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República Dominicana: una nave náufraga

Estamos jugando con los símbolos y con el imaginario colectivo para posicionar formas de relaciones sociales e incidir en la vida pública y privada. Somos una sociedad en crisis, todos los indicadores sociales así lo demuestran. Para darle sentido a esta afirmación solo hay que pensar en cuál significado se le atribuye a la figura del Ché Guevara expuesta en los autobuses de la empresa de transporte FENATRANO.

Es también difícil imaginar qué se piensa respecto a los valores e ideales proyectados en los referentes sociales de vanguardia socializados como modelo de construcción social.

Estamos modelando comportamientos que no corresponden con las características de la ciudadanía, y que hoy son causantes de problemas  sociales que corroen a la sociedad y a nuestra democracia. Algunos de estos “valores” nada tienen que ver con  el ideal de ciudadano activo que necesitamos. Tal es el caso de la exaltación pública de personajes dueños de grandes riquezas amasadas a la sombra del trujillismo o de las empresas estatizadas a la caída de la dictadura.

El aparente fracaso de la democracia dominicana ha traído por consecuencia la reivindicación de un pasado funesto, no como deseo sino como castigo. No nos queda claro, empero, si esto guarda relación con la añoranza de la época de Trujillo, si bien en una parte de la población se da cierta tendencia a defender la dictadura. Tal vez por eso los descendientes reclaman el reconocimiento de Trujillo, cabeza de la dictadura más sanguinaria de la historia de América Latina.

Los dominicanos estamos adoptando valores y modelos de vida erróneos. Esto nos exige  una mayor vigilancia del tipo de ciudadanos que necesitamos si aspiramos a  una sociedad mejor, justa, segura, honesta, ética, inclusiva, cooperativa y con cultura de paz.

Existe la necesidad  de un mensaje con modelos que impulsen cambios, que sirva como fuerza de acción y paute conductas. Nos sorprendemos del  exabrupto de un conocido bachatero y se nos dificulta entender sus explicaciones. Pero no nos sonrojamos ante personajes  que exhiben éxito y se venden como altruistas, cuando solo representan intereses ajenos al bienestar de la nación.

¿Qué valor le damos a la libertad cuando enaltecemos a alguien que además de representar ideológicamente a la dictadura de Trujillo ha engrosado su riqueza a costa de ensanchar aún más las desigualdades sociales?

El Estado no es ajeno a esta práctica. Los  gobernantes no solo no  garantizan el bienestar de la población, sino que también, consciente o inconscientemente, ejecutan políticas que solo vienen a aumentar los problemas sociales.

La sociedad no podrá mejorar si sus referencias, a veces sutiles, son el caudillismo trujillista, cuestión que se repite en las relaciones de poder en los partidos de definición democrática.

Si nos ponemos de acuerdo sobre la necesidad de construir nuevos paradigmas, podemos avanzar; de lo contrario, estamos amenazados de caer en una anomia. Urge encubar los cambios que estamos llamados a impulsar, y que son el contrapunto  de los intereses ocultos en la proyección de referentes erróneos.

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