus lecciones en Harvard, dice que Rawls, en vez de descalificar a los otros se preguntaba “¿qué es lo que no estoy entendiendo yo, de lo importante que ellos me quieren decir?”. Algo similar debe realizar el deliberante, ya debe presentarse con una actitud que denote interés respecto al por qué el otro tiene una perspectiva en concreto y qué es lo que el otro quiere que se entienda.

La actitud abierta a la deliberación significa que, mutuamente, los participantes – con independencia de sus ideas – se consideran como personas con la capacidad de adoptar por sí mismos posiciones sin estar condicionados a la voluntad de otros. Esta actitud predica la tolerancia, el respeto y la disposición a escuchar. Pero, cuando existen insultos, el uso sistemático de argumentos de autoridad, o simplemente no expresar claramente cuál es la posición y los motivos que se defienden, la intención de deliberar ya no existe; y no podremos tratar de convencer al otro del por qué pensamos lo que pensamos y por qué, más importante aún, tenemos la razón.

Esto nos lleva a un segundo aspecto, el deliberante no solo debe tolerar, debe también escuchar. La deliberación no es una competencia de quién hable más, sino de quién pueda convencer. Por ello, cuando se escucha, el deliberante sabrá exactamente a qué atenerse y a qué está dispuesto a negociar. Aunque quizás carezca de un determinado rigor en la teoría y filosofía política, pero escuchar construye el puente hacia el entendimiento paracomprender aquello que hace que el otro se aferre tanto a sus ideas y argumentos.

En un tercer aspecto, los deliberantes deben actuar con un considerable nivel de sinceridad (Habermas). Al margen de los intereses que nos muevan, un cierto nivel de sinceridad nos obliga a quedarnos en el objeto de la discusión, sin que dediquemos el esfuerzo a denigrar al otro respecto a cuestiones sin importancia. Ante la complejidad de las relaciones humanas y la inmensa cantidad de intereses en juego – sin importar su naturaleza –, se debe admitir que es difícil establecer cuál es el nivel de sinceridad requerido: ¿o es una disposición de plena verdad? o ¿de manejo de información de manera estratégica pero sin contaminar la viabilidad de los argumentos del deliberante?

Por otro lado, el requerimiento de sinceridad se puede combinar con un cuarto aspecto que es la simetría de información. Que los deliberantes no solo reciban la mayor cantidad de información es importante, pero también que estos dejen fluir la mayor cantidad de información posible para que el otro se pueda formar una mejor opinión para la discusión. Lamentablemente, esta concepción de la democracia no impide que, en ocasiones, la información llegue incompleta, pero sí permite que circulen informaciones sustanciales para que las personas adopten decisiones deliberadas. La razón es sencilla: la transparencia anima al sujeto político a la participación.

Existe un quinto aspecto que no puede ser excluido, y es que la deliberación no debe ocurrir en la mente del individuo. Es imperativo que los participantes asuman su responsabilidad para promover sus posiciones y exteriorizar sus razones, ya que de lo contrario no podrán de convencer a nadie. Por ello es que “hacer campaña” (M. Walzer) es inevitable,lo cual implica que los participantes promuevan sus ideas ante otros para que estos puedan endosarlas o rechazarlas.

Por último, en un sexto aspecto, no es posible negar que las posiciones de los deliberantes son importantes y que cada quien busca la forma para que se impongan, pero no siempre no es así. Por ello, la negociación y el compromiso son esenciales, ya que ayudan a romper obstáculos contextuales, perspectivas ideológicas o prejuicios del otro que le impide ceder. De hecho, la negociación y el compromiso muestran la multiplicidad de intereses y opiniones en una comunidad; y las dificultades para balancearlas. Pero no solo la negociación y el compromiso reflejan esto, también reflejan que el deliberante debe estar dispuesto a cambiar de opinión; o admitir su derrota temporal para superar el impase y tomar el siguiente paso en la discusión.

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