Punto de Fuga

Con esta columna se persigue aportar al fortalecimiento de la opinión pública dominicana, proponiendo un análisis heterodoxo de temas políticos y sociales.

Sobre los derechos sexuales y otros inventos

La represión de las libertades sexuales, incluyendo la censura de la información sobre la sexualidad humana, contribuye, en gran medida, a la impunidad de la violencia sexual. Al hacer de la sexualidad un tema tabú, inherentemente asociado a "inmoralidades" y manejado como un aspecto excepcional de la vida humana, se fomenta el desarrollo de prejuicios a todos los niveles sociales. Asimismo, se crea un abismo comunicacional entre las personas jóvenes y las personas adultas, dificultando a las primeras conversar del tema con las segundas, por el temor a ser reprimidas, culpadas o ridiculizadas.

La sociedad dominicana es una sociedad patriarcal y sexista. Esto quiere decir, que es una sociedad que asume que existen dos identidades sexuales y de género opuestas y excluyentes, hombre y mujer, y que la primera es superior a la segunda. En este sentido, se es o uno o la otra, y se atribuye un comportamiento y unos roles sociales inherente a cada una de esas categorías. Entre ese comportamiento y esos roles, se asume que los hombres son sexualmente mucho más activos que las mujeres y que no pueden controlar sus impulsos sexuales, razón por la cual, cuando una mujer se presenta ante un hombre vistiendo una mini falda, unos pantalones blancos muy pegados, o una blusa con un escote muy pronunciado, es inevitable y hasta lógico que el hombre la acose o incluso la obligue a tener relaciones. En estas situaciones, muchas personas en nuestra sociedad, incluidos importantes líderes de la Iglesia Católica dominicana, entienden que la mujer ha provocado al hombre y por lo tanto es su culpa haber sido víctima de una agresión sexual. El secretismo y la censura generalizada de la información concerniente a la sexualidad hacen que aquella idea se mantenga y se reproduzca fácilmente entre los hombres y las mujeres de nuestra sociedad.

Una situación similar ocurre con personas transgénero que se dedican al trabajo sexual. Cuando estas personas son acosadas y agredidas física y psicológicamente en las calles de nuestras ciudades, nuestra sociedad lo justifica bajo la excusa de que las personas transgénero son predadores y "degenerados" que se hacen pasar por un género que no es el suyo con el objetivo de engañar a hombres heterosexuales para que tengan relaciones con ellos, y que por tanto, la agresión está más que justificada.

Por otro lado, nuestra sociedad también entiende que el valor de una mujer se mide, exclusivamente, en la adecuación de su cuerpo a unos criterios estéticos particulares y en su capacidad para ser una buena esposa y madre. Así, cuando una mujer no ha decidido casarse o tener hijos es acosada constantemente por las personas a su alrededor con preguntas e insinuaciones tendentes a convencerla de que se case o tenga hijos. Si se encuentra casada, no cesan los "consejos" de cómo debe atender a su marido para ser una buena esposa, incluyendo cómo debe complacerle sexualmente. Esto así porque, se entiende que tener relaciones sexuales y complacer al marido es un deber de la esposa. Por esta razón, cuando un hombre viola sexualmente a su pareja, la situación es desestimada como un problema entre marido y mujer, y ahí a nadie que se meta.

Todas estas graves situaciones tienen complejas causas sociales. Sin embargo, mientras la sexualidad se mantenga como un tema excepcional y tabú, es imposible confrontarlas. Las víctimas de violencia sexual, muchas veces asumen que es su culpa, precisamente porque la mayoría de la sociedad lo asume. La desinformación al respecto contribuye a la creación de estereotipos y prejuicios que protegen el patriarcado y el sexismo.

