Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

Sobre la libertad (II): El principio del daño

Una concepción moral como política del individuo inicia con la libertad que dispone para hacer y ser. Si esto es así, entonces, cada quien podría ser y hacer, y no serían verificables las consecuencias que supondría que todos seamos y hagamos al mismo tiempo, es decir, las consecuencias o cargas que supondrían un perjuicio al otro el hecho de que seamos o hagamos aquello según nuestros intereses o deseos.

John Stuart Mill, en su obra Sobre la Libertad, nos presenta un argumento fuerte y casi inderrotable sobre la libertad. Proclama la idea de que el individuo, sobre sí mismo, es el supremo soberano, aun cuando las decisiones adoptadas puedan suponer algún daño sobre sí. Mill, quizás sin proponérselo, lleva la idea de la autonomía personal a un punto novedoso, en cuanto a la autonomía como responsabilidad sobre sus propios actos, y no meramente autonomía como la facultad de “ser” y/o “hacer”, aun cuando no es compatible con los estilos de vida de los demás.

Pero, ¿es realmente insuperable la libertad como principio básico del liberalismo? Mill pensaba que la libertad podía estar sujetas a límites. Lo que preocupaba a Mill, al igual que a otros autores, era la finalidad de la limitación sobre la libertad. ¿Cómo justificar o legitimar que el individuo no fuese, en ciertas circunstancias, el soberano sobre sí mismo? ¿Cómo existen razones que excluyen o inutilizaran sus decisiones, en base a su concepción moral?

No hay razón para prevenir las actuaciones de una persona en ejercicio de su libertad, si no causa daño. Esto es lo que se llama el principio de daño. Si no causa daño a otros nuestra conducta, o en términos kantianos, no limita su autonomía, por ende, no puede ser sujeto a restricciones.

¿Cómo justificar o legitimar que el individuo no fuese, en ciertas circunstancias, el soberano sobre sí mismo? ¿Cómo existen razones que excluyen o inutilizaran sus decisiones, en base a su concepción moral?

Mill no articuló ni definió del todo que se entiende por “daño”, pero puede entenderse como los prejuicios u obstáculos a intereses preponderantes de las personas, intereses sobre los cuales estas tienen derecho (D. Brink, 2014). Se distingue “daño” de la simple “ofensa”, como las consecuencias no deseadas o no placenteras de las acciones de otros que no equivalen a daño porque no suponen una carga desproporcionada para nosotros. Donde reina el pluralismo (I. Berlin, NYRB, 1998), existen otros en ejercicio plena de su libertad, lo cual no siempre tendrá consecuencias deseadas. Es posible que exista algún disgusto o asco moral, pero en realidad esa “ofensa” no constituye un daño per se: no le impide ejercer su libertad o su ser autónomo, ni su responsabilidad. Lo podemos ver, por ejemplo, en la libertad de expresión, cuando la molestia o incomodidad por ciertos discursos no hace ilegítimo el ejercicio de dicha libertad.

Parte dela importancia de rescatar e reinterpretar, en términos contemporáneos, la visión de Mill sobre el principio del daño, recae sobre la legitimidad en la intervención. Las comunidades políticas modernas han traducido este principio como respeto por el orden jurídico imperante, derechos de terceros y el bien común. Además, agregan un elemento calificado que sea que solo por ley se realicen la limitación, también respetando otras razones tales como la razonabilidad y contenido esencial de la libertad. Esto tampoco escapa al razonamiento de Mill que la regulación sobre la libertad puede ser más dañina que el daño mismo que se trata de prevenir.

La concepción de Mill sobre el principio del daño se puede extender a una idea más amplia. El hecho de que no existan circunstancias propicias para que las personas ejerzan su libertad, ¿no es una afectación considerable a sus intereses, sobre los cuales tienen derecho? ¿no sería más que una ofensa? ¿no sería esto un daño? Esto revela que el principio sumaría otras variables: magnitud del daño, tipos de daño, razonabilidad o no del mismo. En efecto, el daño en sí no es el centro de examen, es si existen o no cargas irrazonables  o soportables para el sujeto quien sufre las consecuencias del ejercicio de una determinada libertad.

Existe un problema. El principio puede ser lo suficientemente maleable para aquellos que limitan para prevenir el daño y aquellos que indican que la limitación les causa un daño. Puede existir un conflicto entre supuestos “daños”. Ante este conflicto deben existir otros motivos que acompañen al principio del daño para saber si está justificado el daño alegado.

En las comunidades políticas no hay neutralidad. Cada quien piensa que existe un daño a sus intereses, por lo que el otro debe ceder. Ante esto, si volvemos al principio del daño debe ser sin la carga pesada de un decisionismo relativo. Si volvemos al principio del daño, debe estar acompañada de serias razones para promover adecuadamente la libertad.

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