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Ética de avatar

La mayoría de los dominicanos demandamos de los demás comportamientos ético-morales que muchas veces no practicamos. En ocasiones, convertimos la ética personal en un avatar que acomodamos convenientemente a situaciones de interés o deseo personal, respecto a algún objeto específico o a alguna meta que nos hayamos propuesto. Asimismo, recurrimos a comportamientos, según donde nos encontremos, a sabiendas de que actuamos en detrimento de algún principio o norma moral de la sociedad dominicana. 

La palabra ética viene del vocablo griego ethos que significa comportamiento o costumbre. Ética son los principios de la conducta humana que al observarse o aplicarse en todos los ámbitos de la sociedad producen el equilibrio de la conducta humana.

Según Aristóteles, se es hombre –ser humano- en la medida en que seamos un animal sociable y político; no solo por la capacidad de organizarnos sino también por la capacidad de hablar y de percibir y decir  lo que es justo e injusto, lo que es malo y lo que es bueno.

De ahí que la ética forme parte integral del comportamiento de todo ser humano, respecto a las acciones realizadas en el desarrollo de sus actos. Se trata de una forma de vida, de un compromiso permanente, auténtico e inviolable.

No sé a ciencia cierta si este es un fenómeno que concierne solo a la República Dominicana, pero el hecho es que nosotros, aunque observamos y practicamos conductas éticas en las interacciones con otras personas en países extraños, una vez en nuestra tierra nos  comportamos diferente. Con ello, anteponemos en nuestras acciones conductas que solo favorecen nuestra individualidad y no  toman en cuenta ciertas normas de comportamiento social aceptado y deseado,como costumbre de la sociedad dominicana.

Con este tipo de conductas nos estamos desviando de nuestra aspiración máxima de que todos los dominicanos vivamos más allá de lo aceptable. Estamos perdiendo de vista la ética personal, que nos refiere a nuestra visión del bien y el mal. Con ello, estamos obviando esa lucha interior, motivada por nuestros deseos individuales; y esa necesidad del yo social de controlar o reprimir la mayoría de esos impulsos con el fin de que vivamos de conformidad con las reglas sociales.

Es penoso vivir situaciones en las que, sin ningún comedimiento, alguien viola algún orden establecido; sin sentir ni mostrar algún tipo de actitud que evidencie su conciencia de desconoce alguna norma en detrimento de otros compatriotas y, a la larga, de nosotros mismos, en tanto afecta la ética social. Practicamos comportamientos poco éticos en detrimento de terceros, aun a sabiendas de que estamos dispuestos a aceptar de esos terceros conductas parecidas en nuestro perjuicio.

La ética usada a conveniencia la encontramos en aspectos y escenarios diferentes en nuestra vida social y en situaciones consideradas de poca o mucha importancia. Así, vemos como el político de la época vende una imagen que luego descubrimos no posee. Nos permitimos un gobernante entronizado con avatar de progreso social bajo un rostro de ficha conocida como más de lo mismo. En ocasiones, aunque criticamos el nepotismo y el clientelismo en nuestra vida política, si contamos con algún funcionario familiar o amigo muy cercano, somos los primeros en pedir favores, sino para nosotros mismos, para algún familiar o amigo cercano. A la larga, aunque nos indignamos por este tipo de comportamiento de los políticos que consideramos poco ético, nos resulta fácil en nuestra vida cotidiana aceptarlo si nos favorece a nosotros.

Cuán fácil resulta también quitar el turno a alguien en una fila.  Si tenemos alguna prisa vemos como algo normal pasar por encima de personas que alineados en su carro, esperan pacientemente  el cambio de luz roja a verde del semáforo; como si el tiempo que cuenta fuera solo el propio, desconociendo así, conscientemente o no,  el costo social de la conducta exhibida y sin importar el daño causado a otras personas.

Los dominicanos estamos haciendo máster en derechos y demanda de comportamiento ético; pero, en la práctica, nuestra ética personal no está dando la debida importancia a la ética social; al sistema de normas y principios morales de nuestra vida cotidiana.

Si los dominicanos nos hemos dado un sistema de valores, la fuerza obligatoria de dichas valoraciones deben estar presentes en nuestros comportamientos en cualquier situación o en cualquier espacio geográfico en que nos encontremos.

Al fin y al cabo, el bien general sobre el bien particular es un principio social en todas las sociedades conocidas. Y,  aun cuando en las sociedades coexiste una minoría oportunista con éticas de avatares utilizadas según la conveniencia y circunstancia, los buenos dominicanos, esa gran mayoría a la que pertenecemos, no debemos de abandonar los comportamientos ético-morales  que hemos asumido como buenos y justos. Por lo tanto, no debemos cejar en nuestro afán de denunciar el nepotismo, el clientelismo y todo tipo de conducta fuera de los principios ético-morales que hemos asumido.  

Los dominicanos merecemos vivir en la mejor sociedad concebida por nosotros, trabajemos para ella; pero seamos respetuosos, auténticos y firmes respecto a la conducta ética personal y social. Por un país mejor. Por una mejor sociedad para nuestros hijos y para nosotros mismos.

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