Punto de Fuga

Con esta columna se persigue aportar al fortalecimiento de la opinión pública dominicana, proponiendo un análisis heterodoxo de temas políticos y sociales.

La pedagogía de la "inmoralidad"

La moral, como conjunto de costumbres e ideas que norman el comportamiento de las personas al establecer estándares de lo que es bueno y malo, está enmarcada dentro de relaciones de poder. Tras la protección de la moral y las buenas costumbres, se esconde una dinámica de dominación sustentada en diversos prejuicios culturales. En nuestro país, la moral y las "buenas costumbres" constituyen excusas para la imposición de un modelo de comportamiento basado en las ideas de las clases dominantes, en especial, la jerarquía de la Iglesia Católica. Así, las expresiones públicas de cariño son seriamente limitadas o prohibidas en nombre de reglas morales impuestas por la fuerza a través de la historia.

En nombre de la moral se pretende decirnos, entre otras cosas, a quién podemos amar y a quién no, cómo podemos decorar nuestro cuerpo, cómo debemos vestirnos y, en el caso de las mujeres, si la vestimenta que usan las hace culpables de ser objeto de agresiones sexuales. De igual modo, se usa la moral como excusa para justificar la extorsión policial a personas jóvenes que son "atrapadas" mientras expresan su sexualidad porque, aparentemente, la sexualidad de los y las jóvenes es peligrosa para el poder.

Ahora bien, como suele pasar con las normas impuestas por quienes ejercen el poder, en la práctica estas no se aplican a ellos. El resultado es que estas personas ejercen su poder directamente sobre nuestros cuerpos. Este ejercicio del poder llega a extremos cuando no se permite a las personas acceder a métodos anticonceptivos, cuando se obliga a las mujeres a llevar a término un embarazo, cuando se prohíbe a las personas en general expresar identidades de género o preferencias sexuales distintas a las que se dictan como "normales" desde el poder.

 Poco a poco más personas se sumarán para decirle a las élites, "introdúzcanse su moral por donde menos le quepa".

Cuando enmarcamos los problemas de nuestra sociedad en la "falta de valores" y en la degradación moral, hacemos eco y justificamos ese ejercicio del poder, al mismo tiempo que oscurecemos las dinámicas de dominación y acumulación de riquezas que son las verdaderas causas de los males sociales que sufrimos en nuestro país. En otras palabras, mientras le prestamos atención a los comentarios machistas, homofóbicos y transfóbicos que emiten el Cardenal y el resto de la jerarquía eclesiástica, las élites económicas y políticas, en contubernio con los jerarcas de la Iglesia, continúan ejerciendo su poder para enriquecerse a costa del trabajo de la mayoría. En muchos casos, este ejercicio del poder se traduce en abuso sexual, trata de personas, semiesclavitud, etc.

El cuerpo humano se convierte tanto en el objeto directo como en el objeto indirecto del ejercicio del poder. En el primer caso, a través de violencias físicas o psicológicas, sexuales o de otra índole. En el segundo caso, a través de la expropiación de todo o parte del producto de nuestro trabajo por las élites económicas, políticas o religiosas. 

Los discursos moralistas constituyen una de las formas como el poder se legitima y esconde lo señalado en los párrafos anteriores. Mediante el uso de términos y conceptos aparentemente inocentes como "buenas costumbres", "respeto a los valores", etc., el discurso moralista pretende seducirnos y reclutarnos como fuerzas de choque contra nuestra propia libertad. Así, bastan titulares noticiosos afirmando que "El Cardenal dice que hay que combatir la delincuencia" para que olvidemos el apoyo dado por dicho señor a alguno que otro banquero preso por delitos económicos, como al tristemente célebre ex Presidente Fernández. El moralismo constituye una de las formas más eficientes de legitimación del poder en nuestro país y es un discurso asumido a través de todo el espectro político. Después de todo, son pocas las personas que estarían felices de decir que son inmorales.

Como consecuencia de lo anterior, es preciso afirmar que las transgresiones a esa moral rancia e interesada que pretende justificar las relaciones de poder en nuestra sociedad, constituyen una forma de lucha contra uno de los mecanismos de legitimación más eficiente del poder. En este contexto, el domingo 14 se celebró en el Parque Colón de la ciudad Capital, una actividad lúdico-política denominada Besatón, en la cual más de una centena de personas desafió esas reglas morales que pretenden coartar la libertad de amar y expresar públicamente el cariño mutuo, justamente a través de besos y abrazos.

Resulta interesante que el evento se celebrara en el Parque Colón, ya que el Almirante es el primer responsable de haber traído la moral católica a estas tierras, bajo la cual se justificó el más grande y largo genocidio que ha conocido la humanidad: la colonización de todo un continente y la extinción de innumerables pueblos en un período de más de trescientos años.  

Actividades como el Besatón contribuyen a crear una ética social basada en el respeto y el amor a la libertad, al tiempo que deconstruyen el ejercicio del poder. En este sentido, si la moralidad es el apego a la conducta dictada desde el poder, la inmoralidad es el apego a una ética social basada en la libertad y en la diversidad. La inmoralidad se convierte en el grito de batalla de amplias secciones de nuestra sociedad que están hartas de permitir que sus vidas sean sometidas a normas de comportamiento diseñadas para penalizar que dos hombres o dos mujeres se besen en público, pero no que una niña sea obligada a parir un embarazo producto de una violación.

 Poco a poco más personas se sumarán para decirle a las élites, "introdúzcanse su moral por donde menos le quepa".

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