Punto de Fuga

Con esta columna se persigue aportar al fortalecimiento de la opinión pública dominicana, proponiendo un análisis heterodoxo de temas políticos y sociales.

¿Hasta el 2036?

El presidente del PLD, Leonel Fernández, ha expresado en el contexto del 8vo Congreso Ordinario de dicha organización la intención de que dicho partido permanezca gobernando al menos, hasta el año 2036. Esta declaración, cargada de soberbia, dice mucho sobre la realidad política dominicana. Por ejemplo, nos deja entrever que el partido de gobierno está muy seguro de su posición hegemónica, la cual ha logrado mediante el uso de los recursos del Estado para desplegar una extensa red clientelista, que le permite cooptar, comprar o sobornar amplios segmentos de la sociedad, al tiempo que sus dirigentes, acumulan riquezas y poder personal, que luego pueden usar para “comprar” las elecciones.

De igual forma, en la expresión del expresidente Fernández también se refleja el férreo control que ostenta el PLD  en la Junta Central Electoral y el Tribunal Electoral, así como en otras instancias del Estado (Tribunal Constitucional, Suprema Corte de Justicia, Ministerio Público, Contraloría General, Defensoría del Pueblo, el Congreso Nacional, las Fuerzas Armadas, etc.) Solo un partido que ya controla los principales aparatos estatales y que tiene importantes fuentes de recursos económicos, políticos y militares, puede asegurar que gobernará por al menos 32 años seguidos.

Desafortunadamente, la afirmación de Fernández no está lejos de la realidad si las cosas siguen como van.

Desafortunadamente, la afirmación de Fernández no está lejos de la realidad si las cosas siguen como van. Muy a pesar de las divisiones internas del PLD, que son naturales de cualquier estructura de dominación, ese partido ha logrado estructurarse como una verdadera corporación de dominación. Sus alianzas estratégicas con organizaciones de menor tamaño han contribuido a fortalecer su hegemonía, ya que  estas aportan recursos e influencia en ámbitos estratégicos, como la FNP de los Castillo y la jerarquía de la Iglesia católica, que cuentan con legitimación tradicional en importantes sectores de la sociedad dominicana.

Para rematar, el discurso de las organizaciones y movimientos sociales y políticos (la autodenominada sociedad civil) ha sido incorporado por el PLD en su nuevo gobierno. El presidente Medina y su equipo han desplegado una exitosa estrategia de comunicación, lo que comúnmente denominamos “hacer bulto”. Esta estrategia se basa en responder a las demandas superficiales de los movimientos sociales que limitaron su lucha en combatir la corrupción, como si este flagelo social fuera la causa de todos los males. Los problemas de fondo tales como la desigualdad, la exclusión social, el autoritarismo, la explotación de clase, la concentración de poder y capital, etc., quedaron completamente soslayados.

Como consecuencia de lo anterior, se le abrió un amplio campo de maniobra al nuevo gobierno del PLD para que, persiguiendo las mismas políticas públicas diseñadas para proteger el poder de las élites tradicionales, pudiera presentarse como un gobierno serio y trabajador.

Sin embargo, siendo honestas y honestos, ¿cuáles son las políticas del nuevo gobierno? Un patético plan de alfabetización, que ni siquiera pretende lograr un 100% de alfabetización en pleno siglo XXI. Un supuesto programa de economía solidaria, basado en dádivas de cantidades miserables, copiado del lulismo brasileño, justamente cuando dicho modelo está en crisis en ese país. ¿Por qué mejor no atender las demandas del sector laboral en nuestro país? ¿Por qué no aumentar el salario al tiempo que se crea una política sostenida y a largo plazo de créditos para la producción, de manera que se incentive el aumento a la par de la demanda agregada y la oferta en el mercado local? ¿Por qué no promover la creación de empresas estatales o mixtas para la tecnificación de la agricultura local, incluyendo la revitalización del ISA, y otros centros similares? ¿Por qué no invertir en la creación de parques industriales tecnológicos para desarrollar la industria del software, mediante la instalación de empresas estatales o mixtas y con una fuerte representación del sector laboral? ¿Por qué no abandonar el esquema de incentivos fiscales que solo contribuye a crear una clase empresarial parasitaria, y reorientar los incentivos a través de la participación estatal directa, la creación de conocimiento local, los servicios públicos, el crédito y la colaboración público-privada?

Quizás la respuesta es que los “guruses” de esa clase empresarial parasitaria, que se expresa en las organizaciones empresariales no quieren perder sus privilegios. Quizás es que todo lo anterior es muy complicado para un partido cuyo único objetivo es aferrarse al poder que ejerce hasta el 2036, o quizás es que no hay negocio en “desarrollar” este país.

Mientras el PLD, o cualquier grupo, sigan ejerciendo un poder tan hegemónico, este país va a seguir a la deriva. El marco de análisis para enfrentar el dominio peledeísta no es la lucha contra la corrupción, sino la democratización de la sociedad dominicana, en todas sus vertientes. Pero tiene que quedar claro que el primer obstáculo para la democratización es el PLD.

Así, por ejemplo, los perredeístas deben entender que no están luchando contra Miguel Vargas, quien no es más que un aliado del PLD, sino contra el partido de gobierno. Los tribunales y la institucionalidad controlada por el PLD no les van a servir de nada, por lo que es hora de que se vuelquen hacia las demás fuerzas políticas del país en búsqueda de hacer un frente común contra el gobierno peledeísta y sus aliados. Los perredeístas, creámoslo o no, son una parte importante de ese colectivo denominado “pueblo”, por lo que, si bien no pueden pretender ser la única opción para salir del PLD, ciertamente nada se puede hacer en este país, sin contar con ellos.

El PLD, con todas sus divisiones internas, encarna la tradición continuista del trujillismo y como partido está muy conciente de ello.

Nuestra sociedad está en crisis, no de valores morales, como siempre pretenden decir los sectores conservadores, sino política, porque un solo actor, el partido de gobierno, se ha constituido en la fuerza dominante. Para romper con el tranque del juego político e iniciar un proceso de democratización, es necesario tomar en serio a los demás actores sociales y políticos que hacen frente a la dominación de la corporación peledeísta. Nadie que pretenda ser “la opción” está enmarcando el problema de una forma democrática y útil. En esta situación, es necesario construir alianzas amplias, aún sean estratégicas, para enfrentar al gobierno. En este sentido, es imperativo que nuestros movimientos políticos y nuestros líderes puedan demostrar la madurez política necesaria para negociar esas alianzas y crear un movimiento nacional anticontinuista, que pueda frenar las aspiraciones del PLD de dominar hasta el 2036.

El PLD, con todas sus divisiones internas, encarna la tradición continuista del trujillismo y como partido está muy conciente de ello. Nos queda a las y los demás percatarnos de eso y abandonar la falsa esperanza de que Medina sea una opción diferente, porque entre otras cosas, sepa hacer bulto amenazando a los ingenieros contratistas del Estado con quitarles las obras. O enfrentamos al PLD desde la unidad o no hay futuro.

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