Punto de Fuga

Con esta columna se persigue aportar al fortalecimiento de la opinión pública dominicana, proponiendo un análisis heterodoxo de temas políticos y sociales.

La frontera del desarrollo o el desarrollo de la frontera

En el discurso oficial, auspiciado por las élites políticas y económicas, la frontera dominico-haitiana es visualizada como un límite a nuestro desarrollo. En este discurso, la frontera es pintada como el origen de muchos de los principales males sociales y económicos de nuestro país. En el reciente diferendo entre los gobiernos de ambos lados de la isla, respecto de la prohibición del gobierno haitiano de la importación de productos avícolas dominicanos, el Canciller dominicano ha resaltado la gran dependencia de la economía dominicana del mercado haitiano, y, como queriendo evocar los fantasmas del nacionalismo, ha hecho hincapié en la necesidad de diversificar los mercados de exportación.

Mientras en otras latitudes los movimientos sociales y democráticos buscan alianzas a través de las fronteras, los nuestros, enclaustrados en una islita, olvidan que del otro lado de la frontera también hay vida, también hay política.

Sin embargo, contrastan con esta visión, los datos revelados por Altagracia Salazar, en una noticia publicada en este medio el pasado sábado 15. En dicha noticia, Salazar señala cómo el intercambio comercial entre los dos países de la isla favorece casi exclusivamente a la parte este de la isla. Según los datos expuestos por la periodista, en 2011 la balanza comercial entre los dos países fue de casi 500 millones de dólares para RD y solo 9 millones para Haití. Más aún, los productos afectados por la veda, no son el principal rubro de las exportaciones dominicanas al país vecino.

Esta realidad indica una situación altamente provechosa para RD, al tiempo que se revela un fuerte perjuicio para los sectores productivo de Haití. La economía dominicana no solo se yergue sobre los hombros de cientos de miles de personas trabajadoras haitianas que trabajan en este país, muchas en condiciones de semiesclavitud, sino que también es financiada por el vecino país. Ante esta situación, es imposible no preguntarse, ¿cómo es que no tenemos un tratado de comercio fronterizo con Haití?

Ha sido necesario que un grupito de tutumpotes haitianos, que manejan la importación de productos avícolas desde la Florida, decidiera interrumpir el tráfico legal (porque ya estamos viejos para creer que es posible detener un contrabando que tiene más de cuatro siglos por esa frontera) de productos avícolas entre RD, para que "surja" (con 150 años de tardanza) la idea de un tratado de comercio fronterizo. Claro, como el empresariado dominicano siempre está "atrás del último" plantea el modelo de tratado de libre comercio, como si no se estuviera dando cuenta que el tratado de libre comercio con Centroamérica y Estados Unidos ha convertido a los productores dominicanos en una especie en peligro de extinción.

Ahora bien, la idea de un tratado de comercio fronterizo, está bien (el modelo hay que discutirlo), pero más que ello, lo que revela la coyuntura actual de la frontera, es que RD y Haití están obligadas a proponerse un modelo de desarrollo conjunto. Por más que se diversifiquen los mercados de exportación, Haití y RD son mercados naturales uno del otro. Más aún, son dos repúblicas siamesas, nacidas del mismo legado colonial, y eso no hay cirugía que lo altere.

Lejos de ser un límite para nuestro desarrollo, la frontera es la puerta. Esto lo demuestran, no solo los centenares de millones de dólares que entran a nuestro país desde Haití cada año, sino el aporte invaluable que hacen a la economía nacional los cientos de miles de haitianos que laboran en este país, la mayoría de ellos en condiciones de semiesclavitud.

Sin embargo, para que un programa binacional de desarrollo sea sostenible, debe estar basado en la solidaridad y la justicia. Una balanza comercial que solo beneficie a un lado, no nos sirve de mucho. En la medida en que la RD se pueda convertir en un factor de crecimiento económico para Haití, ésta última podrá seguir representando un factor para el crecimiento económico nuestro.

En este sentido, lejos de cerrar la frontera, lo que ambos países necesitan es abrirla, bajo un programa consensuado entre ambos Estados y que responda a los intereses de las clases populares ambas naciones. Pero claro, esto no es posible en dos países cuyos sistemas políticos se encuentran secuestrados por élites políticas y empresariales que solo buscan avanzar sus intereses privados y de clase. Si en Haití hay quienes se benefician de la prohibición de importación de productos avícolas dominicanos, en nuestro país hay quienes se benefician del tráfico de personas por la frontera, de la semiesclavitud de muchas personas trabajadoras haitiana, de la desnacionalización de cientos de miles de personas dominicanas descendientes de haitianos, etc.

Mientras en otras latitudes los movimientos sociales y democráticos buscan alianzas a través de las fronteras, los nuestros, enclaustrados en una islita, olvidan que del otro lado de la frontera también hay vida, también hay política. La frontera del desarrollo de RD y de Haití es la incapacidad de construir alianzas binacionales entre los movimientos sociales y democráticos de ambos países, para poder establecer una agenda común que permita a ambos pueblos ejercer su derecho a la autodeterminación. 

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