Palabras profanas


La depresión salarial

Es un clásico dentro de cualquier economía moderna; cada tantos años sucede lo mismo. Los trabajadores, o sus representantes, exigen un aumento de X%, los empresarios proponen Y% y al final se logra un Z%, que termina estando más cerca del último que del primero. Tal fue el caso del último aumento al salario mínimo: se pidió un 30%, se ofreció un 11% y se aprobó un 17%. Esa tendencia significa que al final se va acumulando una diferencia entre el aumento necesario y el aumento efectivo que se traduce en la disminución a largo plazo del nivel de salario real.

Cuando se analiza la serie histórica del salario real desde 1980, vemos que este cae de forma drástica en los años de crisis (1984, 1989-90, 2003-04), mientras que por el contrario, en los años de crecimiento no crece ni a sombra del crecimiento económico del país. De hecho le ha tomado 5 años en promedio alcanzar los niveles precrisis en cada una de las coyunturas.

No se trata de abandonar la mesa de negociación sino de reformular la lucha. Los años pasan, los sueldos no pueden ganarle la carrera a la inflación, los salarios sufren cada vez más depresión, los trabajadores también. 

Si los salarios están deprimidos hasta el punto de suicidio, ¿qué será de los trabajadores?

Si vemos algunas cifras del mercado laboral encontraremos un panorama lúgubre. El 85% de los salarios que se pagan en República Dominicana son de menos de 20,000 pesos, el 70% de menos de 12,000, el 50% de menos de 8,000, y el 25% de menos de 5,000 pesos. Si agregamos que apenas poco más de 3 millones de personas conforman la población ocupada, tenemos entonces que es una fracción mínima de todas las familias dominicanas las que pueden acceder a la canasta básica familiar que ya ronda los 26,000 pesos.

De acuerdo a lo anterior se puede decir que la población en general posee un bajo poder de compra, situación que terminará perjudicando a los mismos empresarios negados a dignificar los salarios, ya que la contracción de los ingresos reales no es más que la contracción de los niveles de demanda.

Por otro lado y más allá de las cifras expuestas hay una serie de razones que nos llaman a reconsiderar si es solo un problema de remuneración. Por ejemplo, si la canasta básica familiar, aun para los que logran acceder a ella, es una garantía de vida digna.

Ya que los trabajadores siempre han estado en desventaja a la hora de negociar el precio del trabajo, es necesario empezar a introducir el concepto de redistribución de la renta ya que abarca otros aspectos como lo son la retribución de los impuestos a través de servicios públicos de calidad y la cuestión de nuestra estructura tributaria regresiva que fomenta la desigualdad mediante el cobro de impuestos al consumo por encima de los impuestos a los ingresos.

No se trata de abandonar la mesa de negociación sino de reformular la lucha. Los años pasan, los sueldos no pueden ganarle la carrera a la inflación, los salarios sufren cada vez más depresión, los trabajadores también. 

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