Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Algo más que un sueño

Se despertó con los últimos retazos de un sueño deshilachado en sus pestañas. Era un sueño que solía repetirse, con algunos matices distintos cada vez, pero esencialmente el mismo. Su expareja, de quien llevaba separada y sin contacto alguno ya hacía cuatro años, aparecía en su casa actual, instalado como un naufrago sin orillas. Aparecía junto a ella en su cama, dormido o callado. Aparecía en el sofá del salón, en el celaje de alguna esquina, como un fantasma omnipresente. En el sueño, llevaba más de un año viviendo de forma silente a su lado, con cara de tristeza y desamparo, de perro abandonado, y ella se decía que debía pedirle que se fuera, que saliera de su vida, tal y como le dijo aquel día en que lo vio irse con sus últimos trastos de aquella casa hecha para adorarle. Pero no lograba decirle nada y al despertar la embargaba una profunda tristeza,  un sentimiento de lástima, el mismo que la hizo dilatar su decisión de dejarle y que, al reproducirse en el sueño,  le empañaba la alegría con la que siempre asumía el comienzo de un nuevo día. Después lo olvidaba, hasta que el sueño se repetía.

Aquel amor absoluto, sin remilgos ni rescoldos, que le entregó a él, como quien se endosa a sí misma en su reverso, ¿había borrado su rastro de regreso para siempre?  Un recuerdo brumoso, confuso había quedado en el lugar de la herida que llevaba abierta  en el interior de esa que consintió su paulatina destrucción, y la figura de él resurgía más indescifrable y enigmática.

No había querido rebuscar, en fotos o cartas, en remembranzas y nostalgias, y había aprendido a convivir con el olvido. Y de repente el precario equilibrio sobre el que se asentaba su ánimo parecía tambalearse ante la sensación que le dejaba aquel sueño, que seguía atrapándola con un halo de muerte y melancolía. ¿Tanta fuerza podía llegar a guarecer el inconsciente?

Mil preguntas se desataron, como caballos desbocados. ¿Qué quería decirle el sueño? ¿Por qué lo soñaba una y otra vez? ¿Acaso no era cierto que lo había superado? ¿Cómo era posible no pensar en alguien y de repente sentir en un sueño que el tiempo no ha pasado, que sentimientos parecidos a los vividos son los que rumiamos cuando despertamos? ¿No son los sueños simples alucinaciones que subvierten la realidad? ¿Qué oculta realidad es la que revelan? ¿Para qué aquel lenguaje enrevesado y absurdo? ¿Qué ser convivía en ella, casi como por debajo de ella, sin saberlo, como quien oculta otro corazón y otra conciencia?

En el sueño él era ese otro lado  de sí mismo frágil y desamparado que logró conquistarla en el comienzo de la relación. Nada que ver con aquel que se divertía con burlas en público, con ironías negadas, con comentarios hirientes que, como todo lo demás, no asumía. El que la hacía sentir siempre tensa, sobre todo en presencia de terceros, por sus salidas de tono, por su agresividad contenida que iba dirigida a ella, como dardos envenados y siempre certeros. El del control excesivo, las insinuaciones, el humor mordaz, descalificador y esquivo. La cara que descubrió lentamente, en medio del espanto y la incredulidad.

Lo rescató, como a Moises, de un cesto de madera naufragando en un río. Compró su historia triste de hijo poco querido, de una vida azarosa de la que quería ser salvado y de la que siempre era la víctima. Se fue quedando atrapada en una telaraña hecha de detalles, halagos y ternura, aceptando, con gusto, el encargo de redimirlo. Pero cuanto mayor era su esfuerzo mayores eran sus reclamos, sus burlas, sus ataques, una guerra sin cuartel que destilaba odio y desprecio. Se fue secando en una entrega sin medida, apegada a una idea del amor como la fórmula que redime y salva.

Fue desmenuzando el contenido de aquel sueño, como quien disecciona un cadáver en busca de evidencias, haciendo las reflexiones que no hizo cuando se desprendió de aquella historia como quien se saca las entrañas. Y pudo ver con mayor claridad su idea equivocada del amor. El amor no salva al ser amado, no redime, no cambia, no transforma. El amor, su forma de amar, no podía seguir siendo aquella forma complaciente de autoinmolación. Y fue curioso, porque cuando terminó su disección, él desapareció de golpe de sus sueños y no volvió a repetirse. Aquel ejercicio incisivo le había permitido instalarlo en el olvido.

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