Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Adolescentes rebeldes, padres en crisis

Existe una especie de leyenda negra alrededor de los adolescentes. La cara de desesperación, incomprensión o rechazo que muchos padres y adultos ponen cuando le preguntamos la edad de sus hijos, alumnos, conocidos o parientes, que resultan estar pasando por la adolescencia, retrata el malestar con el que se interactúa con  una etapa esencial en el desarrollo humano, incómoda por ser, como toda transición, tierra de nadie, contradicción e hibridez.   Sin embargo, cuando miramos las estadísticas mundiales acerca del porcentaje de adolescentes que presentan problemas de relevancia en términos psicosociales, encontramos que se trata de apenas el 5 %. ¿A qué se debe, entonces, la mala fama?

Un hijo adolescente nos empuja a un doloroso duelo, el de despedirnos de su infancia, de la capacidad casi total de control y de apego. Ya no quieren estar con sus padres, prefieren y necesitan la compañía de sus iguales, se revelan ante lo imperativo, cuestionan y a veces desafían una autoridad paterna absoluta que empieza a asfixiarles. Quieren más libertad, y en la búsqueda de esa identidad diferenciada o propia, derriban la estatua mítica del padre y la madre perfectos. Descubren que no son infalibles, que están llenos de defectos,  que se equivocan, que no lo saben ni lo dominan todo, imperando un principio de realidad que poco a poco va desplazando ese modo casi mágico con el que se concibe el mundo en la infancia. Un parricidio simbólico que resulta esencial en ese proceso de autoafirmación, y que la más de las veces no es más que rebeldía y reto temporales.

La adolescencia pone en evidencia las grietas larvadas durante la educación de nuestros hijos.

Ocurre a menudo que cuando los hijos llegan a la adolescencia, los padres suelen estar atravesando la mediana edad y su crisis, que puede llegar a ser leve o muy pronunciada según sea el grado de flexibilidad y adaptación que mostremos ante los cambios.  En esta crisis de la mediana edad se producen otros duelos, el de la eterna juventud, el de los sueños abortados, un balance que hacemos entre lo esperado y lo conseguido que muchas veces da pie a ciertas frustraciones. El preludio del llamado nido vacío, ese momento en el que los hijos se marchan de casa, empieza a atisbarse precisamente cuando éstos llegan a la adolescencia. Hay pues, la coincidencia de dos duelos.

El reto mayor de tratar con un adolescente es el de exigirnos que nos recoloquemos en nuestro papel de adultos, que es el único rol que nos permite poder empatizar, es decir “ponerse en el lugar del otro”, con esa etapa de cambios abruptos por la que atraviesan. Si a la inmadurez de los hijos se suma la propia inmadurez de los padres, se desata una batalla campal en la que nadie cede y en la que los progenitores apelan a la estrategia de más de lo mismo, vale decir, empecinarse en usar los mismos mecanismos de control y autoridad que eran útiles cuando eran niños pero que no resultan adecuados o suficientes cuando ya están crecidos. El boche, el sermón, los castigos desproporcionados, la inflexibilidad, irracional por demás, en el ejercicio de una autoridad desmedida, debe dar paso al diálogo y a la negociación.

No hay peor respuesta ante un cambio que la de negarlo. Un cambio significa que debemos implementar formulas  nuevas. Ir abriendo, en este caso, la válvula de los permisos y permitir un margen de libertad que promueva la autonomía de nuestros hijos. En nuestro tiempo, se perpetua la dependencia infantil a través de una sobreprotección que no da margen al adolescente a exponerse a los nuevos retos de decidir, opinar, enfrentar nuevas circunstancias, experiencias diversas a través de las cuales se va completando ese proceso de maduración.  A ello se añade la ineficacia e insuficiencia de los mecanismos de integración social a través de la absorción del mercado de trabajo, y la exigencia de prolongar la etapa de estudios. Todo ello ha hecho que la adolescencia ya no termine a los 20 años, si no que se prolongue hasta edades muy avanzadas.

La adolescencia pone en evidencia las grietas larvadas durante la educación de nuestros hijos. Si no hemos procurado un clima de confianza e intimidad con ellos, es muy difícil crearlo de golpe y porrazo. Quizás todo empieza por considerar que, como adultos que somos o se supone que debemos ser en el ejercicio de nuestra paternidad, debemos entender que ese proceso de rebeldía no es contra nosotros, es a favor de ellos, y que sin esa etapa de rebeldía necesaria, el resultado puede ser el que ahora abunda en nuestra sociedades urbanas: chicos erráticos y dependientes, o adolescentes castrados que no se atreven a construir una identidad diferenciada y autónoma.

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