Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

“Eungenio” Salvador Dalí

Excéntrico, raro, dramático, cómico, trastornado… son adjetivos que se asocian con el célebre pintor catalán Salvador Dalí. Su bigote a lo Velázquez, que cuentan algunos untaba de miel para garantizar su rigidez, las expresiones exageradas de sus ojos en las múltiples fotos en las que aparece posando, su forma de vestir, sus pleitos con surrealistas, diseñadores, amigos y conocidos, muestran la vida de un personaje del siglo XX cuya creación artística ayudó a engrandecer la corriente estética del surrealismo. Cabe preguntarse si detrás de estas peculiaridades de Dalí, tan teatrales a veces,  existía o no un trastorno mental.

El propio Dalí dijo una vez que no estaba loco y era cierto. Si le damos a esa palabra el sentido psiquiátrico de pérdida de contacto con la realidad, a través de dos síntomas fundamentalmente, las alucinaciones y los delirios, el genio catalán tenía toda la razón. Que sepamos, Dalí no padeció ninguno de estos signos propios de las psicosis, de modo que no podemos tildarlo de loco, aunque le gustaba coquetear y simular la locura. No obstante, hay ciertas particularidades de su personalidad y de su biografía que pueden ser tomadas como indicios de trastornos psicológicos que revisten un gran interés para los estudiosos de la salud metal.

El gran masturbador
El gran masturbador

Dalí nació nueve meses después de la muerte del primogénito del matrimonio compuesto por   Salvador Dalí i Cusí, notario distinguido de la localidad catalana de Figueres, y Felipa Domènech i Ferrés Dalí. De hecho, se le acoge como la reencarnación de ese vástago perdido, escamoteándole con ello su propia identidad. Tanto es así, que el pintor de Figueres advertía su convivencia íntima con ese fantasma. Al respecto dijo: “Se trata de la presencia ineluctable, en el fondo de mí mismo, de mi hermano muerto, que mis padres habían adorado con cariño tan superlativo, que en el momento de mi nacimiento, me pusieron el mismo nombre, Salvador… No solo me dormía con la idea de mi propia muerte, al par que aceptaba que me hablaba en el interior del ataúd por fin en estado de reposo”. Es posible que este rapto de su identidad (el hermano muerto también se llamó Salvador) produjera en Dalí la necesidad de construir una identidad diferenciada y, quizás por ello mismo, exagerada. Son conocidas las desavenencias existentes entre el padre de Dalí y su segundo hijo, así como el aliento que siempre recibió de su madre, quien fallece de cáncer de útero, cuando el pintor tenía 16 años.

Hay, además, una segunda peculiaridad psíquica en Dalí, su impotencia sexual a la hora de cohabitar con otra persona. Su entrañable amigo de juventud, el poeta granadino Federico García Lorca, le intentó seducir, sin éxito alguno y, a pesar de la veneración confesa de Salvador Dalí por su  esposa Gala, nunca pudo consumar el acto sexual con ella, pese a ser la musa erotizada de muchas de sus pinturas. Ambos componían una pareja pintoresca, que duró hasta la muerte del pintor. Gala era, a juzgar por  testigos de la época, insaciable como amante. Gala tuvo numerosos amantes consentidos y conocidos por su esposo y se conoce la afición de Dalí por el voyerismo. Le gustaba observar a Gala en su lecho, compartiendo con sus amantes, pero Dalí era incapaz de participar activamente de estos pasatiempos sexuales. Sin embargo, el contenido sexual y erótico de sus obras es muy destacable, sirviendo el arte, acaso, de canal para ese torrente libidinal que en la vida real estaba bloqueado, salvo en sus prácticas onanistas, de las que era un gran aficionado.

Más que homosexual o bisexual, Dalí era asexual, a pesar de ser tan sexuado. Si unimos sus problemas de identidad con su disfuncionalidad sexual, podemos colegir la existencia de rasgos histéricos en su personalidad, rasgos que le hacían ser tremendamente histriónico, hasta el punto de crear un personaje tan estridente que parecía corresponder a una más de sus múltiples creaciones artísticas y que le hizo famoso en su época, abriéndole las puertas de la fama hasta en la cuna del celuloide, Hollywood, para cuya industria hizo diversos decorados.

El famoso cuadro “El gran masturbador” condensa este padecimiento sexual de Dalí. La cara de Gala reposa sobre un vértice anguloso, en uno de esos paisajes áridos que tanto recuerdan a su tierra natal, Figueres, y junto a su boca, el bulto flácido de Dalí, de quien apenas se aprecian las piernas y la ropa interior.

En el universo onírico de la mayoría de sus obras levitan sus tormentos, sus anhelos, sus pesadillas, su dolor, sus sueños. Tal y como pasa con otros genios del arte, la psicopatología se imbrica en la inagotable creatividad artística del genio catalán, sirviéndole de válvula de escape, de lenguaje que condensa y redime sus angustias vitales. Imposible dividir biografía y obra, simbiosis que hace posible la originalidad y el genio.

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