Abriendo puertas

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Lilís y Trujillo, ¿dos tiranos suicidas?

Cuentan testigos e historiadores que antes de ser asesinados, los férreos y sanguinarios dictadores dominicanos Ulises Heureaux (Lilís), y Rafael Leonidas Trujillo, tenían indicios de movimientos clandestinos en marcha, que buscaban su eliminación física. El historiador Juan Daniel Balcácer, en su libro Trujillo: El tiranicidio de 1961, refiere que testigos cercanos a Trujillo notaron un gran desánimo en el "Jefe" el día de su ajusticiamiento, como si presintiera su trágico final.

En mayo de 1961 hallábase el “Benefactor de la Patria Nueva” acorralado por la ruina económica del país, presiones internacionales y una oposición interna que crecía como hongos tras la lluvia, a pesar de que procediera a exterminar a los opositores con torturas, cárceles y asesinatos.

La soledad es uno de  los precios más amargos que acarrea el poder y, con mucha mayor razón, cuando este es omnímodo. Inaccesibles parecían ser las mentes y los corazones de estos dos dictadores, que se constituyeron en amos absolutos del país y de su pueblo.

 En parecidas circunstancias se encontraba Lilís cuando circulaban libelos por todo el país, llamando a la insurrección y denunciando los desmanes despóticos y corruptos del “Pacificador de la Nación”, como así se hizo llamar Heureaux. Acorralado por las deudas generadas por el desorden administrativo y corrupto que propició y promovió, el efecto perverso de las papeletas que puso a circular, sin aval en oro, y el disgusto creciente de una pequeña burguesía, sobre todo cibaeña, que veía en la continuidad del régimen un peligro en aumento, Lilís parecía estar arribando al ocaso de su régimen.

Si diéramos por ciertas estas afirmaciones, cabría preguntarse si anidaba en ambos dictadores el deseo inconsciente de ser eliminados o si acaso ese comportamiento desafiante y temerario era el producto de un delirio de grandeza que les hacía asumirse infalibles. Pero vayamos por partes.

 Las similitudes entre estos dos personajes llaman la atención y va un poco más allá de las semejanzas que se presentan en los perfiles de los sujetos que acaban siendo dictadores. Comparten un perfil propio de quienes padecen un trastorno narcisista de personalidad, es decir un sentido sobredimensionado de su propio valor, falta de empatía, agresividad desmedida, intolerancia a la crítica, explotación y abuso de sus semejantes, en beneficio propio etc.  Ambos fueron hombres de armas, antes que políticos, y fue el control de las fuerzas de seguridad del Estado lo que les hace posible arrebatar el poder. Ambos traicionaron a sus compañeros de lucha, enviándolos al exilio, cuando no eliminándolos físicamente. Al exilio fueron a parar Luperón, mentor de Lilís, y Estrella Ureña, embarcado en la idea de gobernar con el apoyo de Trujillo.

Tanto Trujillo como Lilis fueron mujeriegos, obsesionados por aumentar y preservar la vitalidad sexual, que, dicho sea de paso, se mostraba en declive en sus días finales. Ambos eran tan presumidos en el vestir que llegaban a lo ridículo, con vestimentas de emperadores que chocaban en el contexto dominicano. Ambos no distinguían entre el patrimonio personal y el Estado, pues, a semejanza del Rey Sol francés, Luis XIV, el Estado eran ellos. Ambos se habían destacado por una personalidad recia y autoritaria, una crueldad de la que apenas quedaba excluida la familia más cercana, y ambos, en su afán por eliminar todo asomo de oposición, se fueron quedando cada vez más solos.

Ambos no distinguían entre el patrimonio personal y el Estado, pues, a semejanza del Rey Sol francés, Luis XIV, el Estado eran ellos.

Troncoso Sánchez y Rodríguez Demorizi afirmaron que Lilís tenía informaciones precisas acerca de las intenciones asesinas de un grupo de mocanos y que, pese a ello, no solo siguió su ruta hacia el Cibao, sino que ordenó al comandante de su escolta personal que se retirara. Con apenas un par de colaboradores, entre ellos su amigo Demetrio Rodríguez, Lilis continúa su marcha hacia La Vega. Cuando Mon Cáceres, acompañado de Jacobo de Lara hijo, le propina los disparos mortales al dictador, este montaba solo  su caballo, y aunque andaba armado, en su autodefensa apenas le dio tiempo a disparar unas cuantas veces, de modo tan errático que acabó asesinando a un mendigo que, por mala suerte, andaba por el lugar.

 ¿Quiere decir ello que Lilís fue al encuentro de la muerte por propia voluntad, e incluso deseándolo? A primera vista parecería que sí, pero no fue esa la primera vez que Lilís anduvo solo, ni tampoco la primera vez que se enteraba de planes de asesinato. ¿Es plausible deducir que ese comportamiento temerario partía de la infravaloración de sus enemigos y de los efectos de un delirio de grandeza, propio de los sujetos con trastornos narcisistas, cuando logran colmar sus ilimitadas ansias de poder y dominio?  ¿O acaso, y precisamente impulsado por ese perfil narcisista, precipitó inconscientemente su final por no poder resistir el amargo sabor del fracaso?  ¿Fue valentía y arrojo lo que le hizo circular desguarnecido la noche de su sangriento final, o el deseo de poner fin a una etapa de declive?

La noche del 30 de mayo Trujillo iba acompañado con su chofer, Zacarías de la Cruz, rumbo a su finca en San Cristóbal, armados ambos, y el “Jefe” con un maletín lleno de dólares. Descansaba en el servicio secreto la responsabilidad de vigilar, a distancia, la ruta que siguieron por la hoy avenida 30 de Mayo, pero ambos hombres iban solos. No fue la primera vez, tampoco, que así lo hacía Trujillo, pero incluso en su mente delirante y enferma, tenía que existir el convencimiento de que su permanencia en el poder ya no era la solución sino el problema. Sus tentáculos asesinos y crueles habían llevado a la asfixia a sus más cercanos colaboradores, entre los cuales se hallaban los conjurados que le dieron muerte.  Estados Unidos, la potencia que le dio su apoyo y beneplácito durante buena parte de su cruenta dictadura, lo quería fuera del poder, y los nombres de los opositores pertenecían a las familias trujillistas, lo que indicaba que el enemigo estaba cerca y dentro. Sin embargo, lejos de reforzar su seguridad, Trujillo lucía despreocupado al respecto. ¿Acaso era preferible ser asesinado que verse consumir por las brasas ardientes de un régimen y una salud física y mental en franca decadencia?

La soledad es uno de  los precios más amargos que acarrea el poder y, con mucha mayor razón, cuando este es omnímodo. Inaccesibles parecían ser las mentes y los corazones de estos dos dictadores, que se constituyeron en amos absolutos del país y de su pueblo. Quizás por eso solo tenemos acceso a suposiciones que se desprenden de testigos de la época, quedando en el misterio las respuestas del por qué ambos dictadores no hicieron nada para protegerse de su previsible muerte.

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