Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Virginia Woolf: genio y locura

CC: Christiaan Tonnis

Solo una sensibilidad exquisita, provista de una extraordinaria hondura psicológica era capaz de penetrar en las mentes y en los corazones de aquellos personajes, que al rezago de una etapa timorata y remilgada como la victoriana, se tejían en la voz literaria singular de Virginia Woolf. Esta escritora inglesa, nacida en 1882, ha fascinado a lectores, críticos y analistas psicológicos por su estilo inconfundible que rompió moldes técnicos, adelantándose a los aportes de James Joyce o Faulkner, y por una vida carga de infortunios personales e históricos pero también, poseída por una inmensa pasión por la existencia y la plenitud de lo que ella llamo “momentos de vida”. Y sin embargo, Virginia Woolf nunca fue a la escuela. Fue formada por institutrices y por su padre, el célebre escritor Leslie Stephen, en una época en la que las mujeres eran confinadas al universo doméstico en que se les señalaba como único destino de su clase, el casarse con algún caballero de buena fortuna.

Su vida, y no solo su obra, es hoy motivo de culto y peregrinación por aquellos lugares en los que vivió y dejó su impronta creativa y sagaz.  El faro, La señora Dalloway, Noche y día, Orlando o Los años, constituyen piezas claves del cannon literario occidental. Junto con estas novelas, sus ensayos, cuentos, cartas, conferencias y  diarios vienen a completar una obra monumental cuya riqueza sigue siendo oficio de intelectuales y estudiosos y que nos revelan a una mujer de pensamiento y propuestas adelantadas a su tiempo, que exigían la igualdad de derechos de las mujeres y  el acceso a los espacios públicos e institucionales.

Si nos adentramos en sus espacios más íntimos, descubrimos a un ser que tuvo que sobreponerse a mucho sufrimiento. Pierde a su madre a los 13 años, lo que desencadena su primer episodio depresivo, que habría de durarle seis largos meses. Poco después debe enfrentarse a la muerte de su hermanastra, Estella, y a los sistemáticos abusos sexuales que sus dos hermanastros, George y  Gerald, ocasionan en una personalidad impactada por un trastorno psiquiátrico que marcara su vida y que la llevara hasta el suicidio, en 1941.

Virginia Woolf sufría de un trastorno bipolar maniaco-depresivo en un tiempo en el que aún no había sido descubierto el litio como tratamiento eficaz para regular este desequilibrio bioquímico que es capaz de llevar a quienes lo padecen desde la depresión más absoluta, a la hiperactividad desbordante, a veces acompañada por síntomas psicóticos como los delirios y las alucinaciones, que en tres etapas de crisis terribles y más severas que las demás, hubo de padecer Virginia Woolf. Cuenta su sobrino Quentin Bell, hijo de la hermana de Virginia, Vanessa Bell, que en aquellas etapas aquella mujer de modales refinados se volvía iracunda, insultando a sus seres cercanos, afirmando que había visto al Rey Eduardo VII desnudo, blasfemando detrás de un árbol, o escuchar a un pájaro cantando en griego. En estas terribles etapas maniacas su mente sufría de fugas de ideas, hablaba sin parar, por dos o tres días (según lo atestigua su esposo, Leonard Woolf), experimentaba una descontrolada labilidad emocional, así como la incapacidad absoluta de utilizar su talento de inventar historias, mecanismo de un exorcismo mágico que la redimía de todo ese sufrimiento. En sus letargos depresivos dejaba de comer, sintiendo un asco tremendo hacia todo lo que fueran necesidades corporales, y permanecía metida en su cama, escondida del mundo. En el registro puntual de cada una de sus crisis, elaborado por el psiquiatra, se observan que cada crisis depresiva iba seguía por otra de características maniacas o hipomaniacas.

Diversos analistas han encontrado una relación entre la técnica que inventó Virginia Woolf, el fluir de consciencia o monólogo interior, y las resonancias dejadas por su vivencia de las etapas maniacas. Durante estos episodios era capaz de captar un caudal inagotable de ideas y pensamientos que luego quedaban plasmadas en su obra narrativa, una vez recobraba su lucidez. En el personaje de Septimus Warren Smith, de la novela La señora Dalloway, Woolf se adentra en la mente atormentada de un excombatiente de la Primera Guerra Mundial, que regresa enloquecido y que, como ella, acabará suicidándose. Un personaje que cuestiona los ineficaces y tortuosos tratamientos a los que eran entonces sometidos los enfermos mentales, un régimen disciplinario de descansos, medicamentos, curas de sueño y comida en abundancia que eran prescritos, sin que surtieran una significativa mejoría.

El ver amenazada su capacidad creativa hace a Virginia Woolf vislumbrar en el suicidio el final de su agonía. En la hermosa carta de despedida que le dirige a su esposo Leonard Woolf y que escribe poco antes de lanzarse al rio Ouse, con su vestido lleno de piedras, la célebre escritora inglesa advierte que nuevamente no es capaz de expresarse correctamente, y la perdida de esta capacidad creadora la hace sentir la vida desprovista de todo sentido.

Pero más allá del aporte literario que la vivencia de la locura ofrece a una sensibilidad tan exquisita como la de Virginia Woolf, su actividad creativa sirve de bálsamo y guarida de este padecimiento bipolar, demostrándonos, una vez más, que el sufrimiento y el dolor es material aprovechable para el talento creativo, cuando genio y locura se combinan.

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