Palabras profanas


Gobierno-empresarios-pueblo: un equilibrio improbable

Durante el mandato de Lula da Silva por el Partido de los Trabajadores, según las cifras oficiales, 30 millones de pobres pasaron a ser clase media. Esto ha sido el estandarte del modelo brasileño identificado con la izquierda a nivel mundial y cuyos logros han tenido que ser reconocidos hasta por la misma derecha.

Sin embargo, durante el mismo período, 30 fue el número de magnates brasileños cuyas fortunas sobrepasaron la cifra de los mil millones de dólares, la mayoría ligados al sector minero e industrial y con una fortuna conjunta que alcanzaba los 420,000 millones de dólares al 2011.

Durante el período de Lula da Silva, la minería y la industria crecieron a un promedio de 4 % anual, lo que permitió que Brasil aumentara su participación en las exportaciones totales del mundo en un 20%. Cifras realmente asombrosas para un país no asiático.

Solo bajo un modelo similar de alto crecimiento con entrada sostenida de divisas se puede mejorar sustancialmente la calidad de vida de la población, mientras se mantienen tan altos niveles de desigualdad. Aunque sí hubo un reordenamiento del gasto público hacia lo social, la reducción de la pobreza en Brasil parece ser más el resultado del efecto derrame, es decir, la irrigación de recursos a las clases bajas ante una gran abundancia de riquezas que ya no pueden ser absorbidas por la clase alta, que a un proceso de redistribución de la renta impulsada por el estado.

En los dos años y medio que lleva la presidenta Dilma Rousseff, se han destapado numerosos escándalos de corrupción que involucran a los más cercanos funcionarios de Lula. Eso, junto a la desaceleración (casi recesión) de la economía brasileña, desató manifestaciones en los pasados meses de junio y julio de cientos de miles en demanda de la mejora de servicios públicos y el cese de la corrupción. Estos acontecimientos sorprendieron al mundo y vino a evidenciar algunos fallos del modelo brasileño.

El caso de Brasil nos debe llamar la atención ya que fue el referente principal de Danilo Medina en campaña y muchos de sus programas sociales son adaptaciones de programas implementados en el gigante sudamericano.

La intención del gobierno de Danilo Medina de hacer un equilibrio tripartito es evidente.

La falla del modelo brasileño parece haber sido pretender que se pueden dejar de lado las contradicciones de clase inherentes a cualquier sociedad. Estas contradicciones se expresan por el lado de trabajadores-empresarios en la discusión del nivel de salarios, de la seguridad social y de otras conquistas laborales, etc.

Por el lado del binomio pueblo-clase política, es obvio que el porcentaje del presupuesto nacional que es abducido por la corrupción jamás podrá llegar a ejecutarse como gasto público en beneficio de las mayorías.

En cuanto a la relación clase política-empresariado (nacional y extranjero), encontraremos a la vez complicidad y beneficio mutuo como en el financiamiento de las campañas electorales y un apoyo político que luego es devuelto en forma de privilegios como contratas o exenciones fiscales. También es cierto que existe un conflicto latente entre ambos que estalla cuando esa clase política ha podido acumular la suficiente riqueza como para sustituir en algunos negocios a la burguesía tradicional.

La intención del gobierno de Danilo Medina de hacer un equilibrio tripartito es evidente. Se ha colocado en el mismo plano espacio-temporal un gran número de programas sociales, mientras que la cúpula empresarial reitera su confianza y el sistema político de la corrupción se mantiene intacto con la impunidad como bandera.

Solo puede haber un estado de equilibrio en el que todos ganen --cuando los intereses de los sujetos son contrarios entre sí-- si hay una entrada de recursos suficiente que evite que el sistema se tense, y aun así la experiencia demuestra que estos equilibrios tienden a ser parciales y momentáneos. 

 

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