Vías ácratas


El blanqueamiento del “Estado Morado” (1)

La discriminación y la exclusión por racismo es una constante en los Estados de la región. Heredaron de la colonia estructuras formales de aparcamiento que racializaron las identidades sociales que se gestaron a la sombra del poder imperial europeo. El acotamiento fue claro, se clasificó a los seres humanos en una escala de diferencias  que generó una segregación etnoracial fundamentada en los criterios de la cristiandad occidental.[1]

La institucionalidad colonial y posteriormente la propuesta republicana crearon las bases para el control económico, la apropiación de los territorios, la jerarquización y la construcción de un modelo de Estado Nación cuya base fragmentó a los grupos sociales e importantizó a las élites blancas, a través de un sistema ideológico de dominación económica, social y cultural que legitimaban la subordinación, opresión, el aparcamiento y la desigualdad, como entidades naturales bendecidas por las nobles santidades religiosas. 

El epísteme moderno impuesto en la región del Caribe y de América Latina creó las marcas etnoraciales que legitimaron “los alegres imaginarios”[2] y mitos fundacionales occidentales sobre el Otro a Saber occidental. Dichas estampas dieron sentido, a la narrativa del monologo neocolonial y su consecuente modelo civilizatorio. 

Las huellas de la dominación conceptuaron etnografías que legitimaron  palabras y actos excluyentes de la diversidad étnica, genérica, socio-corporal, sexual y política; y de las numerosas racionalidades epistémicas de las sociedades emergentes. 

La colonialidad selló memorias y creó nuevas identidades amparadas en códigos de color para distinguir el fenotipo de la gente.

No obstante el racismo epistémico y biológico,[3] se gestaron desencuentros y caminos de resistencia en las nuevas tierras periféricas del naciente capitalismo marginal, tales como la construcción de alteridades en el marco de la religiosidad del catolicismo popular u otras manifestaciones, tales como el vudú, gagá, etc., gestualidades trónicas (carnaval, bailes), jaranas y divertimento, etc. Además de las inagotables expresiones culturales que ocupan “lugares de poder”[4] en la cosmogonía de las sociedades originarias y afrocaribeñas que son significantes de la diversidad.     

Empero, la modernización y el blanqueo de las sociedades neocoloniales crearon lugares, pliegues de patrones hegemónicos que contextualizaron la memoria de las canónicas sociedades emergentes  y vencidas que aclamaron los proyectos republicanos en la sociedad postcolonial. 

La colonialidad selló memorias y creó nuevas identidades amparadas en códigos de color para distinguir el fenotipo de la gente. La impronta de esta discriminación marcó también la base de la explotación, dado que se crearon los mecanismos sociales, económicos y culturales para que la población fuera excluida de los sistemas educacionales, de la tierra y del acceso a los servicios y  bienes comunes. Aparecen los parámetros de la pobreza que van a rediseñar los lugares del no poder. Con esta geografía del desgarramiento se localizan a los/as excluidos/as de la modernización estatista.  

En las altas esferas del Estado colonial, se  labraron las heridas que marcaron los cuerpos de hombres y mujeres de los grupos subalternos. Las élites destruyeron la autoestima, la solidaridad, la armonía y el equilibrio psicosocial de la población, lo cual se expresó en segregación, ocultamiento y blanqueamiento. Esto generó una narrativa aparentemente neutral que buscaba ocultar las verdaderas raíces de la discriminación racista y la explotación de los ciudadanos y ciudadanas de la isla. 

Las clases dominantes ajustaron sus narraciones para dar entender que la identidad edificaba un locus de unidad parental y de una buena casa. La patria se figuraba como una casa con un padre piadoso.

 A decir de Aguerre, hablar de identidades en el contexto de América Latina es referirse a “exclusión cultural-étnico racial cuyas figuras se valorizaron o desvalorizaron, a través de los Estados nacionales”.[5] Esto  rediseña un modelo de nación que tendrá color, formas y maneras estéticas particulares que categorizarán, edificarán y recrearán las identidades nacionales. 

 Los Estados nacionales diseñaron una memoria a su medida y de  acuerdo a sus intereses de clases y entroncamientos culturales. El resultado fue la aparición de un sujeto moderno escindido, en virtud de una supuesta inferioridad cognitiva, moral, corporal, entre otras. Ese otro vencido y moderno se “civiliza” con racionalidades apáticas, cuyo deseo se fundamente  en un “mejoramiento” de la corporeidad, ya por  un blanqueamiento corporal, desrizamiento del pelo o la asunción de una estética europeizante, entre otras. 

La marca del progreso hirió los cuerpos y distorsionó las percepciones, los locus epistémicos, el deseo, los papeles sexuales y sociales de hombres y mujeres, así como, la edificación de discursos que ocultan los problemas  económicos, políticos y culturales que subyacen en la sociedad acomodadas bajo la desigualdad. La colonialidad fue alojada por los/as nacionalistas de las clases dominantes. 

