Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

¿Es Dios moralmente relevante?

Uno de los temas en la discusión sobrela cuestión de la religión es aquel relativo a la existencia de Dios, y la relevancia moral del mismo. En este sentido, no todos experimentamos a Dios o a la religión en igual grado. Algunos simplemente no experimentamos a Dios en absoluto. Otros entienden que Dios es una experiencia propia y alejada de otros. Pero, existen otros que aun ante el problema de la existencia de Dios o que Dios es una cuestión subjetiva, entienden que él es totalmente irrelevante en la interacción social, es decir, otros no se sienten tan atraídos a las ideas sobre Dios.

De hecho, la suma de nuestras experiencias es lo que quizás nos de las suficientes razones para asumir a Dios como una autoridad moral en nuestras vidas o simplemente rechazarlo como tal. Al final de cuentas, lo que vale es que queda en nuestras manos la autoridad última sobre nuestras propias vidas. En efecto, seamos religiosos o no, somos el supremo legislador de nuestras vidas de acuerdo a nuestros intereses y valores. El problema surge cuando presentamos nuestras experiencias al otro cuando interactuemos en la sociedad, quien no siempre endosa o apoya esas experiencias que forman parte de nosotros.

Cuando interactuamos, muchas personas tratan de imponer una visión que no está basada en la autoridad personal de ellos, sino en otro tipo de autoridad. Quizás porque consideran que la autoridad de Dios es la única autoridad, y no hay autoridad moral distinta a la autoridad moral de Dios. Otras personas piensan diferente, tales como agnósticos y ateos, quienes no aceptan la autoridad moral de Dios, en particular cuando existen pruebas que no hacen más que desplazar la creencia religiosamente fundada detrás de una determinada afirmación.

¿Es posible balancear esto? Es posible que una persona que sea creyente, que considere a Dios como una fuente esencial de autoridad moral en su vida, pueda por igual sostener que Dios, como razón, debe ser ponderado con otras razones que la obliguen a actuar de una manera. Esto porque esa persona no cree que Dios, aunque tenga un alto grado de autoridad moral en su vida, necesariamente tenga autoridad moral alguna sobre la vida de los demás. Aun cuando sus argumentos tengan una considerable influencia religiosa, ella se toma el tiempo para traducir sus planteamientos en razones que otros puedan aceptar sin que sea una imposición de su autoridad moral basada en Dios. La razón es sencilla, esta persona cree que la otra persona es como ella: libre e igual. Al final de cuentas, en virtud de lo anterior, sus razones, aunque influenciadas por la religión, no son razones propiamente religiosas sino razones públicas.

En efecto, ante la pluralidad de posturas entre creyentes y no creyentes, Dios no es en sí mismo una razón inherentemente persuasiva sino está acompañada de otras razones. Dios es una razón más que puede ser muy importante para una persona religiosa, pero no necesariamente una razón suficiente cuando se presenta ante otra persona que no se siente vinculada a él. Esto responde a que Dios no escapa al escrutinio producto de las interacciones en sociedades plurales, como tampoco escapa a que sea ponderado con otras razones para que pueda ser aceptado por los demás. No quiere decir esto que las tradiciones y prácticas religiosas no sean importantes, pero sí quiere decir que estas no son suficientes para excluir las razones o posiciones de otros que no necesariamente aceptan o endosas las razones religiosas.

A pesar de que Dios no es fuente de legitimidad política en las sociedades contemporáneas, esto no implica que Dios no sea moralmente relevante. Pero, será moralmente importante en la medida que no sustituya la responsabilidad que cada quien tenga sobre sí mismo y para lo demás como miembro de la comunidad política. Esto tampoco excluye la obligación de los ateos, agnósticos u otros en la interacción social, ya que está gobernada la misma por las reglas de mutua consideración y respeto entre personas libres e iguales.

Alcanzar este nivel de convivencia es un paso para la interacción basada en razones públicas. Si bien deliberar en base a razones públicas es deliberar desde la neutralidad y sin imposición, es imposible que las mismas no estén influenciadas por nuestra propia moralidad o visión de vida, como es la religión para algunas personas. El punto de todo esto es que si queremos lograr consensos y tratar de que los demás acepten nuestras ideas, debemos recordar que no podemos deliberar en la pluralidad sin tomar en consideración aquello que nos hace plurales.

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