Punto de Fuga

Con esta columna se persigue aportar al fortalecimiento de la opinión pública dominicana, proponiendo un análisis heterodoxo de temas políticos y sociales.

¿Se tambalea la hegemonía del PLD?

A partir de su retorno al gobierno en el 2004, el PLD se ha consolidado como el grupo político dominante a través de la acumulación de grandes riquezas (producto de diversas formas de corrupción) y de la cooptación de los aparatos del Estado (el PLD controla el congreso, el ejecutivo, la Suprema Corte de Justicia, el Tribunal Constitucional, la Junta Central Electoral, entre otros). Asimismo, ha desarrollado una amplia red clientelar con la cual pretende comprometer a diversos sectores económicos, sociales y políticos para que contribuyan a defender su dominio. En pocas palabras, en la última década, el PLD se ha convertido en el grupo hegemónico en nuestro país.

Ahora bien, ¿qué implica esto? La hegemonía se refiere a la dirección que ejerce un determinado grupo sobre una sociedad. De acuerdo al teórico italiano, Antonio Gramsci, la hegemonía resulta de la dialéctica entre la coerción y el consenso. En otras palabras, para lograr la hegemonía, un grupo debe ser capaz de utilizar tanto la fuerza como la negociación para lograr un consenso, generalmente implícito, que los demás grupos (o una buena parte de ellos) tengan algún interés en mantener. 

El gobierno de Danilo ha incurrido en desaciertos estratégicos como el intento de transarse en el litigio de Bahía de las Águilas, o sus amenazas a la Barrick Gold que ahora no se atreve a cumplir.

El anterior consenso implica permitir a los demás grupos el ejercicio de ciertas cuotas de poder, incluso recompensando a aquellos que mejor sirven a los intereses del grupo hegemónico. De esta forma, los grupos subalternos se transforman en agentes de custodia del propio sistema de hegemonía, puesto que en vez de enfrentarse directamente al grupo hegemónico, luchan entre sí por una mayor cuota de poder. Ahora bien, este sistema solo puede permanecer mientras los demás grupos estén convencidos de que tienen más que ganar jugando el juego bajo las reglas del grupo dominante que fuera de dichas reglas. Lo anterior requiere dos aspectos, primero, que siempre exista la amenaza de violencia o represión como mecanismo para hacer cumplir el consenso; y segundo, que se ponga en práctica un amplio sistema de control ideológico, lo que en nuestro caso implica una estrategia de comunicación eficiente, la cooptación de los espacios alternativos de poder, el soborno y el chantaje de las organizaciones disidentes, y la capacidad para responder, por lo menos mínimamente, a las principales demandas generales de la población con el fin de evitar el descontento generalizado.

Ninguno de los dos aspectos anteriores es suficiente por sí solo. Si un grupo hegemónico no puede utilizar la coerción para mantener a raya a sus competidores, será rápidamente desplazado por cualquier otro que sí pueda utilizarla. La violencia es el fundamento de todo poder, en un doble sentido. Es su fundamento efectivo, puesto que es su origen, y es su fundamento escatológico, es decir, el poder solo se mantiene bajo la promesa fantasmagórica de una violencia futura. Ahora bien, si el grupo hegemónico solo puede recurrir a la violencia o represión entonces ha perdido su hegemonía, puesto que es imposible sustentar ningún poder, a largo plazo, basado en una estrategia de represión continua. Esta estrategia desgasta las fuerzas del represor, y facilitaría la creación de alianzas entre los demás grupos. La represión a largo plazo es poco tolerable en una sociedad. 

El poder siempre requiere de represión o violencia, pero es más sólido cuando requiere de una menor cantidad de aquellas para lograr su objetivo. Cuando el poder empieza a recurrir más y más a la represión es porque su legitimidad está siendo cuestionada, en otras palabras, su dominio ideológico empieza a flaquear. La violencia tiene por objetivo, refundar la autoridad del grupo hegemónico, y para ello, mientras más rápido lo haga, cuanto mejor, porque si la represión debe extenderse por mucho tiempo, la situación empeorará para ese grupo.