El modelo de Estado Nación petrificó el espacio vital, como el lugar de las cosas que recomponen los ideales desarrollistas y el locus de la racionalidad estatista. Este fue el referente fundamental para entender cómo la identidad nacional dominicana edifica el imaginario de una comunidad política Soberana, opuesta a los ideales de los haitianos  que unificaron la isla bajo el proyecto de Boyer.[6

Los ideales de nación se cimentaron en el país, bajo el argumento de la unidad de los grupos etnoraciales, el orden y la libertad del “yugo haitiano”, entre otros. Desarrollaron un monólogo que hacía creer a las masas que el proyecto republicano entrañaba familiaridad y afecto entre los distintos grupos etnoraciales que conformaron la nueva sociedad. Compusieron canciones, bordaron retales con los colores patrios (rojo, azul y blanco) y elevaron las arengas, dando a entender que la patria era la casa de todos y todas. Y que por igual, la constitucionalidad frenaría las desigualdades humanas, bajo el argumento burgués de los ilustrados franceses de los derechos de la ciudanía. 

Las clases dominantes ajustaron sus narraciones para dar entender que la identidad edificaba un locus de unidad parental y de una buena casa. La patria se figuraba como una casa con un padre piadoso. Estos significantes trataban de ocultar las asimetrías etnoraciales, las diferencias de clases y las rígidas retóricas eclesiásticas sobre el control del cuerpo. Las élites tenían argumentos convincentes, aparece un enemigo nuevo y visible que estaba situado detrás de la marca fronteriza (Haití). Los significantes estaban claramente definidos y se tiró el telón de la separación del corpus epistémico del otro/a subalterno/a. 

Las élites dominantes se protegieron. Enmascararon sus discursos y brutalidad contra los segregados, “la cuestión haitiana” adquirió relevancia y se patentizó el blanqueamiento de la población, asimilando los valores y tradiciones de la cultura europea. La nueva versión canoníca de los elegidos de la patria, legitimaban la lengua castellana, la religión católica, la homogenización racial y cultural de los/as negros/as, mulatos/as, mestizos/as blanco e indios/as. Así relataron, la historia oficial. El camino a recorrer tenía que estar amparado en un cuerpo de racionalidades políticas que aseguraran la existencia de una supuesta democracia racial, ideológica y económica.

La gran mentira republicana cubrió los procesos de expropiación de la tierra, la explotación de la fuerza de trabajo, la diferencia de género, la asimetría etnoraciales, el control de la sexualidad, la corrupción estatal, el control del conocimiento y la manera de ver y percibir la realidad. El Estado nación consolidó la colonialidad y bajo su poder crearon discursos nacionalistas que apaciguaban y empujaban a las masas a defender los ideales de las élites, amparado en la mentira de la unidad nacional.    

Referencias

[1] Walter Mignolo. La idea de América Latina. La herida colonial y la opción descolonial. Barcelona, España. Editorial Gedisa. 2007. Pág. 42-43.

[2] Referido a la razón del progreso y la democracia representativa propuesta desde el Estado en la que se considera el proyecto republicano como el logro de las masas y de las libertades.

[3] Martín E. Díaz: Racismo epistémico y monocultura. Notas sobre las diversidades ausentes en América Latina. Revista de Epistemología y Ciencias Humanas. Universidad Nacional de Comauhe. Centro de Estudios y Actualización en Pensamiento Político, Interculturalidad y Decolonialidad – CEAPEDI. Argentina. Sin fecha. Pág. 19.

[4] Aníbal Quijano. La colonialidad del poder Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina, en: Lander, E. (ed.): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires: CLACSO. 2000. Pág. 203.

[5] Lucia Alicia Aguerre: Desigualdades, racismo cultural y diferencia colonial“, desiguALdades.net Working Paper Series, Nr. 5, Berlin: desiguALdades.net Research Network on Interdependent Inequalities in Latin America.2011. pág. 9.

[6] Jean Pierre Boyer reunificó a Haití y una de las primeras medidas fue cabildear  con los sectores comerciales la unificación la isla. Los haitianos encontraron apoyó a su proyecto en Montecristi, Santiago, Dajabón. “Y en Santiago se formó una Junta Central Provincial que pidió la unión con Haití”. Orlando Inoa. Historia Dominicana. Pág. 270

Comentarios

Comentarios vía Facebook

Los comentarios en 7dias.com.do están sujetos a moderación. No se aceptan los comentarios que:

  • Contengan afirmaciones, enlaces, nombres o sobrenombres insultantes o contrarios a las leyes dominicanas que penalizan la difamación y la injuria.
  • Hagan acusaciones y no aporten datos comprobables.
  • Exalten la violencia o apoyen o insten a la violación de los derechos humanos.
  • Contengan alusiones discriminatorias por razón de la nacionalidad, sexo, edad, religión, opción sexual, militancia política o discapacidad.
  • Ataquen de manera denigrante a otros comentaristas de la misma información.
  • Contengan vulgaridades.
  • Contengan enlaces a espacios publicitarios, pornográficos o spam.
  • Insulten a nuestros periodistas, articulistas y blogueros.
  • Estén escritos con una ortografía que haga presumir que las faltas fueron cometidas de manera intencional.
  • 7dias.com.do se reserva el derecho de no publicar los comentarios que irrespeten estas normas, que son indicativas pero no limitativas. Nuestro deseo es propiciar el intercambio democrático de ideas en un marco de respeto. Las opiniones vertidas en los comentarios no expresan las del periódico.