Miguel D. Mena


No sólo la Bienal ni la Feria del Libro naufragan, es la cultura, ¡somos todos!

Un hombre observa la obra ganadora en la categoría instalación "La casa de piedras", de la artista Ariadna Canaán ( EFE/Orlando Barría)

Al parecer no salimos de una. Al parecer las actividades culturales, sea cual sea su carácter, estarán marcadas por el sello “escándalo”. Puede ser así o no ser así, porque cultura y gente y ganas de patalear siempre ha habido y siempre habrá. Ya sea el mismo Ministerio de Cultura o instituciones como ACROARTE, para sólo poner el nombre de la institución más neurotizante y kitsch que tenemos en el  país. Pataleo aparte, diré que esa costumbre de quejarse tiene una razón esencial: la carencia de una concepción sostenible de “Cultura” en el Estado es estructural.

Ya lo sabemos: lo “cultural” es el espectáculo. Cuando Hugo comenzaba a recoger los cables, fuera el show en Casa de Teatro o en Bellas Artes, cuando nos juntábamos con Hugo en el SoHo o en Drake’s o en cualquier otro antro de La Zona, sabíamos que “la cultura” se había acabado y que las cervezas tenían que destaparse.

Las dos actividades más relumbrantes del Ministerio de Cultura desde tiempos prehistóricos –desde que la Cultura no era  Ministerio-, eran la Feria del Libro y la Bienal de Artes Plásticas. A pesar de los ríos de tintas y bytes y de lo evidente que es, la Feria y la Bienal se siguen presentando en su lado rosa por los millones de participantes y los cientos de actividades, casi casi rompiendo el marcador para un posible acceso al Guinnes aquél.

Pero después que se desmontan las casetas y que Hugo vuelve a recoger los cables, ¿qué queda? Quedan las fotos de los funcionarios, los diplomas de autobombo, la sensación de que nos quieren tomar como estúpidos o realmente ellos se creen el libreto que los funcionaritos de turno les han preparado para la ocasión.

Antropólogos, sociólogos, politólogos, gente sin título pero con más de tres dedos en la frente, han dicho lo mismo: “cultura” no es sólo “espectáculo”. Y lo han –lo hemos- dicho insistentemente. Los funcionarios de antes y de ahora, y al parecer los de siempre, le harán tanto caso a esta frase como un faquir hindú a un menú de McDonalds.

Ahora que hablamos de la Bienal diré que la Bienal es un modelo fallido. Si lo que se quiere es tomar una foto cada dos años con artistas que prometen y artistas consagrados, dejando caer un par de lágrimas por los artistas muertos en el ínterin, entonces está bien. Cada quien hace lo que puede. Si se quiere aplicar un concepto de “sostenibilidad”, entonces hay que hacer algo al parecer bien difícil, sino imposible, para nuestros funcionarios: oír otras veces, dejar la paranoia esa de pensar que ante toda idea contraria lo más prudente será correr a los búnkeres.

Si para esto es que sirven las bienales, entonces nos tendrían que dar una medalla, porque por lo visto estaremos haciendo grandes aportes a la teoría del arte y de paso, confirmando la idea generalizada del país dominicano, entre un “sonríale al turista”, “el correo funciona” y “Santo Domingo No Problem”.

Una bienal es una actividad de estímulo a la creatividad y de consumo selectivo de arte por parte del Estado –porque al final las obras se quedarán como bienes culturales del Museo de Arte Moderno-. ¿Qué se hace en países más o menos civilizados? Junto al jurado se escogen equipos de investigación sobre autores y obras, que al final rinden informes, dando todo a parar en lo que debería ser lo más visible de una bienal, aparte de las obras: sus catálogos. Si consultamos la base de datos por excelencia para la disponibilidad de libros en bibliotecas, la página http://www.worldcat.org, advertiremos la irregularidad en la publicación de los catálogos de la Bienal en los últimos treinta años: XVI (1984), XIX (1994), XVII (1990), XVIII (1992), XXI (1999), XXIII (2005), XXIV (2007). Al consultar los propios catálogos, en sentido general se observará la falta de textos sólidos, que sitúen la creatividad local en el contexto internacional, de buenas impresiones. ¿A qué se debo ello? La respuesta es simple: a la falta de capital humano, de críticos de arte que asuman su papel dentro de los mecanismos culturales del Estado, y no sólo los salvavidas que siempre serán los críticos que se invitan para estas festividades.

