Abriendo puertas

Abriendo puertas es un espacio para difundir y reflexionar acerca de los diferentes aportes de la psicología en el ámbito sanitario, clínico y político, en un mundo en el que los aspectos emocionales resultan de gran relevancia para entender las complejas realidades que vive el ser humano

Cuando la rabia se convierte en depresión

Hacía semanas que no tenía ganas de salir a la calle. Se encerraba en su habitación y se pasaba los días fumando y navegando por internet, sin levantar el teléfono, sin contestar cuando sus padres le tocaban la puerta, preocupados por una actitud desganada y descuidada. Sentía una pereza infinita hasta para lavarse los dientes. Se pasaba las horas  mirándose las uñas mugrientas, la barba sin afeitar, los cabellos enmarañados, y cuando ese nudo en la garganta pasaba a ser inmanejable, se arropaba de cuerpo entero, como si en ese gesto corriera las cortinas de la vida y clausurara el día.

Nada parecía tener sentido. Ni los libros que antes devoraba con verdadera pasión, ni la música que tantas veces iluminaba su ánimo, ni las parrandas con amigos, ni el mar, ni el amor de su novia. Solo soñaba con irse muy lejos, salir huyendo. Cuando le preguntaban qué le pasaba su respuesta era la misma, “estoy deprimido, ¿es que acaso no lo ves?”.

Muy a menudo una emoción se inhibe y se disfraza de otra, y hasta que no logramos quitarle el disfraz y experimentarla, no sentimos esa liberación que sintió el chico cuando rompió la puerta de su armario y de su tristeza con su cabeza. 

Su madre desesperada llamó un día a una terapeuta y le dijo: “mi hijo está deprimido, necesito que lo vea urgente”. La terapeuta le contestó que estaba dispuesta, pero que debía ser su propio hijo quien pidiera la cita, y así fue. A los pocos minutos escuchó la voz arrastrada de un mozalbete: “quiero verla cuanto antes, mi madre insiste en que necesito un loquero”.

Todos los síntomas coincidían con una depresión, pero su lenguaje no verbal contaba otras cosas. Su voz bajita y desganada contrastaba con sus manos que se convertían en garras cuando gesticulaba, sus ojos se encendían como llamas de un incendio voraz, y sus piernas denotaban, al moverse sin cesar, una gran impaciencia. Su cuerpo contaba que estaba exasperado, harto más que cansado, enojado más que deprimido. Siempre era útil aquel ejercicio que hacía la terapeuta de quitarle el sonido a lo que contaban los pacientes y fijarse solamente en el lenguaje corporal, porque ese nunca miente.

Tras una larga entrevista y una serie de pruebas que le tomaron tres sesiones de terapia, la terapeuta le comentó lo que veía. Le dijo que lo que tenía no era depresión, era una rabia enorme contra sí mismo y contra el mundo. No era pena, era frustración y una agresividad que había decidido inhibir. Le comentó que, por algún mecanismo psíquico de trasformación, la rabia que no se canaliza de algún modo y se expresa, acaba implosionando de forma depresiva, como una bomba que estalla por dentro y deja hecho polvo el interior. Lo importante era descubrir qué lo tenía tan enfadado y enfrentar la situación para movilizar un cambio. El parecía sorprendido, incrédulo a ratos. ¿Cómo era posible que su desgano encubriera un pique?

Pocos días después llegó triunfante a la consulta. Puntual y pulcro, se sentó con cara de pillo a contarle que el día anterior había roto la puerta de su armario con la cabeza. Le gritó a sus padres, “sobreprotectores, manipuladores, me tienen harto, déjenme ser. Me he pasado la vida cuidando de ustedes, metiéndome en los problemas matrimoniales, corriendo de aquí para allá intentando pegar los pedazos rotos de esta familia de locos”. Hubo un silencio largo tras el cual vinieron las lágrimas y las solicitudes de perdón de parte de sus padres. Si, se había pasado la vida ocupándose de los demás, y ahora, a sus 22 años reconocía que no había tenido tiempo para él. Se convirtió en el enfermero, el salvador, el vigilante de una casa siempre tensa.

La rabia le duró un tiempo más, hasta que fue diluyéndose, dando paso a proyectos de futuro, a cenas con amigos, a besos y caricias a su novia, a ventana abierta con cortina corrida para hacer entrar el sol. Era cierto, muy a menudo una emoción se inhibe y se disfraza de otra, y hasta que no logramos quitarle el disfraz y experimentarla, no sentimos esa liberación que sintió el chico cuando rompió la puerta de su armario y de su tristeza con su cabeza. 

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