Palabras profanas


La insoportable frivolidad de la Feria del Libro

Llegas y te encuentras con una multitud desbordada, entonces te confundes, crees haber llegado a la Meca en plena peregrinación, o a un mercado de Mumbai, o a Woodstock, o a la Ruta Telemicro, o quizás a un panal de abejas irritado, pero lo cierto es que nada más lejos (en teoría): llegaste a la Feria del Internacional del Libro, por difícil que parezca, aunque hayan más parqueadores, carpas de cadenas de comida rápida, artesanos sudamericanos, matatiempos, policías y stands de ministerios que libros.

Que esa multitud sea el principal público no significa para nada una inclusión de esta a la cultura escrita

La Feria Internacional del Libro es una vulgar parodia de lo que debería ser una feria del libro. Por ahora es una Feria de Instituciones Gubernamentales, una Feria de la Bulla, un Feria del Calor, una Feria a Cualquier-disparate-que-se-pueda-vender-en-una-carpa. Para encontrar un libro específico hay que escarbar durante horas pues se ofrece poca información, y si lo quieres a un precio no abusivo entonces tendrás que seguir buscando otro par de horas, sin garantía de hallarlo.

Para un observador inadvertido, el hecho de que el público mayoritario de la FIL sean decenas de miles de jóvenes de pocos recursos parecería mostrar que la actividad es todo un éxito en cuanto a inclusión popular, pero desde que ese observador vea que aquellos que salen con un libro en la mano son una rarísima excepción, concluirá que esta feria del libro es un completo fracaso. Un fracaso de gran tamaño.

Que esa multitud sea el principal público no significa para nada una inclusión de esta a la cultura escrita; por el contrario, el mercado de la industria ultra-ligera que domina ese espacio conoce muy bien cómo atraer a las masas y les ofrece entretenimiento basura de la mano de comida chatarra y ruidos de colores. Esta gran concurrencia de jóvenes en busca de cualquier tipo de entretenimiento revela la ausencia de espacios públicos de esparcimiento y ocio destinado a ese amplio sector de la población.

 Esta gran concurrencia de jóvenes en busca de cualquier tipo de entretenimiento revela la ausencia de espacios públicos de esparcimiento y ocio destinado a ese amplio sector de la población.

Personalmente creo que la Feria del Libro debe replantearse a fondo, moverse a un lugar más pequeño donde los protagonistas en las ventas sean las editoras y las librerías, donde se encuentren precios atractivos y sea un espacio de compartir entre escritores con escritores, escritores con lectores y lectores con lectores.

Esto, así dicho, en un país que gusta más de las novelas de Televisa que de las novelas de Saramago, significaría que las letras seguirían estando atrapadas en el mismo círculo casi elitista, en ocasiones diletante, de amantes de la lectura sin atraer “al barrio”. Sin embargo, no pienso que la función de una feria sea crear interés; lo lógico es que el que asiste es porque ya está interesado en lo que va a encontrar. La atracción a los textos debe fomentarse primordialmente a través del sistema educativo, después de ahí, un evento anual solo puede servir de complemento.

Mientras tanto, aunque la Feria tenga sus luces entre varias actividades de interés, en lo personal, creo que son más sus sombras y ruidos que disuaden de asistir a cualquier lector.

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