Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

El circulo protector de los abusadores sexuales

Yo no sé de leyes ni lo pretendo, pero he vivido muy de cerca el dolor humano. He visto vidas truncadas, secuelas terribles que arrastran sujetos que tuvieron la mala suerte de caer en manos de un abusador(a) sexual. Algunos no logran resistir ninguna forma de intimidad, mucho menos la sexual, otros padecen inestabilidad emocional, un tobogán vertiginoso y terrible que atraviesa tristezas, ansiedades e insomnios. Otros, como  la escritora Virginia Woolf, odian su cuerpo, odian ese territorio que ya no sienten como suyo, que les produce repugnancia porque una vez fueron tocados o violados por alguien, al menos seis  años mayor que ellos, que les destrozó, de cuajo, su inocencia.

No conozco los códigos penales que juzgan a los pederastas, pero sé de silencios que incitan a la impunidad. Incluso en la Iglesia católica, en los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, cuando estallaron los escándalos protagonizados por los sacerdotes Wesolowski, Vangheluwe, Maciel, Gil y un bochornoso etcétera.  No bastaba con pedir perdón y con concebir como pecaminosa una práctica criminal.

Algunos no logran resistir ninguna forma de intimidad, mucho menos la sexual, otros padecen inestabilidad emocional, un tobogán vertiginoso y terrible que atraviesa tristezas, ansiedades e insomnios.

Sé de la indignación que sentimos muchos cuando veíamos campar a sus anchas al nuncio apostólico, que amparado en su inmunidad diplomática y en su alta jerarquía, salía a usar, manosear, destruir la vida, y no solo los cuerpos, de muchachos vulnerables. Sé de lo mucho que pareció tardar el proceso de ser excomulgados por la mano valiente del papa Francisco, que decidió acabar con la indiferencia y la impunidad.

Ahora, cuando ya se calculan o se insinúan posibles penas para Wosolosky y para el padre Gil, uno oye siete años para uno, unos pocos más para el otro, y se pregunta por la clase de cálculo frío que se hace cuando se deciden las penas y se traducen en años.  Si es que se cuentan una a una las formas de abuso o las víctimas, o acaso se redondean, porque no hay manera de entender que delitos de consecuencias tan terribles y duraderas no conlleven penas más elevadas, por no ser considerados crímenes contra la humanidad.

Siempre se tiende a desdeñar lo que no es observable, el daño subterráneo, pero demoledor, que constituyen las secuelas psicológicas, esas cicatrices del alma. De ahí quizás que valga más concurrir ante un tribunal  por un moretón, un rastro de semen, una fractura porque son más fáciles de enseñar que el espanto, el miedo, la incredulidad, el desengaño, la tristeza, la desesperación que viene tras vivir un abuso sexual. Quizás eso explique que las penas no nos parezcan corresponder con el daño provocado, y  acaben siendo una especie de  mueca burlona para aquellos que aspiran a verse respaldados y defendidos por el sistema judicial.

Para romper el círculo protector que permite la violencia no basta con clamar al Estado ni, en los casos mencionados, a la Iglesia católica, porque, además de ser insuficiente, ambos  han ido reaccionando al albur de las presiones de la sociedad civil, pero sobre todo de las mujeres, que se movilizan, exigen, denuncian, protestan, asumiendo la parte que les toca para no caer en la indiferencia y el consentimiento tácito.

Hemos oído hablar o hemos tenido cerca a madres y otros familiares, que supieron o tuvieron una legítima y razonable sospecha de que sus hijos o parientes fueron abusados.

Forma parte de ese círculo protector de los abusadores oír gritos en la casa de al lado y no decir nada. Escuchar golpes, portazos, llantos, y pensar que aquello es privado, que no debemos meternos en pleitos ajenos, como si un abuso, la violencia, el acoso, el maltrato, fueran algo íntimo.

Sospechar que acaso un menor está siendo extorsionado, molestado, agredido y sentir que no es asunto nuestro, es formar parte de ese círculo que protege a esos seres desalmados, hombres y mujeres, que en vez de intentar poner remedio a su depravación, salen como lobos hambrientos y sanguinarios en busca de sus presas.

Sabemos del jefe que acosa, que usa su poder, pequeño o grande, para mantener en vilo a secretarias y subalternas, y hay quien ve virilidad y arrojo en donde solo hay maldad y delito. Hemos oído hablar o hemos tenido cerca a madres y otros familiares, que supieron o tuvieron una legítima y razonable sospecha de que sus hijos o parientes fueron abusados. Sabemos, que en la intimidad de muchas casas, en oficinas y comercios, se tejen silencios que perpetúan una pesadilla de la que nunca se sale intacto, aduciendo razones económicas, afectivas o de otro tipo.

Si cada ciudadano hace su parte, los abusadores, maltratadores, violadores, acusadores perderían ese círculo protector hecho de indolencias y cobardías que permite que se perpetúe un comportamiento dañino y delictivo. Pero para eso hace falta reconocer que hay indiferencias que nos hacen cómplices.

Yo no sé de leyes, ni lo pretendo, pero me sale del alma un NO ESTOY DE ACUERDO, por parecerme absolutamente insuficientes las penas que se estiman. Penas cortas que parecen no tomar en cuenta la magnitud del daño, y que permitirían que dentro de siete o diez años, como quien dice al doblar de la esquina, esos lobos hambrientos y desalmados puedan volver a disfrutar de su libertad, y campen a sus anchas en busca de su próxima presa.

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