Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Al límite

¿Por qué lo hiciste? Decían sus caras, sin saber muy bien qué responderles. Llevaba varios días sintiéndose decaída, sin ganas de trabajar ni de salir, sintiendo el peso aplastante de una soledad que la embargaba cada tanto. Llegó a su casa y entró a su habitación y encendió la televisión, intentando disipar ese vacío inmenso que la rodeaba y que también habitaba en el interior de su ser. Un vacío que parecía devorarla poco a poco y que le resultaba insoportable.

Un rato después se levantó de golpe, agarró sus tarjetas de crédito, su sueldo quincenal y arrancó en su vehículo rumbo al casino. Detenida en un semáforo se miró en el espejo, los ojos le chispeaban con ese resplandor de vértigo, su corazón se aceleraba, dejándose poseer por esa absurda ilusión de ganar en las maquinitas tragamonedas o con la ruleta. Era una euforia indescriptible.

Las luces, la música, los tragos, esa complicidad momentánea de gente guarecida de su propio desamparo la hicieron sentirse acompañada y alegre. Los dados iban y venían chocando en las esquinas de la mesa de juego, mientras veía evaporarse sus sueños y su dinero. Perdió una y  otra vez, pero hasta que no se jugó el sueldo completo y dejó exhaustas las tarjetas, no dio por terminada la noche. Lo que vino después le era harto conocido. La culpa, la desesperación, la vergüenza, el llanto desenfrenado, las ganas de no despertar…

No pudo dormir y en la mañana reunió todas las pastillas que fue encontrando. Los antidepresivos que suspendió de golpe, antialérgicos, ibuprofenos, dramaminas… y se fue atragantando con ellas empujándolas con grandes sorbos de agua, mientras manaba de sus ojos un llanto infinito y la sensación de no querer seguir en este mundo, de no ser capaz de parar el desastre.

En el vaivén confuso de la somnolencia alcanzó a responderle la llamada a su amigo Rubén, de quien se despidió convencida de que le quedaban pocos minutos para morir. Cuando abrió los ojos estaba en una clínica. Su madre, su tío y su amigo Rubén poblaban la habitación y la recibieron con expresión de alivio y contenido reproche: ¿Por qué lo hiciste?

Cuatro años atrás había hecho lo mismo, pero un lavado de estómago y la prontitud del auxilio recibido le habían salvado la vida como ahora. Pero no comprendía qué le pasaba. Entraba y salía de estados anímicos extremos, de la euforia rebelde al llanto y la desesperación, de la sensación de seguridad en ella misma a la certeza de que no valía nada, que no servía para nada. De las ganas de vivir a las ganas de morir. No entendía esos estallidos de rabia que la poseían desde la adolescencia y que la hacían volver añicos todo cuanto encontraba a su paso. No aceptaba esa fuerza autodestructiva que la llevó del alcohol a las drogas y de estas al juego. No comprendía por qué las parejas le duraban apenas meses, yendo de un enloquecido entusiasmo, de enamoramientos súbitos y apasionados, al rechazo más absoluto, que la hacían salir corriendo con una sensación de hastío, dejando una estela de corazones rotos. No podía resistir ese vacío en el fondo de su ser, ese miedo permanente, esa tendencia de huir ante la más mínima dificultad. Esa sensación de estar viviendo en el límite de la vida y de la muerte, del todo a la nada.

Solo sabía que aquella niña obediente y cariñosa, que sacaba las mejores notas, que aguardaba la llegada de su madre del trabajo para alcanzar apenas a verla arroparla y recibir un beso de buenas noches, que adoraba y esperaba el retorno de aquel padre severo, que nunca tenía tiempo, que al separarse de su madre se marchó a Nueva York, cambió de golpe cuando arribó a la pubertad.

Tras ese segundo incidente se vio empujada por su familia a buscar ayuda psicológica y fue cuando se enteró de que ese malestar, ese cúmulo de síntomas tenía un nombre, trastorno límite de personalidad. Ese concierto desconcertante de estados y conductas, que tenían a la inestabilidad como elemento común, lo padecían muchas otras personas en el mundo. ¿Tiene cura? preguntó, para recibir como respuesta que era  difícil superarlo porque formaba parte de la estructura de su personalidad. Muros de carga de un edificio que se resquebrajaba ante cualquier temblor. Era la primera vez que sentía una especie de esperanza verdadera. Se sintió aliviada por haber sobrevivido una vez más a su impulso suicida y, aunque le quedaba un largo camino por recorrer, al menos había uno que podía conducirla al final de aquel túnel oscuro que casi la devora.

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