El trazo y la grieta

Hay distancias que reverberan. Que nos acercan a cada origen conforme nos vamos alejando. Donde el espacio se nos ofrece como parámetro de identidad, reconociéndonos a cada paso. Que aquí se hilen las cuántas experiencias, que aquí.

“El tiempo es un niño que juega con los dados”

Hipólito tembló. Hacía tiempo que conocía el recorrido de las horas en su trayecto. Desde lo alto, jugaba a descubrir cuál de aquellas voces sería capaz de escalar por el cortado. “Tú, no. Tú, no. Tú, no”.  Él, sí. Jamás corriente alguna había sacudido las tablas de su barcaza. Él era el Capitán, Papá de rezagados; él, la talla final, el Resultado: herencia invicta de cuantas batallas en el pasado se hayan dado.

Aquel día quiso emular a Whitman, a Brecht: quiso recogerlo todo y a todos. Vivir para contarlo. La audiencia estaba de su parte, reían y aplaudían a cada frase. New Yersey era una fiesta, y él el anfitrión. Se dispuso, desnudó su estado de general aventajado. Caminó por una alfombra hecha de su propia piel. Elevó la voz y empezó a decir una tras otra todo lo que había venido a decir (cayeron bromas como rocas, frases deshiladas de otro ayer). Todo parecía marchar. Pero a mitad de camino sintió un tumulto como de herida y miró a su alrededor: “¿Qué es eso?”, preguntó una mujer al camarero, y señaló al largo espinazo del gran pez, que ahora no era más que basura esperando a que se la llevara la marea. E Hipólito tembló.

Por eso si me preguntan sobre el matrimonio gay y el aborto yo diré creced y multiplicaos, fue la forma de saldar su deuda con los ancestros.

El expresidente ha sabido siempre usar el regalo de la historia a su favor. Ya en su juventud aprendió a maniobrar como maniobran quienes tienen los pies alejados de lo sucio del agro y la cabeza fuera del zinc. Hipólito, icónico hombre de certezas, aprendió sin acercarse a Lévi-Strauss que la corriente de la historia corría en su beneficio. Él, en adelante, respondería como respondieron aquellos indígenas cuando el antropólogo les preguntó sobre el porqué de sus prácticas y rituales: las costumbres son buenas porque nos las legaron nuestros antepasados, y nos las legaron nuestros antepasados porque son buenas. Por eso si me preguntan sobre el matrimonio gay y el aborto yo diré creced y multiplicaos, fue la forma de saldar su deuda con los ancestros.

Hay quien necesita hasta después de muerto el eco de la vara en el suelo. No es su caso. Nunca necesitó leer a Burke para comprender que su vida no es otra cosa que el mejor residuo de la historia. Quiéranlo o no sus detractores, en la manera de sentarse de Hipólito se manifiesta la memoria universal del género humano. Sus palabras son de mármol. Sus prejuicios, porciones de verdad históricamente conquistada y heredada a través de costumbres que vehiculan la vida en sociedad. Cada uno de sus sacos posibilita el marco de confluencia desde el cual negociar no tener nada que negociar.

El riesgo de aferrarse a uno de los privilegios (en los que se sustenta el poder) que articulan la vida en sociedad es que un simple zarandeo puede descascarillar el pan de oro de todo el pedestal desde el que somos venerados.

Pero el expresidente supo desde el principio que las largas vacaciones de las que disfrutaba no quedarían siempre libres de amenazas. Las grandes columnas que le dan altura, de las que tanto gusta por alejar sus pies de la apariencia embustera del fango, tienen en realidad la forma que le imprimió Salomón. Jamás la historia fue una sucesión lineal de acontecimientos superados. La lucha humana en el tiempo adquiere más bien un torcer de espiral. Conflictos irresolubles se transforman bajo los cielos en nueva realidad. Con cada sí y cada no de su diplomacia es que hambrienta Papá los estrechos vuelos de su competidor. Lo que calla, sabe: el residuo del ahora es el filtrado de innumerables crisis. No es esta verdad la que hace temblar las fibras de Hipólito: es el murmullo que sospecha lo que arruina su reposo.

Al de Gurabo, como a Burke, le sigue incomodando la idea de que las cosas dejen de ser tal cual son por razón de la acción humana. Que por motivo del quehacer de algún pasante sin respeto, perturbado o temeroso de un despido, a él se le esfume no la poltrona que ameniza su descanso sino el tiempo mismo, sin el cual dónde colocar el sacrificio y dónde la vida. No hay sorpresa en la verdad: el Resultado (Hipólito) lo es de una convulsión previa a sí mismo. El a priori que le dio altura una vez puede serlo él ahora de un puñado de mariconcitos. No hay lugar para el descanso. No hay certezas más allá de la seguridad del cambio. Por lo demás, ni una brizna de asombro. Es la multitud que viene la razón de este sudor.

Pero si el matrimonio de Spinoza con Heráclito asegura la incertidumbre en el cambio inevitable, Foucault ancla en la guerra de lo profano: si aparece una alternativa, ésta nacerá de las profundas resistencias que produce el poder en su accionar. Y cuando esto ocurre ellos ya cuentan con sus talk shows y sus campos de golf a donde huir.

(No nos asusta el ruido en la crecida, es que desconfiamos de nuestra habilidad para construir diques.) ¿Dónde irán a parar las comidas abultadas, los viajes de más, (No es que desconozcamos las leyes) las rubias de sonrisa premonitoria, (que gobiernan las horas,) los discursos televisados, las reuniones en autos con los vidrios tintados (¡es que tenemos tanto), uno de los míos en cada redacción, (que perder!) el 20% de las reparticiones y Eunice dele al perro este concón?

El tiempo en el trono no se disfruta, se ocupa temiendo. El riesgo de aferrarse a uno de los privilegios (en los que se sustenta el poder) que articulan la vida en sociedad es que un simple zarandeo puede descascarillar el pan de oro de todo el pedestal desde el que somos venerados. Desnudarnos del manto de la ilusión sólo con que se levante aquella tarde el viento. Heráclito insinúa desde lo oscuro que la forma de sentarse de los mariconcitos sea quizá algún día la predilecta por la inercia de la historia. Foucault, que esta forma de sentarse la creó involuntariamente el soberbio descansar del expresidente. Al final, hasta la más verosímil de las declaraciones de amor eterno se reduce a un “como si”. Y cuando esto se descubre ni sus propios campos de golf son un lugar seguro a donde huir. (Las mesas callaron de aplausos, y cuando por fin comprendió de qué se trataba, Hipólito tembló).

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