Punto de Fuga

Con esta columna se persigue aportar al fortalecimiento de la opinión pública dominicana, proponiendo un análisis heterodoxo de temas políticos y sociales.

La democracia dominicana, un proceso estancado

La democracia, según el francés Jaques Derrida, es un horizonte que nunca está presente, sino que siempre está “por venir”. Usualmente hablamos de la democracia como algo determinado, como si todas y todos tuviéramos una misma idea de lo que significa esa palabra. Sin embargo, ningún arreglo político específico es realmente capaz de representar nítidamente la diversidad de opiniones, intereses y grupos en una sociedad determinada. Sobre todo, porque esas opiniones, intereses y grupos son fluidos, se transforman constantemente. Por eso, la democracia siempre está “por venir”, cada vez que nos acercamos, como la línea del horizonte, se aleja más.

Ahora bien, hay quienes se benefician mucho de que continuemos viendo la democracia como algo determinado, como un sistema político con características objetivas, que es posible instalar en un país y dejar funcionando, como el que instala un sistema operativo en una computadora. Esto así porque luego solo hay que convencer a la gente de que esas instituciones democráticas son tales o cuales y que con eso ya tenemos democracia. Por ejemplo, resulta muy conveniente para el partido de gobierno convencernos de que la democracia se trata de tener una constitución republicana, que establezca tres ramas del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial), que hayan varios partidos políticos (por más infuncionales que sean) y donde se celebran elecciones cada cuatro años. Si esto es democracia, nuestro país es muy democrático. Sin embargo, nadie puede negar el alto nivel de autoritarismo que existe, así como la concentración en manos del PLD de los principales aparatos del Estado.

La democracia, como sistema de gobierno, congelado en el tiempo, invariable, definido, no existe y nunca va a existir, ni aquí, ni en ningún otro lado. Lo que existen son procesos de democratización. Es decir, procesos políticos tendentes a liberar las capacidades productivas y las libertades de personas y grupos sociales, o a repartir el ejercicio del poder de formas más simétrica. Esos procesos son indefinidos, fluidos y posiblemente infinitos.

Los procesos de democratización surgen a partir de la lucha contra el ejercicio del poder autoritario, excluyente o dominante. En este sentido, cabe aclarar que el ejercicio del poder es muy complejo, y mientras más se lo enfrenta, más complejo se vuelve. De ahí que los procesos de democratización puedan ser infinitos, porque la lucha contra el poder solo se transforma constantemente. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que los procesos de democratización no presenten avances o retrocesos.

En el primer caso, el avance en el reconocimiento y puesta en práctica de los derechos de las mujeres en varias partes del mundo es una muestra patente de un proceso de democratización que ha dejado frutos tangibles. De igual modo, el reconocimiento de los derechos económicos de las y los trabajadores (sobre todo en otras latitudes septentrionales), ha sido otra muestra palpable de un proceso similar.

Por el contrario, existen momentos en que los procesos de democratización se quedan rezagados, y hasta presentan retrocesos enormes. En este país, se han iniciado múltiples proceso de democratización en su corta vida republicana. Sin embargo, es preciso admitir que han sido poco exitosos. Sobre todo, tomando en cuenta que en la actual coyuntura política, un solo partido, ha logrado una hegemonía tan marcada como la del PLD. El proceso apertura que inició a partir de la crisis post electoral de 1994 y que permitió que ese partido ganara las elecciones de 1996, no solo ha sido detenido por el PLD sino que ha visto varias de sus conquistas (y conquistas anteriores) destruidas en las manos del gobierno de los morados.

Uno de los principales retrocesos en la democratización de la política dominicana ha sido la despolitización de los sectores populares, los cuales se han convertido en simples mercancías en el mercado electoral dominicano (decimos mercancías y no consumidores porque aquí los votos se compran y se venden, por lo que los consumidores parecerían ser los partidos).

Si bien el proceso de despolitización de los barrios dominicanos es un fenómeno complejo, sí queda claro que el mismo no es resultado de una supuesta crisis de valores, ni del reguetón u otro tipo de música urbana, ni de la televisión, ni ninguna otra excusa simplista de las que les gustan a los moralistas de ambos lados del espectro político. Este fenómeno se explica mejor, entendiendo que la política dominicana no tiene nada que ofrecerles a esos sectores populares.

