Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

El efecto letal de la fama

En los tiempos que corren alcanzar la fama o la notoriedad parece ser la aspiración máxima de mucha gente.  La gente que participa en las redes sociales, en reality show y en concursos tipo Big Broteher, es incontable. Parecería que se roza la transcendencia cuando llamamos la atención de los demás, usando ese acicate fugaz como bálsamo para levantar una autoestima que sucumbe al aislamiento en un individualismo llevado al paroxismo, en vidas que buscan la redención de su vacío en el aplauso, y si es preciso, en la burla más mordaz, a cambio de poder ser expuestos ante los demás y adquirir una pizca de notoriedad. Pero detrás de ese brebaje embriagador hay veces en las que se ocultan callejones oscuros para el alma.

Pensemos en casos paradigmáticos que muestran la combinación letal que puede producir la fragilidad psicológica con la fama. Jean Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Amy Winehouse y Brian Jones componen el llamado Club de los 27, glorias de la música con vidas atormentadas y consumos nocivos y excesivos, que tienen en común haber formado parte de la lista macabra de celebridades que, amén de sus propios tormentos, sucumbieron ante el peso aplastante del éxito desmedido y el aplauso.

La pérdida total de la privacidad y las crecientes exigencias que muestran los seguidores, embrujados por un extraño éxtasis que les hace sentir el derecho a invadir y, si pudieran, poseer, aquello que se percibe como público, produce consecuencias demoledoras

Diversos estudiosos de la conducta humana han descrito el impacto psicológico que puede llegar a causar la fama en estructuras psíquicas previamente debilitadas. La pérdida total de la privacidad y las crecientes exigencias que muestran los seguidores, embrujados por un extraño éxtasis que les hace sentir el derecho a invadir y, si pudieran, poseer, aquello que se percibe como público, produce consecuencias demoledoras. Entre el miedo a perder lo alcanzado y el agobio de sentirse poseído por una multitud muchas veces irracional, germina una sensación de aislamiento, junto con la desconfianza y a veces hasta la paranoia.

Una identidad manoseada, auscultada, perseguida, acaba impactada de muchas maneras, sobre todo cuando la estructura sobre la que se construye es de una gran fragilidad. Cuando la fama extiende sus tentáculos, hace falta mucha resistencia y solidez para que no se resquebraje la percepción que se tiene de uno mismo y la propia identidad. Un claro ejemplo de esa tensión conflictiva que se presenta entre la identidad pública y la privada, lo constituye Marilyn Monroe. La chica miedosa y depresiva, insegura, autodestructiva y dependiente, llamada Norma Jean,  que acabo con su vida a los 36 años con una sobredosis de barbitúricos, se quedó atrapada en ese personaje seductor, de sonrisa resplandeciente y mirada picarona que tanta fascinación producía y produce en la gente. Marilyn enardecía a las masas, pero en su interior el pánico escénico no hacía más que crecer, junto con la sensación de soledad y abandono. Una vez dijo que los hombres que se iban a la cama con ella soñaban con la estrella pero se levantaban con ella, la mujer que no logro encontrar la felicidad y la  serenidad.

Pensemos en el aislado y depresivo Robin William, que a tantos nos hizo reír, en Whitney Houston. Lejos de ayudar a dar sentido a la vida, la fama parece contribuir a un malestar que, aunque no es producido por ella en su origen, agrega otros componentes que no hacen más que empeorarlo.

Cuando esa fama llega de un modo abrupto y nace una estrella que pasa a ser adorada y aclamada, los resultados nocivos de ese éxito desmedido y prematuro hacen estragos. Más cercano a nuestra realidad, está el triste desenlace de una principiante en el canto que ganó en 2009 el Latin American Idol y que todo el mundo adoró desde el primer momento. Se trata de Martha Heredia. En poco tiempo cayó en manos de una pareja violenta y se vio envuelta en situaciones delictivas que eclipsaron su vida artística y personal con una condena de siete años de prisión.  No podemos afirmar, ni lo pretendemos, que la fama por si sola hizo que su vida se torciera, pero quizás precipitó un desenlace trágico y penoso.

Recuerdo una ocasión en la que hablando sobre el fracaso, me lamentaba con un amigo del trago amargo que supone y lo difícil que es levantarse. Mi buen amigo me respondió que mucho más duro es aguantar el precio del éxito, que genera envidias, zancadillas y todo tipo de maledicencias. Su respuesta me sorprendió, pero, cuando lo pensé mejor, me di cuenta que tenía toda la razón.

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