El trazo y la grieta

Hay distancias que reverberan. Que nos acercan a cada origen conforme nos vamos alejando. Donde el espacio se nos ofrece como parámetro de identidad, reconociéndonos a cada paso. Que aquí se hilen las cuántas experiencias, que aquí.

¿Quiénes somos, Stephany Pérez o Pedro Martínez?

La nueva ganadora del premio en investigación científica Globalink Research Award, la joven bióloga dominicana Stephany Pérez Monsanto, de tan solo 26 años de edad, llegó este sábado al país vitoreada por una multitud de admiradores que la acompañó durante su recorrido desde el Aeropuerto Internacional de las Américas hasta el Parque Eugenio María de Hostos, donde el gobierno dominicano organizó una fiesta para recibir a su heroína.

La dominicana Stephany Pérez, que fue recibida en el aeropuerto por el ministro de Juventud, Jorge Minaya, y la ministra de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Ligia Amada Melo, unificó en su recorrido a todo el pueblo mediante la admiración y el respeto hacia ella, pueblo que la recibió con el amor que se ganó y sigue ganándose.

Guaguas de la OMSA, buses, vehículos de toda clase y gente a pie, pancartas con mensajes de orgullo, banderas resaltando la dominicanidad y la identificación de nuestra patria con su legado, muestran la satisfacción y la alegría por la llegada triunfal de una hija meritoria.

Sólo una pequeña oligarquía tiene derecho a recibir la herencia de la Historia en forma de conocimiento, en forma de planificación estratégica del bienestar y el desarrollo de las capacidades humanas

“Stephany, Stephany, te queremos, Stephany”, gritaban hombres, mujeres y niños a lo largo de la carretera, mientras coreaban y bailaban merengues, salsas y dembow durante el paso de una caravana de decenas de vehículos que precisó de dos horas para completar el trayecto de 30 kilómetros. Sentada en el toldo de un vehículo todo terreno y ondeando banderas dominicanas, Stephany Pérez saludó a los cientos de personas que se apostaron a lo largo de la autopista para ver pasar y fotografiar a esta premiada científica dominicana.

Ya lo intuyen: nuestra pobreza se manifiesta en lo ridículo de la escena. Que por desgracia, y esto es lo más dramático, no es ficticia. Los párrafos pueden encontrarse literalmente en las crónicas que dedicaron El Nuevo Diario, Listín Diario y Acento a la llegada del pelotero Pedro Martínez al país, hace poco más de un mes. Yo únicamente cambié el nombre y dedicación de la protagonista. Y es solo entonces cuando aparece el absurdo.

Es tan de sentido común, entra tan dentro del campo de lo razonable que una de las mentes más brillantes del país no sea recibida de esta forma (ni de ninguna) por el pueblo y el Estado dominicanos, que de solo pensarlo produce risa. La acción institucional prescribe lo deseable en el futuro. En el modo de hacer civilizado lo indeseable se combate con el silencio. No se orienta la organización de las fuerzas sociales hacia este tipo de reconocimiento sin ningún fin electoral o monetario personal. No aquí. No en el País de los Patriotas Verdaderos.

Los recursos no son infinitos. Priorizar es una cuestión de Estado. Paralelamente al “modelo Stephany”, se nos presentó clarificador el huracán Pedro Martínez. Una bestia o un loco quien no sepa reconocer en él un ejemplo a seguir. Humilde entre los humildes. Laborioso hasta la admiración. Encarnación de todos los valores patrios. En especial si lo juzgamos por su semántica. Por eso el mensaje de la Coronación de Pedro Martínez tiene más fuerza por lo que calla que por lo que dice. En su relato ejemplarizante, el futuro sin futuro de un pobre chico de barrio, de la capital o de provincias, se eleva a su máxima expresión si entrega su brega a aprender a lanzar fuerte, muy fuerte una pelota de caucho y piel. Aplausos y carros están garantizados. Con un poco de suerte hasta es posible comprar una casa con un amplio jardín, de esos que aleja varios metros de distancia las preocupaciones de la vida cotidiana del resto de la gente. Elevadísimo ideal, como en otro tiempo lo fuera golpear la cara hinchada de un extraño encima de un cuadrilátero de tierra o plástico, o rezar esperanzado porque el gallo propio salte más y sangre menos que el del vecino. Pero la brutalidad de la reproducción de las estructuras que canalizan la realidad social se muestra con más fuerza aún en lo que calla. En el mensaje que no se da en el halago del pelotero. Y no se da el mensaje de que un muchacho pobre de este país pueda ser socialmente reconocido y alabado por sus aportes a la tecnología computacional, la biología molecular ni la dramaturgia. ¿Para qué?

