Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Tragedia en los Alpes: ¿un dilema ético?

A veces da la impresión de que todo es un espectáculo o acaba decayendo en ello. Una tragedia salpica el adormilado ánimo de la gente, las cadenas de televisión, las redes sociales la propagan como pólvora.  En la inmediatez de este mundo de prisas y tecnología, las revelaciones se confunden con las suposiciones, la verdad con el rumor, la curiosidad y la solidaridad ante el espanto ajeno se mezclan con una especie de hastío causado por un mercado saturado de noticias, que enlata la realidad para que no nos aburramos demasiado en nuestro rol de consumidores voraces, obedientes y pasivos.

La tragedia aérea ocurrida en los Alpes franceses trae un ingrediente más que la diferencia de las muchas que pasan tan frecuentemente en el mundo, porque no se trata de uno de esos imponderables del destino, la mala fortuna de la muerte inevitable ocasionada por un error. Hemos llegado a entender el fallo humano como la más frecuente causa de los accidentes que ocurren, pero el avión que cayo deshecho sobre los Alpes franceses no fue producto de un accidente, fue el ejercicio deliberado de alguien que, con o sin trastorno mental, odiaba a la humanidad.  De modo que junto con el morbo que acompañan los eventos que acaban copando los más altos ranking de divulgación y popularidad se fue sumando un sentimiento de incredulidad e indignación ante la idea de que un solo hombre  pudiera tener el poder de pulverizar la vida de 150 pasajeros sin que existiera forma alguna de evitarlo. 

Más allá de la curiosidad, es oportuno y necesario un debate ético que delimite lo que debe de ser confidencial y reservado de lo que debe ser compartido.

El perfil psicopatológico del copiloto alemán Andreas Lubitzda mucho juego al cotilleo, a la tertulia ligera, al repaso a veces mecánico que le damos a las noticias, como quien lee el menú de una realidad que, de ese modo, construimos a la carta. El fiscal, más parecido, en su celeridad, a un reportero de programa de la prensa rosa que a un funcionario judicial del Estado, iba contando los resultados de las pesquisas de una centena de policías, ofreciendo los más pequeños detalles acerca del estado mental y de la vida privada del copiloto, como si de un reality show se tratara. Depresión, crisis personal profunda, burnout o síndrome del quemado (un gravísimo trastorno laboral cuyos síntomas no pueden pasar desapercibidos a los ojos de los demás) tendencias suicidas existentes antes de ejercer el oficio de piloto (y que el departamento de Recursos Humanos no detecto y quizás ni comprobó) y lo que ningún especialista pareció advertir, una tendencia psicopática que lo convirtió en un peligroso asesino en  masa. Todo lo divulgado hasta ahora deja establecido que Andreas Lubitz padecía un serio trastorno que podía poner en peligro no solo su vida si no la de los demás, al tratarse de un piloto de línea aérea.

Indigna entonces que tengamos que someternos a incómodos y a veces humillantes rituales de seguridad que conllevan quitarse los zapatos, las correas, los relojes, sacar las computadoras personales, los celulares, los frascos con líquidos, y constatar que al final no sirven para evitar una tragedia como la mencionada.

Detrás de la inmediatez de las noticias, subyace un dilema ético que debe hacernos pensar y reformular los preceptos deontológicos por los que se rige la práctica profesional en el terreno de la salud mental. El psiquiatra que manejaba el caso clínico del copiloto macabramente celebre, le había entregado una baja médica por advertir un proceso depresivo que lo había deteriorado. Sin embargo, esas reglas le obligaban a la más absoluta confidencialidad. No podía informar a la empresa en la que trabajaba Andreas Lubitz y se limitó a advertirle que debía tomar una licencia por enfermedad. Y  uno se pregunta que si siendo tan delicado el trabajo de un piloto, que tiene en sus  manos la responsabilidad de cientos de miles de pasajeros, cabe la confidencialidad.  Y se indigna ante la idea de que no se contemplen controles psicológicos en oficios tan delicados, porque en el mundo en el que vivimos ese factor tan relevante se relega casi siempre a lo privado. Es oportuno cuestionarse si los policías, los médicos, los militares, los pilotos, los conductores de transportes masivos,  requieren un chequeo frecuente que constate si están en el pleno ejercicio de sus facultades.

Ahora, cuando ya es tarde y cunde el escándalo, fiscales, inspectores y hasta la prensa husmean en el expediente clínico que el hospital en el que se atendía el copiloto entrega en nombre de las mismas leyes que antes se lo impedían. Más allá de la curiosidad, es oportuno y necesario un debate ético que delimite lo que debe de ser confidencial y reservado de lo que debe ser compartido. La necesidad de que las empresas que gestionan aspectos tan esenciales como son el transporte aéreo o la seguridad de la gente, entiendan que en sus políticas de captación y supervisión de su personal, es esencial contemplar los aspectos psicológicos de un modo preventivo. Este “descuido”, al parecer, hizo posible que un solo individuo desajustado mentalmente se convirtiera en un asesino desalmado que no le importó llevarse de cuajo las 150 vidas que iban a bordo de ese avión.

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