En alta voz

Un espacio para amplificar mi propio pensamiento y el de otros muchos que no pueden o no se atreven a levantar la voz. Compartir mi experiencia como ciudadano militante y mi visión sobre nuestra realidad cotidiana, contrarrestando en la medida de lo posible . la tendencia a callar por temor o a decir solo las "verdades convenientes". Y de vez en cuando poner el dedo sobre la llaga... a ver que sale.

Una cita con Doña Emma Balaguer

En estos días he pasado revista a un episodio de mi vida política y personal que viví hace unos 25 años con ocasión de una reunión que sostuve con Doña Emma Balaguer en la casa de su hermano y entonces presidente, Joaquín Balaguer.

Mi hermana Livia Chávez de Wessin, en su condición de esposa del secretario de las Fuerzas Armadas, mayor general Elías Wessin y Wessin, había cultivado unas relaciones muy cercanas  con Doña Emma, a quien ayudaba regularmente en sus labores de asistencia social.

Livia, quien siempre me dispensó un trato solidario y afectivo, al margen de las diferencias políticas, me confió que había conversado con la hermana de Balaguer sobre mí, convencida de que yo no había sido bien tratado  en el PRD, donde había sido excluido de una lista de candidatos a diputado después de ganar una convención y debí enfrentar al liderazgo del partido para ganar la posición de vocero del bloque de regidores del Distrito Nacional y luego la presidencia del Ayuntamiento, que me costó una sanción política por alegada indisciplina.

En adición a mi conocida militancia en el PRD, yo también había sido secretario general del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP) y posiblemente encajaba en el perfil de los nuevos talentos incorporados al gobierno de Balaguer.

Cuando Livia me propuso que visitáramos a Doña Emma en la Máximo Gómez 25, recordándome la influencia que ejercía ella sobre ciertas decisiones de poder en el Gobierno de Balaguer, mi primera reacción fue rechazar la idea, aunque le agradecí el gesto. Desde muy joven había sido un antibalaguerista militante y no me resultaba cómoda la idea de establecer una relación de cordialidad política con el anciano caudillo y su familia.

Sin embargo,  al parecer mi hermana asumió mi resistencia como un prurito irrelevante y más adelante me llamó para comunicarme que había hecho una cita con Doña Emma y quería que yo la acompañara. A regañadientes accedí pero me pasé las siguientes horas hilvanando cual debía ser mi reacción si eventualmente  la hermana de Balaguer me insinuaba  la posibilidad de aceptar un cargo en el Gobierno.

Era la época en que Balaguer había incorporado algunas  figuras no vinculadas directamente a su partido, como Tito Hernández y Adriano Sánchez Roa, reconocidos activistas pro izquierda y combativos dirigentes de la Asociación Nacional de Profesionales Agrícolas (ANPA). En adición a mi conocida militancia en el PRD, yo también había sido secretario general del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP) y posiblemente encajaba en el perfil de los nuevos talentos incorporados al gobierno de Balaguer.

La cita se produjo en una tarde de 1990 en la modesta oficina que ocupaba Doña Emma en la residencia familiar de Balaguer. Tan pronto ocurrió el intercambio de saludos, mi hermana Livia hizo la introducción y recordó los consejos que me había dado para que estuviera políticamente más cerca de la familia. Doña Emma me dedicó algunos cumplidos y dijo tener referencias sobre mis actividades periodísticas, políticas y municipales.

Luego de algunos temas menudos, mi hermana entonces dejó caer en la conversación la idea de que yo estableciera algún vínculo político con Balaguer y eventualmente aceptara participar en el Gobierno.

Mi reacción fue instantánea y lo primero que se me ocurrió decir fue más o menos lo siguiente: “Doña Emma, lo que yo le he dicho a Livia es que yo no tengo  una buena justificación para tomar una decisión como esa, para  que la gente que me conoce pueda entenderla y aceptarla… para que yo no me vea simplemente como un oportunista. Creo que no tengo una buena razón política o personal para dar este paso…”.

Doña Emma me interrumpió y en un tono muy delicado y afectuoso me dijo: “Yo lo entiendo, yo lo entiendo, yo se lo difícil que es tomar una decisión como esa. Usted es una persona de vergüenza…”.

Debo apuntar que en ese momento estaba pasando por graves aprietos económicos como parte de una clase media duramente azotada por la caída del poder adquisitivo del salario,  la inestabilidad cambiaria, la crisis de los servicios públicos, la carencia  de productos tan primarios como la gasolina,  el azúcar y  los espaguetis,  y una inflación que justo en  año 90 superó la barrera del cien por ciento. Sin embargo, nunca consideré mis limitaciones materiales como una razón o excusa para justificar una decisión política.

No me arrepiento de haber perdido lo que pudo haber sido una gran oportunidad personal para trascender en la vida pública y probablemente asegurar mi estabilidad económica. Creo que la alternativa de caminar por las calles y encontrarme con la gente sin tener que  bajar los ojos ni esconder la cara es una recompensa superior. 

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