Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Amargue terapéutico

A Taiana Mora, que hace años invento este término.

Toda cultura tiene su modo de llorar y vivir el dolor, su fórmula de supervivencia, de  elaboración de un duelo. En nuestro país, tan dado a las pasiones desbordantes, a las historias de amor enardecidas, a entregas incondicionales, sin límite ni medida, existe también el antídoto al desgarramiento que viene después de una pérdida. En algunos casos, son los gritos desesperados en velorios y entierros, una especie de catarsis impúdica que exterioriza y comparte el dolor insoportable que viene cuando alguien muy querido se desprende de nuestras vidas.  Mientras hay culturas contenidas, de negro entero y rituales sobrios, la nuestra, sobre todo  en las llamadas clases populares, se muestra sin disimulo, así de cruda y visceral como son las emociones más profundas. En otros casos, si lo que se llora es la ruptura o el quebranto de un gran amor, es el amargue, que en su peculiar estilo dominicano tiene olor a ron, a vellonera o aparato de música estridente y desconsiderado, a letras que queman y arden en los rincones más profundos del alma, del cuerpo y del ser. Exorcismo inducido, que excede el orgullo y a veces la dignidad, el amargue enseña la nervadura de una sensibilidad que se entrega al amor sin medida, que cree encontrar en la fusión con el otro la única forma verdadera de redención, de infinito, de eternidad.

El amargue no distingue clases ni colores, ni edades ni épocas. Para ese ritual de oír una y otra vez la misma canción, como si de una letanía se tratara, valen las canciones de amargue, el bolero desgarrado, la balada que salva o condena, la bachata que se arrastra como súplica o ruego,  y hasta algunas salsas y merengues que destilan despecho. Melodías diversas que saben a confidencias íntimas entre amigos de verdad.

Dicen los extranjeros que les extraña ese ritual de ver a dominicanos agarrados de una botella  de ron o de otro licor, pedir o poner una y otra vez la misma canción, como quien sigue la estela de bisturí con sangría, dolor derramado, ruego, súplica, anhelo o redención de unos brazos perdidos o tormentosos, inalcanzables en ese instante en el que aúllan  como lobos perdidos en noches sin luna. Dicen que lo han visto en bares de pueblos, en tugurios escondidos, en galerías de casas, en playas o miradores. Ella o él oyen aquella canción que parece gemir su propia biografía. Se cierran los ojos,  y en el vaivén alcoholizado que hace madrugada cualquier momento del día, se llora esa pena por lo perdido, en un dilatado adiós con anestesia que parece amortiguar la cicuta amarga del olvido.

El amargue es una forma de terapia caribeña que nos prepara para una pérdida, que nos hace cantar el dolor, en vez de llorarlo. Un signo de nuestra cultura que sobrevive a los tiempos y que permite la elaboración de un duelo.

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