Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

¿Cuándo se vuelven patológicos los celos?

Celar, es decir, temer perder lo que se tiene y percibir amenaza cuando alguien merodea o tienta el objeto de nuestro amor, admiración o deseo, es un sentimiento que comparte la mayoría de la gente. Se trata de un temor humano que corresponde a la posesividad que acompaña al modelo monógamo de pareja que rige nuestro comportamiento amoroso en las sociedades occidentales. Sin embargo, hay ocasiones en las que, sin la presencia real de una amenaza de perdida, se desatan celos que adquieren tintes irracionales, provocando la pérdida del autocontrol. Cuando así pasa podemos estar ante lo que en psicología se llaman celos patológicos y, en el peor de los casos, celotipia, es decir un cuadro delirante en el que se fabrican pensamientos obsesivos de infidelidad de parte de la pareja, con consecuencias graves para el psiquismo del sujeto que lo padece.

Los celos patológicos se pueden considerar como una enfermedad porque son aquellos que, siendo infundados o incluso fundados, llegan a obsesionar de tal manera al que los sufre que repercuten negativamente en sus sentimientos y en su comportamiento. Están acompañados de intensos sentimientos de inseguridad, autocompasión, hostilidad y depresión, y suelen ser destructivos para la relación.

Hay ocasiones en las que, sin la presencia real de una amenaza de perdida, se desatan celos que adquieren tintes irracionales, provocando la pérdida del autocontrol.

Veamos algunos modos de presentarse los celos patológicos: desconfiar continuamente hasta de su propia sombra, sintiendo un gran odio por los compañeros o compañeras de trabajo de la pareja. Odiar a las amigas o a los amigos de la pareja; revisar constantemente sus objetos personales, celular, cartera, libreta de teléfonos, perfiles en las redes sociales y agendas de trabajo. Revisar cuidadosamente la ropa de la pareja y olerla tratando de encontrar el aroma de un perfume desconocido. Ser constantemente invadido por pensamientos de desconfianza que llevan a estos rituales de comprobación, con la certeza de que se es víctima de infidelidad. Estos síntomas pueden presentarse cuando se ha vivido una experiencia de infidelidad que ha causado mucho dolor, tratándose de secuelas postraumáticas que pueden ser pasajeras, pero cuando se manifiestan sin antecedentes reales y de forma constante, entonces estamos en presencia de celos patológicos.

En el tema de los celos existe un personaje histórico que resulta paradigmático, dado que eran los celos la principal característica de su personalidad y de su conducta. Se trata de Juana I de Castilla, llamada Juana la Loca, famosa por las escenas de celos y las persecuciones a su adorado marido, Felipe el Hermoso, quien le diera mucha agua que beber en el terreno de las infidelidades y la vida disoluta. Se piensa en ella como en una mujer celotípica, que Vallejo Nájera describe como depresiva y dependiente en extremo y que el sentir popular asume como la mujer que enloqueció de amor. 

Recuerdo una vez que, a propósito de un conversatorio sobre la espléndida obra de teatro de Manuel Rueda, Retablo de amor y muerte de Juana la Loca, Juan Bosch dijo que Juana la Loca no era loca sino muy celosa. Sin embargo, dando su amado constantes y  flagrantes motivos, ¿acaso pueden asumirse como delirantes los celos de Doña Juana? Si bien es cierto que hay particularidades de su voluble carácter que rozan la patología, confluyen en la vida de Juana otros factores tales como los antecedentes genéticos de una abuela materna esquizofrénica y una madre muy celosa, Isabel la Católica; el dominio despótico que ejercieron sobre ella primero su marido, luego su padre, Fernando el Católico,  y por último, su hijo, el llamado a ser Emperador Carlos V y I de España. Siendo la heredara del trono de Castilla y de Aragón, y simpatizando con los reclamos de los comuneros y desfavorecidos de aquella España aún medieval, solo se recuerda de ella sus leyendas de viuda errante, caminando por los caminos áridos de Castilla, arrastrando el cadáver de su esposo y desgajando su dolor, y el estado de demencia en el que se fue quedando, encerrada tantos años en Tordesillas.

Como doña Juana, el celoso patológico es una persona posesiva, que quiere disponer de su pareja como si fuera un objeto. Es alguien extremadamente dependiente, con graves problemas de autoestima y una visión distorsionada de la realidad. Normalmente, a estos rasgos dependientes y paranoides se añade una alta impulsividad que puede llevar al sujeto a verse tentado de asesinar o agredir a la persona amada, en su desesperación y en su delirio. Muchos maltratadores comparten estas características, lo que les convierte en personas muy peligrosas, cuyo comportamiento agresivo e impulsivo puede desencadenar una tragedia.

Por eso hay que tener muy claro que el amor verdadero nada tiene que ver con los celos y que aceptar a una pareja con esas tendencias nos puede no solo amargar la vida sino ponerla seriamente en peligro.

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