Y es que Stephany nos enseña, con menos voz que el más humilde de los peloteros, que la política es también el arte de no dejarse confundir

El mensaje es claro: quien susurre siquiera la posibilidad de subversión de este dictado de lo inmediato será arrojado al ostracismo, fuera o dentro de las fronteras dominicanas. Lo que a los muchachos del delivery es su motor a las muchachas es la maternidad. Es un orden y no hace mal a nadie. La joven bióloga lo sufrió. Sólo una pequeña oligarquía tiene derecho a recibir la herencia de la Historia en forma de conocimiento, en forma de planificación estratégica del bienestar y el desarrollo de las capacidades humanas. Y además a ser socialmente reconocida por ello.

Al hacer posible otra forma de redención personal la joven bióloga delinque, pero lo hace en la cruz en la que el resto encontraremos camino. Su revelación se hace plural. La existencia misma de Stephany nos induce a pervertir no la sociedad, sino la estructuración en la que la sociedad se reproduce. Un nuevo mundo de posibilidad se abre ante nosotros. Su logro nos permite proponer otro orden al actual, caracterizado, nos lo explica Carlos Castro, por la imposibilidad histórica de desarrollar de manera organizada las capacidades dominicanas (en: “Yo tengo mi chapeadora”). Su calvario, el silencio de su voz, el exilio de su juventud no cae en lo seco del camino.

Que la escena de Stephany volviendo al país por todo lo alto no sea utópica sino ridícula nos imposibilita en lo que sigue poder identificar en ella un ideal a construir. Acostumbrados durante demasiado tiempo al gusto de lo chiquito y obligados durante decenios (¡siglos!) a fijar los ojos en lo hierático-marmóreo, República Dominicana ha sido expulsada hasta el hartazgo del juego de la historia. Sospecha nos debería causar la euforia que levantan los triunfos mediatizables en los sectores más militantes de lo retrógrado. 

Seguridad y porvenir se construyen universalizando los propios intereses en el anhelo de lo común. Pero por simple lógica primero hay que conocer cuáles son esos propios intereses, no vaya a ser que de puro ingenuos estemos guardando nuestro abono en el vivero del ladrón. La seguridad y el porvenir de los que nacimos con menos, respecto a los que nacieron con más, están en el saco de la educación y el desarrollo de la cultura. Y si el deporte es un elemento de esa cultura y esa educación, como así lo es, nos parece sospechoso la importancia eclipsadora de otros ámbitos del desarrollo que algunos le quieren atribuir. Si es cuestión de reunirnos en torno a un común movilizador, la experiencia nos enseña que la manía por el deporte espectáculo no ha sido el mejor de los recursos que los pueblos han tenido a mano en su proceso de empoderamiento y construcción de un mejor porvenir.

Agradecemos a Pedro Martínez (y otros como él) que haya negado la vieja música que definía a República Dominicana como un país sin posibilidad, yermo. Con él hemos visto que esto no era así. Pero Stephany y su paradigma nos permite soñar sobre la manera en la que queremos disponer esas posibilidades nuestras. Y aunque no sepamos dar con las palabras el sentido preciso, y por mucho halo clasista con el que nos lo quieran presentar, algo nos dice que la caricatura del tubo de ensayo burbujeante y la bata blanca en mucho aventaja al éxtasis epidérmico de una carrera en el Quisqueya. Y es que Stephany nos enseña, con menos voz que el más humilde de los peloteros, que la política es también el arte de no dejarse confundir.

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Sobre el autor

Andaluz afincado en Santo Domingo. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración y máster en Derechos Humanos. Se dedica a la enseñanza. Colecciona dinámicas de ruptura y continuidad social, a uno y otro lado del Atlántico. Lee a Simone Weill.