Juan José Mesa


El lado oscuro de la comercialización de la obra de arte

En la República Dominicana se especula sobre un mercado de falsificaciones de obras de arte y que aun no sabemos su magnitud, pero cada día es mayor la cantidad de “obras de origen dudoso” que circulan en busca de compradores. No es un secreto para nadie que “los falsificadores”, y por tanto las falsificaciones, han existido siempre. Los egipcios ya conocían la falsificación de joyas y se sabe que los griegos clásicos ya tuvieron problemas con la falsificación de obras de arte, y en el Imperio Romano era un delito muy frecuente la falsificación de dichas obras. De hecho fueron los primeros que legislaron sobre falsificaciones.

Hoy en día ya en pleno siglo XXI la falsificación de obras de arte es un importante  “negocio” en números absolutos mundialmente, tras el narcotráfico y el tráfico de armas. Hay gente que no se asesora antes de comprar una obra o compra en lugares que no tienen reconocimiento.

Esta comercialización de obras de arte -vendidas como originales y únicas pero verdaderamente de origen dudoso- y el afán coleccionista de las clases pudientes, han dado lugar a un desorbitado incremento en su apreciación económica.

Obras de autores como los maestros fallecidos: Colson, Granell, Hernández Ortega, Clara Ledesma, Giudicelli, Prats-Ventós, Yoryi, Ulloa Eligio Pichardo y Bidó e incluso obras de artistas vivos como Oviedo, Elsa Núñez, Guillo Pérez, Tovar, Marella, Salazar,... han sido objeto de rumores,  noticias y escándalos de comercio de falsificaciones en medios informativos. Siendo lo más grave, que algunas de esas obras tienen certificado de autenticidad, de originalidad realizado por los mismos autores, restauradores, o aparecen en subastas, exposiciones en centros de prestigio y publicaciones especializadas.

Esta comercialización de obras de arte -vendidas como originales y únicas pero verdaderamente de origen dudoso- y el afán coleccionista de las clases pudientes, han dado lugar a un desorbitado incremento en su apreciación económica, acudiéndose en numerosas ocasiones a los medios delictivos de falsificación para cubrir la creciente demanda de estas obras, donde mucha gente en el ambiente del arte realiza certificaciones de autenticidad, sin ser idóneos para ello, y sin que tengan validez ni importancia a la hora de hacer un correcto análisis de la obra.

Sin embargo, lo complejo es, que la persona que comercializa sólo estaría "incurriendo" en un delito si vende un cuadro a sabiendas que el cuadro es falso, pero si lo hace de buena fe no está violando la Ley. Ante la confusión jurídica existente en este sentido ha provocado que artistas, galerías, museos, comerciantes de obras de arte, víctimas y herederos hayan sido incapaces de crear una estrategia contra la prevención de la falsificación de obras, la forma de recuperar su inversión o de esclarecer las lagunas que empañan las sanciones contra este delito. Los afectados se enfrentan a un sinfín de desconcertantes problemas jurídicos, muchos de ellos provocados simplemente porque el acceso a la información varía de un país a otro, del mismo modo que difieren las normas jurídicas relativas a cuestiones tan básicas como decidir la tipificación del delito, qué legislación ha de aplicarse, demostrar el derecho de autor sobre las obras, evaluar cuándo y cómo se debe interponer una reclamación y las repercusiones que se derivan de intervenir las adquisiciones de vendedores supuestamente inocentes.

Afortunadamente, resulta sumamente difícil hacer una falsificación que sea convincente a medias. Si bien presenta muchas dificultades el hecho de imitar el estilo de otra persona, todavía más difícil es tratar de hacerlo utilizando el mismo tipo de materiales para que resista un examen científico. Por eso, la mayoría de las falsificaciones no logran engañar ni siquiera a un aficionado dotado de un conocimiento imperfecto de la obra del artista en cuestión.

Somos de la opinión que el marchant de nuestros tiempos, tiene que estar claro en lo que hace, separar el grano de la paja, es decir, está en el deber de hacer un juicio crítico fundado en sus conocimientos, y, proceder, a autentificar, registrar y documentar de inmediato las obras de arte que se propone a comercializar. [1] Conocer lo que es bueno; tiene, debe y puede hacerlo por medio a la razón y al sentido común, porque, cuando se comercializa arte, está en la obligación de saber qué es una falsificación y separarla de lo que es una reproducción y una copia.

