Perlas y margaritas

En este espacio comparto palabras relacionadas con temas que considero esenciales, de primera importancia para mí y la sociedad.

Mejores salarios: una cuestión de poder

Los grandes empresarios dominicanos pueden decir (riéndose con la última muela de atrás) que los salarios en el sector privado son justos o se corresponden con los niveles de productividad de la clase trabajadora porque se encuentran prácticamente solos en la cancha del juego político. Hace décadas la balanza del conflicto social propio de las relaciones productivas está más que inclinada a su favor.

El empresariado tiene un poder casi absoluto, que coordina con agresiva tenacidad desde el Consejo Nacional de la Empresa Privada (CONEP), la Asociación de Industrias (AIRD), la Organización de Empresas Comerciales (ONEC), la Confederación Patronal (Copardom), la Asociación de Jóvenes Empresarios (ANJE), varias organizaciones de la “sociedad civil”, y desde otros espacios que inciden directamente en la vida nacional.  Entre su cúpula también figuran los  propietarios o financiadores de los grandes medios de comunicación.

Además,  los patronos y la dirigencia de los tres  principales partidos tradicionales mantienen una estrecha relación de mutuo beneficio. Juntos han creado un modelo de generación de riqueza que se basa en mantener salarios de miseria, mientras el liderazgo político convierte al Estado en un simple observador de esa inicua realidad. Por eso en las discusiones del Comité Nacional de Salarios el Gobierno (Ministerio de Trabajo) asume una posición de árbitro-tayota o de falsa imparcialidad, cuando los ingresos reales de la mayoría de los trabajadores se encuentran prácticamente estancados en medio del permanente crecimiento de la economía. Vivimos, de acuerdo a los informes de Naciones Unidas, en un país de inequidad rampante.  

Frente a estas fortalezas y ventajas empresariales, tenemos a un sector trabajador débil, roto, fraccionado,  con serias dificultades para mejorar sus niveles de organización.

Por un lado está el desprestigio o la poca representatividad de las centrales sindicales existentes, y por otro, según informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las agresiones frontales o sutiles que grandes empresas  ejercen contra quienes intentan conformar nuevos sindicatos.

Las denuncias de violaciones a la libertad sindical consagrada en la Constitución de la Republica, en el Código de Trabajo y en varios acuerdos internacionales se acumulan en un Poder Ejecutivo ciego, sordo y mudo, y son pisoteadas por una catoliquísima patronal que responde a los reclamos del trabajador con chistes como el de la Bonetti.

En este cuadro tan desigual los trabajadores y las trabajadoras no pueden depositar sus esperanzas en una dirigencia política que le ha traicionado una y mil veces para mantenerse bajo la bendición de la cúpula privada. Tampoco basta con llenar Facebook o Twitter de quejas y llamados de auxilio.

 La clase trabajadora necesita insistir en el poder que da la organización, la unidad, la acción colectiva que tanto practica el empresariado para defender sus intereses desde sus sólidas estructuras de cabildeo y presión.

Así, construyendo poder, como sugiere el Informe de Desarrollo Humano del 2008, quienes trabajan en República Dominicana podrán disfrutar del crecimiento que los empresarios nunca compartirán por iniciativa propia, ni por disposición de las autoridades de turno.

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