Ligia Valenzuela


¿Por qué una mujer se queda en una relación de violencia?

La creencia de que las mujeres que son maltratadas permanecen con su agresor porque "les gusta" o porque son "masoquistas" es uno de los mitos más asumidos cuando la sociedad trata de encontrar una explicación al hecho de por qué una mujer se queda en una relación en la que lleva años viviendo violencia, o por qué no interpone una denuncia, si las estructuras para ello ya están creadas, o como sucede con mucha frecuencia, por qué retira la denuncia una vez que se ha atrevido a ponerla.

Un mito se compone de un complejo conjunto de símbolos, rituales, temas e historias que se eligen y se adoptan como propios. Estos suelen ser personales o compartidos por una pareja, una familia, una comunidad o una sociedad. También pueden  ser compartidos por los miembros de una familia por generaciones, afectando sus relaciones con las personas significativas y la forma cómo interpretan los acontecimientos cotidianos.

Recuperar su valoración personal, elevar su autoestima, aprender que ellas no fueron culpables por lo sucedido, volver a confiar en sí mismas, será el reto que estas mujeres tendrán por delante.

La violencia, junto con el conocimiento y el dinero, es una de las principales fuentes de poder. La misma siempre estuvo ligada a la forma en que se resolvían los conflictos en los espacios públicos, hasta que se puso en evidencia que también formaba parte de la forma en la que se resolvían los conflictos en la familia.  

La violencia doméstica es una problemática social muy compleja y condicionada por muchos factores. Los profesionales especializados en el tema  hemos trabajado con las mujeres víctimas de violencia doméstica, tanto desde la Fiscalía del Distrito Nacional como desde las ONG, y realizado investigaciones científicas que han puesto de manifiesto las terribles consecuencias que tiene sobre su salud física y emocional, pues de lo que se trata es que el espacio más personal e íntimo de ellas ha perdido estas características y se ha convertido en un lugar inseguro y peligroso.

 De manera resumida, podríamos convenir que los aspectos que entendemos  de mayor relevancia son: primero, la persona abusadora, suele tener un discurso muy cargado de ideas autoritarias, como por ejemplo: "el que manda aquí soy yo", "tú me perteneces" "sin mí no eres nadie",  "ella tiene la culpa”, “ella me provoca, me saca de quicio". Segundo, los estereotipos de la masculinidad y la feminidad, aceptan la dominación del hombre sobre la mujer como sinónimo de seguridad y protección, quedando la mujer en una posición que promueve el abuso, a pesar de  haber adquirido mayor poder en la sociedad actual. Tercero,  la mujer ha sido socializada sobre unos esquemas que la llevan a internalizar que ella debe ser "buena", "atenta", "servicial" con su marido, llevándola a confundir "amor" con "ser necesitada", y asumir el daño y el dolor que la relación le esté ocasionando, sobre todo si tiene hijos, porque “ella tiene la obligación de proteger y defender la familia por encima de ella misma”.

Estos esquemas, se van a encargar de  perpetuar modalidades autoritarias y abusivas que van a facilitar el hecho de que si son golpeadas por el marido tiendan a justificarlo, a aguantar y a no denunciar al papá de sus hijos, creando las bases  para que la mujer víctima de violencia doméstica se cierre a la ayuda que la pueda sacar de esa situación que está viviendo.

La violencia doméstica suele aparecer sin que la mujer pueda identificarla como tal. Muchas mujeres maltratadas reportan que un primer momento fue durante el noviazgo o en la noche de bodas. Este hecho sugiere que a mayor nivel de compromiso, el hombre se podría sentir con más libertad para agredir, pues supone que será más difícil que la mujer lo deje.

Por otro lado, estos  episodios de agresión se dan por ciclos, no son constantes, se alternan con episodios de cariño y afecto. En una primera fase, se produce una especie de acumulación de tensión, luego viene la explosión o los golpes y por último el arrepentimiento, la reconciliación o la promesa de que no va a volver a ocurrir. Este ciclo se instala en la relación sin que la mujer pueda discriminar qué aspecto de su conducta se relaciona con cada una de estas fases. Esta confusión atrapa a la mujer en una esperanza de cambio sostenida por la fase de arrepentimiento, y esta esperanza se convierte en el refuerzo potencial que la lleva a quedarse en la relación.  Al quedarse en la relación se va desarrollando en ella una vulnerabilidad emocional y psicológica que refuerza el comportamiento violento del hombre y facilita la repetición de los episodios de violencia cuya intensidad suele ser progresiva.

Dicha vulnerabilidad, unida a la manipulación que suelen utilizar los hombres agresores, hacen que la mujer víctima se vuelva impotente para evitar los ataques y buscar ayuda. El aislamiento, el control, la dependencia económica y emocional, más, la desconsideración, la intimidación, el menosprecio, el rechazo, las amenazas y el chantaje emocional, la hacen incapaz de abandonar a un cónyuge violento y la llevan a desarrollar síntomas clínicos, tales como: depresión, trastornos de ansiedad, y  trastorno de estrés postraumático, quedando completamente a merced de su agresor.

Recuperar su valoración personal, elevar su autoestima, aprender que ellas no fueron culpables por lo sucedido, volver a confiar en sí mismas, será el reto que estas mujeres tendrán por delante. El mismo solo lo lograrán alejándose de su agresor y entrando en un proceso terapéutico con profesionales con experiencia en este tema.

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