Galletas y dialéctica

Un espacio para comentar sobre filosofía (política), derecho público comparado y algo más, pero sin excluir la insoportable banalidad del ser. Las ideas presentadas son de la entera responsabilidad del autor.

Sobre la libertad (I)

¿De qué hablamos cuando hablamos de libertad? Podemos concentrarnos en una visión histórica, como se refleja en el influyente de texto de B. Constant “De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”. También podemos enfocarnos en la palabra ‘libertad’, como H. Arendt quiso hacerlo en su momento al distinguir entre ‘freedom’ y ‘liberty’; pero como en español no existe la distinción, no parece tener relevancia práctica, al menos en términos descriptivos (Carter, 2012). No obstante, es difícil construir una noción de lo que la libertad es, así como su extensión, y si lo hacemos es porque nos apoyamos en las delimitaciones jurídicas a una noción que, antes de ser jurídica, primero es política.

 Cuando hablemos de libertad positiva debe entenderse como el proceso reflexivo del sujeto de actuar de conformidad a sus intereses y deseos, es decir, la libertad entendida como autonomía o autorrealización.

Para Isaiah Berlin la libertad se entiende desde dos dimensiones, una negativa y positiva. La primera concepción alude a la libertad de obstáculos o intervenciones que impidan para hacer o ser. En cuanto a la segunda concepción, la libertad positiva implica la presencia de control o determinación por parte del sujeto, es decir, el sujeto como la fuente del control o determinación para el hacer o ser. Para Berlin, así como para otros, esta concepción de libertad podría ser problemática porque puede abrir las puertas a un juicio de valor a cargo de un tercero para juzgar si usted ha ejercido la libertad de conformidad o no a unos principios ajenos a los suyos, lo cual es propio de regímenes totalitarios o bien paternalistas. Según los críticos, bajo esta dimensión, una persona debe tener el control de su propia vida y de su realización personal, pero condicionada a que se haga por las razones adecuadas. Razones “adecuadas” que pueden ser formuladas por otros y que tiene consecuencias inciertas: aunque no es un obstáculo bajo la dimensión negativa, pero sí condicionaría el ejercicio de la libertad en el marco de un paternalismo ético o de la imposición moral de una persona distinta al titular de la libertad.

Pero, aun frente a esta visión crítica de Berlin, no se puede negar el impacto reflexivo del sujeto sobre sí mismo, que visto a la par con la dimisión negativa, puede impedir actitudes paternalistas del Estado o de otros individuos. Cuando hablemos de libertad positiva debe entenderse como el proceso reflexivo del sujeto de actuar de conformidad a sus intereses y deseos, es decir, la libertad entendida como autonomía o autorrealización. Esto rompe con la idea originaria de que exista una forma adecuada o aceptable de cómo ejercer la libertad. Por ello no existe libertad si el deseo o el interés se impone al sujeto por manipulaciones arbitrarias, sin que el sujeto haya valorado como tal sus opciones racionalmente, aunque no estemos de acuerdo con ellas (Christman, 1991).

Sin negar su importancia, podemos intentar superar esta doble dimensión de la libertad. La libertad debe entenderse como una relación de tres componentes: la persona, los impedimentos; y el “hacer”-“ser” de las personas. Un individuo es libre cuando no está sujeto a ciertos impedimentos o condiciones que obstaculicen su “hacer” o “ser”. (MacCullum, 1967). Pero dichos impedimentos ¿solo serían personales o sociales?

Tres ideas deben ser consideradas al respecto: primero, puede existir algún impedimento corporal que prevenga una conducta, lo cual no implique que no sea libre de hacer o ser; segundo, pero aun cuando esto sea posible, el impedimento existe porque el exterior es un obstáculo para ser o realizar algo; y tercero, en consecuencia, la ausencia de libertad puede darse no solo por las intervenciones arbitrarias de otros, también por la existencia de obstáculos externos como económicos, sociales, etcétera. De hecho, la libertad no solo es la ausencia de impedimentos, también es que, en ausencia de aquellos, deben existir posibilidades reales para “hacer” y “ser” (I. Carter, 2012). 

No todo impedimento a la libertad es objetable, solo aquel que sea legítimo; y aun cuando sea formalmente legítimo, no debe ser excesivo. Esto nos ayuda a ver tres dificultades a las que se enfrenta la libertad: los problemas del paternalismo que afecta la autonomía personal; la dominación a la que podamos ser sujetos; y las adecuaciones socio-políticas necesarias para permitir el disfrute de libertades sin intervenciones, como el disfrute de libertad teniendo las posibilidades reales y efectivas de “hacer” y “ser”.

Esta apreciación inicial de libertad resulta más compleja en la medida que se profundiza en su análisis, sobre todo cuando se examina al sujeto como persona política, también en su relación con la comunidad y sus instituciones políticas. En la próxima entrega abundaremos más sobre el concepto de libertad y su dimensión política.

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