Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Mito y suicidio

Existe una idea muy arraigada en el imaginario colectivo con respecto a la conducta suicida. Se suele pensar y decir que quien va a suicidarse no avisa. Lo que significa que se asume como una manipulación la expresión de un deseo que, al menos en el 20 % de los casos, acaba llevándose a cabo. Por eso es bueno aclararlo, la persona suicida avisa la mayoría de las veces, y antes de materializar ese hecho, lo ha intentado otras veces, sin éxito, y lo ha planificado. Por esa razón, hay que prestar mucha atención a aquellas personas que manifiestan su deseo de quitarse la vida, y poner siempre la luz roja de alarma.

Una revisión de los datos estadísticos mundiales y nacionales acerca del suicidio, nos revela el alto incremento que ha experimentado en los últimos años. La Oficina Nacional de Estadística  realizó un estudio acerca del porcentaje de personas que se suicidaron en el período 2003-2012. Dicho informe determinó que desde el año 2003, en la República Dominicana existe una tendencia creciente al suicidio, aumentando 57% desde esa fecha hasta el año 2012. En el año 2013 la ONE registró 638 personas que se habían quitado la vida, la mayoría de ellos de sexo masculino. Lo más sorprendente, es que la mayoría de los suicidas tiene entre 20 y 44 años, es decir el 52.2 %.

Hay expertos que han expresado que la razón de este incremento es la falta de valores morales, otros señalan las dificultades económicas. De hecho, las deudas o la falta de dinero es una causa recurrente que puede explicar el repunte que el suicidio ha tenido en Grecia, por ejemplo, tras el estallido de su crisis económica. Sin embargo, cuando miramos con mayor detalle la situación dominicana a ese respecto, encontramos que los motivos más frecuentes son problemas de salud, pasionales y conflictos intrafamiliares. También, situaciones económicas, trastorno mental y violencia intrafamiliar.

Sin lugar a dudas, estas estadísticas deben llamarnos a una reflexión, pero no para desembocar en lo que siempre hacemos, que es exigirle al Estado-padre que se ocupe del asunto, aunque también sea un tema propio de las políticas de salud. La sociedad debe reflexionar también y entender, como ciudadanos que somos, que es importante sentirse llamado a contribuir a paliar este mal. Todo empieza porque tomemos consciencia de qué debemos o podemos hacer cuando alguien cercano o conocido manifiesta una tendencia suicida.

Lo primero es tomarlo en serio, pues aún los más manipuladores y chantajistas emocionales pueden materializar esa idea. Hay que alertar a la familia y figuras más cercanas de esta situación, tomar medidas como no dejar al alcance sustancias que pueden ser letales, como los insecticidas, las medicaciones. Procurar estar cerca y hacerle ver a esa persona que es valorada y querida por su entorno y, a ser posible, llevarla a un profesional de la salud mental, psicólogo o psiquiatra. En vez de insistir taxativamente en que olvide su propósito de suicidarse, es la hora de escucharle en su desesperación y tras ese proceso de escucha y empatía, intentar hacerle ver otros caminos y opciones que, en su cerrazón, no ha logrado atisbar, evitando los sermones y los consejos, sino facilitando la resolución de problemas y la búsqueda de opciones o salidas.

No cabe duda de que el apoyo social es esencial en ese momento de negrura absoluta en la que solo se ve como salida el dejar de existir. Muchas personas que han tenido tentativas de suicido explican que ese apoyo ha sido esencial para desistir de su idea y seguir en este mundo.

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