Vías ácratas


Los usurpadores de la memoria

A propósito de mi visita a la Academia de Historia, el miércoles 30 de julio 2014, por la puesta en circulación del Tomo V de Historia General del Pueblo Dominicano, me encontré como es de lugar a distinguidas personalidades del ámbito académico e intelectuales que han aportado magníficos trabajos al quehacer historiográfico dominicano. Y como siempre pasa en mi querida ciudad, se truncó la noche y tuve que salir por la misma puerta por la que entré, aturdida y afectada por la carga memorial que atraviesa mi cuerpo, al ver personajes que en palabras de Eduardo Galeano son usurpadores de memorias y de la palabra.

Por supuesto, no me lo podía creer que un personaje muy parecido a Charles Maurice de Talleyrand, quien en Francia fuera considerado el “diablo cojo” o el vernal encantador de falacias y otros mandarines se estimularan a participar en tan edificante momento en el que se exponen importantes narrativas de la historia dominicana.

¿Cuáles son los propósitos del Talleyrand dominicano de involucrarse con los historiadores e historiadoras? Las racionalidades fluyen por mi memoria, quizás financia los textos, quiere protagonismos en el ámbito intelectual, se limpia de viejos deshonores o le interesa simplemente enrostrarnos que la historia la escriben los vencedores/as. Y me duele saber cómo esa larga e insegura memoria ha sido manipulada por la ceguera nacionalista y la megalomanía de unos pocos “Talleyrand” que surgen por estos lares.

No cabe duda para mi racionalidad de mujer, no hay ficciones. Como dicen los productores y productoras de alimentos “lo real es malo de ver”. Allí está la muestra, los bufones encubridores y encubridoras pululan por todas partes. Esa es la carga que arrastra la historia oficial, discursos que recogen los típicos actos de la intervención del poder del Estado y de los intelectuales que se vanaglorian con el poder. No acuso para nada a la Academia de la Historia o a mis amigos historiadores/as dotados/as de buenas intenciones, eso creo, pero el acto resultó decadente. Si hay una virtud de la burguesía es montar delicias de su abundancia cuando te está llevando el mismísimo innombrable.

Cómo se pueden rescatar memorias de verdades amargas y tormentosas, si tenemos que comulgar con Dios y el diablo. Es un deber de memoria de la Historia la penalización de los auténticos crímenes del olvido. Y yo  no puedo olvidar los encubrimientos, la quema de los archivos presidenciales cuando asumió el gobierno, las mentiras y el chantaje, los hurtos al erario público, entre tantos cacharros que se pueden señalar. Conozco historiadores e historiadoras que no toleran tales interferencias y que bajaron su cabeza en tan digno acto protocolar.

Empero, los historiadores e historiadoras tradicionales siguen encandilados con los representantes más violentos de la colonialidad (Estado e Iglesia). Reconozco que todavía moderno no ha fracasado.  Y una y otra vez reproducen unos universales decadentes. Me invade  la amargura al ver tantas voces de sombras. 

En la República Dominicana, la escritura historiográfica está atrapada en el viejo laberinto fundacional del universo burgués. Tal parece que todavía la escuela historiográfica no ha podido desprenderse de tales gendarmes. Entendiendo  que se necesitan patrocinadores para poder financiar una obra de calidad. Empero, se pagan precios y disgustos, dado que el proyecto oficialista requiere cuotas de representación, compromisos escriturales, omisiones y dejadez crítica. No quiero decir con esto que esta obra magnífica que se ha escrito tenga tales compromisos, pero hay que tener cuidado, pues siempre se cuelan ciertos personajes que quieren robarse el espacios para limpiarse su representación.  Los historiadores e historiadoras tienen que estar atentos y buscar nuevas alternativas de financiamiento al proyecto escritural que no tengan que comulgar con odiosos personajes. A decir de Alain Badiou, hay que inventarse algo nuevo, porque de lo contrario, el proyecto humanista será sustituido por la locura obscena del terror.

Los historiadores e historiadoras tienen que afrontar una ética que cuestione la inmunidad de cierto cogitos y sujetos totalitaristas que manipulan la audiencia. No hay justificación para seguir sosteniendo que el “Amo” no está dispuesto a arriesgarlo todo. Es evidente que se presupone un sujeto trascendente, pero la vida desnuda a todos/as, no se justifican tales parodias para obligarnos por el dominio del hábito a justificar la regla del otro. Tal vez pueda ser exagerada, pero hace mucho tiempo que he renunciado a la domesticación ética.

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