Sobre el tema que nos ocupa, la definición más precisa es la de orden legal: una falsificación es una obra de arte ejecutada con la intención de inducir a error, de hacerla pasar como creación de una mano diferente [Énfasis agregado]. Una copia no tiene por qué ser una falsificación, así como tampoco una pintura u objeto ejecutados en un estilo ajeno. Lo importante es la intención.[2] Radicando aquí el mayor problema cuando se procede a comercializar arte amparados en creer, que todo lo que es legal es moral.

Hace unas décadas era normal que determinados pintores, llamados copistas, realizasen copias con autorización de los museos de cuadros famosos, al mismo tamaño que el original. Luego los vendían a clientes extranjeros y, en más de una ocasión, hubo problemas en las aduanas por no distinguirse con facilidad del original, lo que dio motivo a que se prohibiera realizar las copias al mismo tamaño. Se entiende que el delito solo está en vender una copia haciendo creer que es la obra original, cobrando una cantidad muy por encima del valor de copia.

Hace unas décadas era normal que determinados pintores, llamados copistas, realizasen copias con autorización de los museos de cuadros famosos, al mismo tamaño que el original.

Lo expresado anteriormente, permite a los actores de la comercialización del arte, darse cuenta en este sentido, de que desde el punto de vista moral, también se pueden establecer las conductas que tienen relevancia pública y cuales a la conciencia de cada cual.

En este caso, la alternativa no puede plantearse entre la ética privada y el derecho, que puede justificar la acción. Comercializar arte, se trata de un bien que puede tener en algún momento relevancia pública, y que merece la protección incluso penal. Sólo si se parte de un concepto de lo que es buen arte, se puede delimitar lo que está correcto. Tener claro ese conocimiento, es decir, saber lo que es bueno, auténtico, original y legítimo es lo que permite establecer la frontera entre aquello a que se tiene derecho y las conductas que no pueden ser toleradas. Se tiene que estar en plena capacidad para saber lo que no se puede hacer y lo que sí. La Ley no dice que usted puede vender copias de obras como originales, y venderlas como copia sin la previa autorización del autor, entonces viola la Ley dos veces.

Por otra parte, hay que saber también, distinguir las obras atribuidas a un artista de las que verdaderamente realizó. Por que aunque una atribución falsa, tampoco es una falsificación, sin embargo al comercializarse se incurre en el mismo delito. Muchas colecciones privadas y museos están plagados de obras a las que no puede adjudicarse un origen definitivo. Recientemente – sin ánimo de herir susceptibilidades por el gran parecido a lo que acontece en el mercado local – algunos cuadros que antes se creían de John Constable se han atribuido a su hijo Lionel. Lionel jamás pretendió imitar la obra de su padre, sólo pintaba en el mismo estilo.[3]

Vendedores y compradores deben hacerse la misma pregunta: ¿Cómo podemos distinguir entre una falsificación y el objeto auténtico?  La mirada del experto, sensible a las características peculiares del estilo de un artista, raras veces se deja engañar, y en caso de duda, se puede recurrir a la ciencia y a la documentación.

La ciencia puede calcular la antigüedad de una pintura, de la tela, de la madera o del metal; los rayos X pueden revelar lo que hay por detrás de la superficie. En algunos casos, los documentos pueden proporcionar una cadena de conexiones que nos remontan al pasado, en ocasiones, hasta llegar al propio artista. Las falsificaciones de obras de arte son por lo general, muy cuidadas y pueden resultar extremadamente convincentes en una inspección superficial. Las obras auténticas, a diferencia de las imitaciones, siempre tienen historia [Énfasis agregado]. [4]

  

Notas:

[1] Ballart Hernández, Josep y Tresserras, Jordi Juan i. Gestión del Patrimonio Cultural. Editorial Ariel, S.A. Barcelona. (…) Si registrar una obra es darle carta de naturaleza, documentarla es mantener, administrar e incrementar la información existente sobre la misma. Pág. 137

[2] Suárez Ordóñez, Marcela Licenciada en Criminalística. Falsificación de Obras de Arte, Un acercamiento a las distintas técnicas. Forencia. Argentina.

[3] Suárez Ordóñez, Marcela Licenciada en Criminalística. Falsificación de Obras de Arte, Un acercamiento a las distintas técnicas. Forencia. Argentina.

[4] LAS FALSIFICACIONES EN LA HISTORIA DEL ARTE.- Enciclopedia universal de la pintura y la escultura. Ed. Sarpe. Barcelona 1992

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Sobre el autor

Doctor en Medicina Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Apreciación de Artes Visuales, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCAMM). Director del Centro de Estudios del Arte Caribeño. Consultor para inversión en obras de arte dominicano y latinoamericano.