Si para esto es que sirven las bienales, entonces nos tendrían que dar una medalla, porque por lo visto estaremos haciendo grandes aportes a la teoría del arte y de paso, confirmando la idea generalizada del país dominicano, entre un “sonríale al turista”, “el correo funciona” y “Santo Domingo No Problem”.

El Museo de Arte Moderno no ha contado en su historia con críticos e historiadores del arte constantes. Todo lo mueve la política, los partidos, las redes familiares, mientras lo último en hablar es el arte. Cambian los gobiernos, se remueve toda la estructura. ¿Moraleja? Nadie puede dedicarse solo a su arte, siempre se tendrá que hacer “un chin” de política si es que quieres garantizarte un puesto de trabajo. ¿Otra moraleja? La “cultura” no es otra cosa, para los diferente gobiernos, que una estructura más de sus tinglados políticos, pero no una institución que debe respirar por sí misma, que debe cumplir su papel: pensar en lo más amplio la cultura dominicana.

Junto a las limitaciones en torno a la gestión de lo editorial, está el triste destino de esas obras: el sótano del Museo del Arte Moderno, donde de repente –ya ha pasado-, cualquier ciclón puede evadir puertas y ventanas y borrar obras únicas del arte dominicano.

Cuando se acerca uno al Museo y requiere información sobre autores paradigmáticos del arte dominicano –y premios de bienales-, como Frank Almánzar, por ejemplo, no solo hay que armarse paciencia sino tratar de que el estómago no se te salga. Ni personal, ni documentación, tal vez Amable López Meléndez te puede contar algo si es que tienes la suerte de toparte con él en su pasillo.

Una bienal es una actividad, una exposición, pero también es el conjunto de las obras que el Museo de Arte Moderno integrará a sus despensas. ¿Tanto ruido y pocas nueces? ¿Dejar que las obras se oxiden en el sótano? ¿Dónde está la documentación, los bancos de datos sobre las bienales, datos sobre los artistas? ¿No es la cultura un bien de exportación, de presentación del arte dominicano más allá de la Isla? ¿Qué hacen los flamantes departamentos internacionales de Cultura y del Museo? Si el lector accede a la página del Ministerio de Cultura desde la cual llegará al Museo, se perderá en el hoyo del ciberespacio porque, luego de “ir al website”, no llegará a la dirección prometida: www.museodeartemoderno.org.do

Es decir, ¡el Museo de Arte Moderno ni siquiera cuenta con una página web y aun así celebra una millonaria y fastuosa bienal!

¿No sería más aconsejable invertir en un buen espacio web, como debería ser, y posponer al menos una bienal por un año? Al parecer no. Los funcionarios siempre tienen que demostrar eficiencia y pensar cualquier cosa a largo plazo es imposible. La “cultura” tiene que “demostrarse” como diría Corporán: “ele ele a: LLÁ”. Y que me perdone el actual ministro José Antonio Rodríguez, amigo de hace muchísimos años, y de quien me consta tiene las mejores intenciones, aparte de una gran capacidad de trabajo, pero a quien su equipo, por lo visto, no lo ayuda lo suficiente, tal vez porque es el mismísimo viejo equipo que todos conocemos…

Lo mismo pasa con la Feria Internacional de Libro, la que he criticado en muchas, pero en muchas ocasiones pasadas, por lo que ahora me voy a limitar solo a recordar lo más elemental: también es una actividad fallida, por sus grandísimos costos, el populismo de su programa, porque el libro no es el principal actor y porque a las librerías –el real soporte del libro en nuestro país-, a pesar del levísimo respiro que podrían ser las ventas en esos días, están desapareciendo. Y ahora resulta que la mismísima Virtudes Uribe, de Librería La Trinitaria, ¡ya tiene dos años que ni se deja ver por la Feria!

Al menos la Feria Internacional del Libro tiene una página web: http://www.ferilibro.com/2k7/, de la Dirección General de la Feria del Libro, donde tal vez pueda encontrar todo tipo de información, menos las referidas a la Feria del Libro.

Como vemos, el Ministerio de Cultura debería superar ese anillo interno de funcionarios y miopías e instrumentalismo, tal vez celebrar un verdadero diálogo, con voluntad de transformaciones, invitando a críticos de arte, a historiadores, a las instituciones con programación humanística, porque ni la Bienal ni la Feria pueden seguir funcionando así.

O quién sabe.

En una época decíamos “la cultura somos todos”. (Yo todavía lo sigo creyendo y practicando desde mi lejano búnker, con cielonaranja.com … Espero no quedarme solo).

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