Volviendo al plano dominicano, cabe destacar que la capacidad del PLD de restablecer la estabilidad monetaria y bajar el precio del dólar, después de la debacle económica del 2003, le permitió al partido morado calmar las ansias de grandes segmentos de la población y reposicionarse en el imaginario de las clases medias como el partido del orden y la estabilidad. En ese momento, el PRD se encontraba seriamente dividido, la izquierda todavía no se había recuperado (ni lo ha hecho aún) de su larga derrota, y los movimientos sociales y sectoriales del país hacía más de una década que estaban letárgicos. El PLD utilizó esta oportunidad para incrementar y potenciar las prácticas de corrupción, cooptación y clientelismo que caracterizan nuestro sistema político. Así, el PLD logró construir una dominación económica, política e ideológica que le convierte en el grupo hegemónico en nuestro país. 

El hecho de que tuvieran tantos problemas y que tuvieran que desfalcar al Estado para poder derrotar a un candidato tan descalificado como Hipólito Mejía fue una primera señal de lo anterior.

Sin embargo, uno de los aspectos más enigmáticos del poder es su fragilidad. Lejos de confrontar los principales problemas que aquejaban a la población (en especial la pobreza y la desigualdad), los líderes peledeístas permitieron que la situación económica y social de las masas siguiera empeorando, y a largo plazo esto se ha reflejado incluso en los principales sectores productivos del país que en 2004 habrían apoyado al PLD a cambio del retorno a la estabilidad macroeconómica. Así, la pobreza en el país no cedió durante los ocho años de Leonel, y el salario real se deprimió bastante, e incluso, los sectores productivos medios, en especial del Cibao y la línea se han visto incapacitados por la falta de seguridad jurídica, la competencia desleal a través de la corrupción y el apilamiento de los problemas sociales y económicos. Como si esto fuera poco, la voracidad del PLD fue tal que en un par de años (2011 y 2012) llevaron el gobierno a una ruina espectacular. Con todo esto, el PLD perdió la capacidad de mantener la paz social y en 2012 se empezaron a revelar serias grietas en su sistema de dominación. 

El hecho de que tuvieran tantos problemas y que tuvieran que desfalcar al Estado para poder derrotar a un candidato tan descalificado como Hipólito Mejía fue una primera señal de lo anterior. El recibimiento de Danilo con una batería de protestas sociales, y el deterioro vertiginoso de la imagen pública de Leonel (quien se creía intocable) es otra. 

En este orden de ideas, la semana pasada, se registraron fuertes protestas en el Cibao, en especial en San Francisco de Macorís, y en menor medida en Navarrete, Licey al Medio, Santiago, Dajabón, Mao y Esperanza. Las causas de las protestas fueron variadas, el rechazo a la Barrick Gold y la explotación de Loma Miranda, los apagones que han azotado al Cibao, los reclamos por la terminación de obras, etc. Luego, ocurrió la protesta en la UASD, en respuesta a la muerte de un estudiante durante la protesta en San Francisco.

Desde el año anterior la respuesta del gobierno a las protestas ha sido cada vez más subida de tono. ¿Qué hay detrás de los insultos a las personas y organizaciones que protestan, los llamados a retirar el fuero universitario, la disolución del FELABEL, la contratación de paleros y el apoyo continuo a las ejecuciones extrajudiciales de la policía? Lo que se revela, en la forma como el gobierno ha respondido a las protestas y al disentimiento, es que las grietas en la hegemonía peledeísta continúan ensanchándose. 

El gobierno de Danilo ha incurrido en desaciertos estratégicos como el intento de transarse en el litigio de Bahía de las Águilas, o sus amenazas a la Barrick Gold que ahora no se atreve a cumplir. No basta brincar los charcos, ahora Danilo tendrá que enlodarse. Sin embargo, no nos debe caber duda de que si lo dejamos, el PLD continuará siendo el grupo dominante. El hecho de que hayan aparecido grietas en el poder que ejerce no significa que se vaya a desmoronar. Lo que sí queda claro, es que ni Danilo ni el PLD tienen el control tan monolítico que parece sugerir la encuesta de la Gallup.

 

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