Los partidos tradicionales han dejado de ser espacios contestatarios y de movilidad social, para convertirse justamente en los principales mecanismos de ejercicio de un poder anquilosado, autoritario y violento. Los partidos de izquierda han quedado tan desfasados que ya no son siquiera reconocibles por los sectores populares que presuntamente representan. Estos partidos se han vuelto estructuras estáticas, vetustas y abrumadoramente aburridas. Lejos de intentar comprender la evolución de la sociedad dominicana, en especial de los sectores populares, se han contentado con repetir las mismos prejuicios moralistas de la derecha, con un vocabulario propio de una teoría que nunca acabaron de entender.

Paralelamente, el modelo económico agotado al que se sujeta testarudamente la clase empresarial de este país ha sido desbordado por el crecimiento poblacional y la urbanización de la sociedad dominicana. Conjuntamente con esto, la visión retrógrada tanto de los políticos como de los empresarios, que solo conoce la exención fiscal como único tipo de incentivo económico, ha deja una economía incapaz de sostenerse a sí misma, y un Estado reacio a establecer políticas económicas y sociales que garanticen el dinamismo económico y la movilidad social. Así, la vida en los barrios transcurre momento a momento en el trajín de la mera supervivencia, sin tiempo, ni espacio, para lujos como la política. Este trajín solo lo interrumpen las ferias electorales de los partidos tradicionales.

Aún frente a esta situación deplorable, aparecen ciertos pelafustanes representantes de las asociaciones de empresarios que reclaman la eliminación de algunas de las pocas conquistas de la clase trabajadora, y que se rehúsan a reconocer la necesidad de un aumento general de salarios, alegando que los pobres empresarios tienen una carga laboral muy fuerte, en un país donde el 96% de los cotizantes en la seguridad social ganan menos de 4 salarios mínimos, y el salario mínimo no alcanza ni siquiera para cubrir la canasta básica.

Existen otros dos aspectos que no debemos dejar de mencionar: a) la evolución de la represión estatal, y b) la aparición en escena de las organizaciones de la sociedad civil. 

Respecto de lo primero, cabe resaltar que una de los principales focos de las luchas por la democratización en nuestro país fue siempre el cese de la violencia estatal políticamente motivada. Si bien esto más o menos se logró, fue acompañado por un reenfoque de dicha violencia hacia los sectores más pobres y vulnerables. La violencia policial fue perdiendo su contenido político inmediato, para tener un contenido, muy marcado, de clase y de raza. En este contexto ha tenido un papel estelar la llamada lucha contra el narcotráfico, la cual como realidad socio-política ha sido uno de los mejores mecanismos de control y gobernabilidad de poblaciones pobres y marginadas.

Respecto del segundo aspecto, es preciso señalar que las organizaciones de la sociedad civil como forma de lucha organizada, se popularizaron conjuntamente con el ascenso del neoliberalismo como ideología dominante en las décadas de 1980 y 1990. En la misma medida que el neoliberalismo pretendió la privatización de amplios espacios estatales, las organizaciones de la sociedad civil significaron la privatización de la lucha política, y por tanto la despolitización de la política. Así, en un contexto en que la política no tiene nada que ofrecer a la gente, es más que lógico que las organizaciones no gubernamentales, con su trabajo especializado, se conviertan en espacios llamativos para las personas que no encuentran respuestas colectivas a sus problemas. Es por esto, que desde los organismos multilaterales como el Banco Mundial, y desde las agencias bilaterales de desarrollo como USAID, se haga tanto énfasis en promover a las ONGs, ya que estas sirven como válvulas de escape, para aligerar la presión en los sectores oprimidos, sin que estos tengan que recurrir a la política.

Dicho todo lo anterior, queda claro que no es posible romper con el estancamiento político de la sociedad dominicana sin enfrentar esos factores, así como varios otros que no nos es posible plasmar aquí, ya sea por desconocimiento o por falta de espacio.

Lo que sí está claro, es que no es posible adentrarse en el barrio a hacer política si vamos armados con prejuicios o con ideas preconcebidas, deducidas de marcos teóricos desarrollados para otras sociedades y otros tiempos. Para hacer política en "#errede" hay que tener marcos teóricos propios, concebidos en el contexto dominicano. Lo cual no implica que dejemos de utilizar el conocimiento importado como herramienta para crear esos marcos.

Mientras tanto, la democracia dominicana, seguirá siendo un proceso estancado, donde lo único movimiento es el del presidente Medina, que va dando saltos de charco en charco.

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Sobre el autor

Abogado, con máster en Derecho y Desarrollo de la Universidad de Manchester, Reino Unido. Ha realizado investigaciones sobre teoría social. Activista social involucrado en la lucha por los derechos humanos en la República Dominicana.