Arco y flecha

Esta columna procura dar en la diana de los problemas sociales, políticos y ciudadanos, que es la mejor forma de construir la democracia.

Mentiras y sangre

La Policía no puede con esto.

No puede “mantener las condiciones necesarias para el libre ejercicio de los derechos ciudadanos” ,  misión que la misma institución describe. No tiene “ sistemas planificados de prevención e investigación bajo la autoridad competente para el control del crimen, el delito y las contravenciones” así que no puede “salvaguardar la seguridad ciudadana”.

Este país no puede con la Policía. No cuenta con ninguna autoridad que detenga la matanza en las calles;ni Ministerio de Interior ni Ministerio Público, nada sirve para transformar  este desfile sangriento.

Lo que logra este método brutal es aumentar los niveles de violencia con que operan los delincuentes y crear una eficiente (y hasta barata) banda de sicarios al servicio del crimen.

El jefe dela Policía y su vocero están convencidos de que ejecutando delincuentes que supuestamente han matado policías (no importa que el hecho no haya sido verificado por un tribunal) “se devuelve el respeto al uniforme de policía”.

Se equivocan. Respeto hubiese si la Policía pudiera cumplir con su misión y con el lema que la misma institución exhibe: “Institucionalización, profesionalización y respeto a los derechos humanos” (copiado de su página web).

Lo que logra este método brutal es aumentar los niveles de violencia con que operan los delincuentes y crear una eficiente (y hasta barata) banda de sicarios al servicio del crimen. La brutalidad policial, además, pone en peligro a todo el mundo, delincuentes y no delincuentes.

Juan Carlos De la Cruz Adames ha sido ejecutado por la Policía. Dicen que fue uno de los que mató a la teniente Mercedes del Carmen Torres Báez. Cuando la Policía andaba buscándolo, se imprimió la imagen de su cédula y se colocó el papel en los cuarteles. Pero no era su cédula. Era la de otro Juan Carlos De la Cruz Adames, un muchacho normal, como la mayoría, un joven cuyo nombre coincide exactamente con el del otro, y que fue a quien le tocó aparecer en diversos destacamentos pegado en la pared para que los agentes salieran a buscarlo….y ejecutarlo.

La familia de este muchacho ha vivido un susto de infarto, pero como ya mataron al otro, se supone que el peligro pasó.

Para la Policía, estas ejecuciones han hecho “justicia” y con eso el uniforme ha ganado “respeto” , dice el vocero, pero no muestran una investigación ordenada, alegan intercambios de disparos que luego desmienten testigos presenciales, en fin, todo al margen de la ley.

 ¿A quién hay que matar para que el gobierno reaccione?

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