Para enfrentar la censura de la información sobre la sexualidad, y para promover que la sexualidad pueda ser vista por cada quien como una parte normal de su vida es necesaria una política estatal. De igual modo, dicha política es necesaria para sensibilizar a la población sobre las distintas formas de violencia sexual y los mecanismos para enfrentarlas. La mejor forma de diseñar una política, que además incluya la participación de las personas destinatarias, es vincularla con una prerrogativa individual o colectiva, es decir, un derecho. Esto tiene otra ventaja, la propia creación de un derecho permite una dimensión normativa de la lucha en contra de la violencia sexual, en otras palabras, se crea un modelo de cómo debe ser la conducta humana respecto de la sexualidad propia y de las demás personas, contrario al modelo nocivo del sexismo y el patriarcado (que también tienen sus dimensiones normativas, es decir nos indican cómo deberíamos actuar).

En este orden de ideas, se inventaron, tal como señala el Cardenal, los derechos sexuales y los derechos reproductivos. Es obvio que estos derechos son un invento, como lo son todos los derechos, porque no forman parte de ninguna norma "natural", trascendental, ni divina. Ahora bien, la libertad religiosa, la libertad de expresión, el derecho a la propiedad y en fin, el propio Estado son "inventos" de las sociedades que no vienen ni encriptadas en nuestro ADN, ni forman parte de un orden cósmico que se impone a todo el mundo. Los derechos humanos, sin excepción, son el producto de las luchas políticas de distintos sectores de la sociedad. Un derecho constituye la forma como el Estado liberal, en sus distintas modalidades, responde a la demanda de uno o varios sectores de la sociedad. En el caso de los derechos sexuales y derechos reproductivos, estos son las normas con las cuales el Estado regula su estrategia de lucha contra la violencia sexual, o dicho de otra forma, son las normas con las que el Estado protege las libertades individuales en el aspecto de la sexualidad.

Ahora bien, es más que obvio que aquellas personas e instituciones que se benefician de los privilegios del sexismo y el patriarcado, van a oponerse férreamente a la puesta en práctica de cualquier política que ponga en juego sus privilegios. La Iglesia Católica es una institución dirigida por hombres y por tanto se beneficia del privilegio masculino. Asimismo, la Iglesia, al haber tenido históricamente el monopolio de la moral, también se beneficia de la capacidad de manipular y extorsionar a toda la población diciéndoles qué es lo bueno y qué es lo malo. Para decepción de Nietzsche, la moral cristiana sigue teniendo un peso importante (aunque no determinante) en la vida de la mayoría de las personas del hemisferio occidental, puesto que ayuda a crear el marco en el que competimos, hipócritamente, en el mercado del valor personal. Cada vez que surge cualquier cosa que ponga en peligro ese monopolio (ya quizás un oligopolio), la Iglesia va a patalear. De ahí, la oposición del Papa Francisco, cuando era Cardenal en Argentina, a la aprobación del matrimonio homosexual y la despenalización del aborto en ese país (ambas medidas promovidas por el gobierno de Cristina Fernández), y de ahí la ridícula acción de amparo de la Iglesia contra la excelente campaña de Profamilia para difundir los derechos sexuales y los derechos reproductivos.

 

Comentarios

Comentarios vía Facebook

Los comentarios en 7dias.com.do están sujetos a moderación. No se aceptan los comentarios que:

  • Contengan afirmaciones, enlaces, nombres o sobrenombres insultantes o contrarios a las leyes dominicanas que penalizan la difamación y la injuria.
  • Hagan acusaciones y no aporten datos comprobables.
  • Exalten la violencia o apoyen o insten a la violación de los derechos humanos.
  • Contengan alusiones discriminatorias por razón de la nacionalidad, sexo, edad, religión, opción sexual, militancia política o discapacidad.
  • Ataquen de manera denigrante a otros comentaristas de la misma información.
  • Contengan vulgaridades.
  • Contengan enlaces a espacios publicitarios, pornográficos o spam.
  • Insulten a nuestros periodistas, articulistas y blogueros.
  • Estén escritos con una ortografía que haga presumir que las faltas fueron cometidas de manera intencional.
  • 7dias.com.do se reserva el derecho de no publicar los comentarios que irrespeten estas normas, que son indicativas pero no limitativas. Nuestro deseo es propiciar el intercambio democrático de ideas en un marco de respeto. Las opiniones vertidas en los comentarios no expresan las del periódico.