Miguel D. Mena


Cuidado con tomarse fotos con Leonel

Le acaba de pasar al politólogo César Pérez y es para que suenen las trompetas de los arcángeles y cuantas alarmas se puedan disparar en esta Isla tan bella y alabada por los muy sabios gustos del Almirante.

César Pérez salió en una foto con Leonel Fernández.

Me imagino contestadores telefónicos llenos de mensajes, whatsapps lanza llamas en sus resortes, millones de neuronas en licuadoras sufriendo la idea de que el compañero César se haya cambiado al enemigo, de que el camarada César haya claudicado, de que el queridísimo amigo César haya permutado esto por lo otro, de que el siempre recordado César Pérez ahora querrá descansar aquí y no allí.

Me imagino las voces de los matutinos más estentóreos que los toros de San Fermín, caras más asustadas que un pavo los días de Thanksgiving, ¿que cómo?, ¿que César Pérez salió en una foto con Leonel?

Oh triste humanidad, por suerte que no estamos ni en tiempos de Stalin ni en 1937, porque César no estaría bueno para la foto.

En  parte comprendo la reacción de los amigos de César, porque algunos de ellos son amigos o conocidos míos, porque con la gran mayoría algunas vez pensamos que Causescu era lo más importante que le podía pasar a Rumanía después de Drácula, porque muchos fueron con gusto a degustar suchis norcoreanos y las proezas del Gran Timonel Kim Il Sung, porque para muchísimos Stalin fue un mal necesario y los discos de Bienvenido Granda y los primeros LPs de la Sophy también lo fueron.

Pero de repente me pregunto si esos amigos que se alarman por una foto te llaman para otras festividades. De si esos amigos que se preocupan tanto por la gente que aparece en tus fotos también se interesan por temas como la manera en que nos descalabran la ciudad o se involucran en iniciativas políticas de educación, formación y no simple denuncia.

A César lo conozco hace muchíííísimo tiempo. Hay tres cosas que compartimos profundamente: los textos de Gramsci, los discos viejos de Blue Notes y aquellos acuarios cuyos peces César conocía uno a uno, como si fueran sus babys.

César es de los poquísimos de aquella generación de combatientes a los que no se les ha quitado las ganas de compartir, conversar, disfrutar la ciudad, darte una bola cuando la necesitas, abrirte sus mundos particulares, caer por algún colmado si es que la música te deja hablar. Es, además, de aquellos que te hablan con una sonrisa natural, franca, sin el mazo oculto.

A diferencia de aquellos que han encontrado verdades únicas y las defienden como gatos bocarribas, César se ha acostumbrado a esos supercompañeros, como uno se acostumbra a la gripe o las alergias. Pienso en sus días italianos, cuando los “eurocomunistas” eran algo así como una peste bubónica, y César se apareció por el local de la Independencia, asumiendo que Bresnev era una película mal doblada.

Estoy seguro que César no llamará a nadie para inquirirle ni por fotos ni por nada.

¿Por qué no aprender de  César, y hacer del diálogo un hábito y no una exquisitez pequeñoburguesa?

Lo penoso es que a César lo lleven a dar explicaciones, a decir esto y lo otro, cuando se entiende que en pleno siglo XXI y con todo la cosa esa de la globalización y las redes, etc., ya  habíamos superado esos rituales de la intolerancia y de panópticums. ¿O es que ahora le censurarán a Narciso que se junte con su hermano, y a Fidelio lo mismo, y a fulanito lo mismísimo?

Eso me hace recordar esos super desagradables momentos cuando estrenabas alguna camisa o cuando ensuciabas tus tenis recién sacados de la caja para que no te vinieran con eso de que de dónde era que salían los cheques. También recuerdo aquellos compañaros y camaradas en los tiempos uasdianos, empaquetados en sus camisas kakis y sus pantalones de pura clase obrera, descomponiéndose porque descubrían algún Chemise Lacoste en tu indumentaria. ¡Y qué dirán de Fidel, ahora sin quitarse tus deportivas de Adidas?

¿Y en fin, qué le importa usted quién se junta con quién?

La democracia es una cultura. Ojalá y aprendamos una pequeña lección de tolerancia con el expediente “La foto de César Pérez con Leonel”.

La moraleja de esta historia es: César, tómate las fotos que quieras.

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