Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

El síndrome de Dorian Gray

Hay un personaje literario y de ficción que, como en otros casos (el Síndrome de Peter Pan, por ejemplo) simboliza un malestar de nuestro tiempo. Se trata de aquel joven de expresión angelical, de una belleza magnética, llamado Dorian Gray.

La célebre novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, nos muestra, en su desarrollo y desenlace, el peligro de caer en un narcisismo tan vacuo como vacío, indolente e insaciable, que se apodera de  muchos individuos en esta etapa transicional, que se nos hace tan larga, llamada postmodernidad.

Dorian Grey es inmortalizado, y nunca mejor dicho, por el pintor Basil Hallward que queda embrujado por aquel magnetismo que ejerce sobre los seres humanos la belleza. Y cuando Dorian se deleita por primera vez, mirándose en aquel cuadro, en la exactitud viviente de esa esencia de su ser que Basil logra desnudar casi con impudicia, pronuncia para sus adentros una especie de conjuro. A partir de la formulación de aquel deseo, el cuadro absorberá los años y el consecuente deterioro del cuerpo de Dorian Gray. El lienzo ira sorbiendo las oscuridades de aquella alma que poco a poco va enfermando, presa de la fascinación y el poder absoluto que emana de la certeza de la inmortalidad.

Las similitudes entre el personaje y el síndrome que lleva su nombre, no acaban en ese afán dismorfofóbico que niega y rechaza cualquier forma de imperfección estética en su persona, hasta alcanzar cotas delirantes.  El síndrome de Dorian Gray conlleva dos aspectos más que definen al personaje de Oscar Wilde. Narcisismo en extremo y la negación a crecer o madurar. Esta triada de síntomas nos puede sumergir en una especie de irrealidad que nos llena de angustia en una carrera, tan desesperada como absurda, contra la muerte.

La diferencia fundamental entre aquel personaje y esos seres que nos parecen a veces extraños y que pululan en nuestro tiempo en todo tipo de sociedades pudientes, estriba en que mientras Dorian Gray se va destruyendo por dentro, sin perder la lozanía de sus veinte años, como efecto de aquel oscuro pacto, los ciudadanos actuales usan métodos más sofisticados, menos metafísicos, para materializar la misma ilusión.

Los Dorian Gray posmodernos se reconstruyen con cirugías estéticas, botox, silicona y cuantos instrumentos y medios sean necesarios para poder negar la huella del paso del tiempo.

Los Dorian Gray posmodernos se reconstruyen con cirugías estéticas, botox, silicona y cuantos instrumentos y medios sean necesarios para poder negar la huella del paso del tiempo. El exceso es el sello distintivo de todo lo nocivo. Los Dorian Gray no buscan un objetivo alcanzable, para complacer ese afán narcisista que sirve en bandeja la promoción del individualismo en nuestras sociedades, persiguen un sueño que, precisamente por el exceso, acaba convertido en pesadilla.  Cuando cualquier cosa les hace mirar de frente su realidad, caen en profundas depresiones y ataques de angustia, y en ocasiones llegan hasta el suicidio.

Al igual que Dorian Gray, que acaba autodestruyéndose cuando decide destrozar su retrato, los Dorian Gray postmodernos llegan a esos extremos, como el caso emblemático del cantante de pop Michael Jackson, que llegó a la desfiguración monstruosa y sufrió consecuencias dolorosas, en su deseo de lograr calmar su malestar a través de reinventar su imagen. Se trata de personas psicológicamente muy enfermas, que resultan muy rentables para una medicina que se ejerce de forma irresponsable y poco regulada.

Cuando pensamos que un cirujano se prestó a colocarle un cartílago sin piel a Michael Jackson en la punta de la nariz, y otros tantos que se prestaron a ese juego delirante, a esa carnicería despiadada, engrosando sus bolsillos, uno se percata de hasta dónde se puede llegar cuando la ciencia cursa sin la ética y  cuando todo el mundo mira para otro lado.

La diferencia entre Dorian Gray y los que padecen el síndrome, es que en el personaje de Oscar Wilde se cumple una especie de macabro destino, y en los que sufren este trastorno, parodia terrible de nuestra hipermodernidad, se trata del ejercicio de una voluntad delirante que cuenta con el contubernio despiadado e indolente de muchos cómplices.

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