Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Romper la conspiración del silencio

A nadie le gusta pensar y mucho menos afrontar la muerte. Occidente nos educa para que nos asumamos inmortales, haciendo de la muerte una trágica excepción cuando, sin embargo, a todos nos tocará afrontarla algún día.

Llegados a la mediana edad, esa excepción comienza a hacerse cada vez más cotidiana. En esta etapa mueren amigos, tíos, conocidos, compañeros de estudios, nuestros padres y, ese ascenso vertiginoso a nuestra propia decadencia física nos va poniendo cara a cara ante nuestra propia finitud.

A veces la muerte llega abrupta, un accidente de trágico, un infarto sorpresivo, y otras veces en forma de una larga agonía causada por una enfermedad. En este último caso, cuando un cáncer o un padecimiento degenerativo hace estragos en un ser querido, exige un duro acompañamiento para el que nadie nos ha preparado. Quizás por ello sea más fácil simular que no lo sabemos y actuar como si ese ser querido no llevara encima el ángel de alas oscuras que, como un ave de rapiña, le va devorando lentamente. Nos parece más fácil instalarnos en eso que alguien llamo “la conspiración del silencio”.

Somos parte de esa conspiración cuando no hablamos ni dejamos hablar a quien se aleja de la vida, fingiendo que no sabemos y confinando a la más terrible soledad a quien también sabe que tiene sus días contados en la tierra.

Quizás por ello sea más fácil simular que no lo sabemos y actuar como si ese ser querido no llevara encima el ángel de alas oscuras.

En la etapa terminal terapéutica son muchas las señales angustiantes. Debilidad física, deficiencia funcional de órganos, ajustes constantes de medicación, cuyas dosis en alza dejan de producir un alivio suficiente o duradero, el miedo y la angustia en el día a día de un enfermo al que no cabe curar.

Hay frustración en el equipo médico, preparado para curar y que, en esta etapa final, solo puede cuidar a esos pacientes a los que verán morir, sumergidos muchas veces en un charco de impotencia. Se escenifica la angustia de la pareja y de la familia que hacen un esfuerzo por mantener una simulación de esperanza que a nadie engaña, ocupados más en mantenerse en su zona de confort, en la que está prohibido hablar de la muerte. Tenemos miedo a llorar, a no alentar con ello al enfermo, a no controlar nuestros sentimientos. Sin darnos cuenta, el resultado de esta operación de ocultamiento y disimulo es el aislamiento de la persona en etapa terminal, que deberá callarse también y a quien le frustraremos la posibilidad de compartir su angustia, organizar su partida y, algo que le resulta vital, el despedirse de sus seres queridos.

Empezamos a hablar del enfermo en tercera persona, en su presencia, le limitamos cada vez más su nivel de actividad social y motora, confinándolo a una cama, racionando las visitas, impidiéndole valerse por sí mismo y, en todo ello, mermándole sus capacidades y actuando como si no siguiera vivo.

La Psicología de la Salud ha puesto de relieve la importancia de romper con esta conspiración del silencio, brindándole al enfermo y a su entorno cercano y querido, la posibilidad de afrontar de un modo más acorde y favorable para el enfermo esta etapa. En este tramo final se propicia el diálogo, las gestiones y peticiones que el enfermo necesita hacer, la reconciliación cuando algún conflicto ha mantenido a la familia alejada o enfrentada. Se le pregunta al enfermo por sus preferencias en cuanto al tratamiento y en todo cuanto le atañe, se intenta preserva el grado de autonomía del que aún dispone, porque todo ello contribuye a algo mucho más importante, el reconocer el derecho a la dignidad del ser humano hasta el último aliento.

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