El polvorín de Siria

En guerra desde marzo de 2011, “Siria se ha convertido en la gran tragedia de este siglo”, en palabras de Antonio Guterres, alto comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), una situación que, tras más de dos años de disputas internas entre el régimen de Bachar al Asad y los rebeldes, añade la posible intervención militar de las tropas estadounidenses, que hacen responsable al presidente sirio de haber ordenado el ataque químico del pasado 21 de agosto, en las afueras de Damasco, en el que murieron más 1.400 personas, incluyendo unos 429 niños.

Guterres define como “una calamidad indigna, con un sufrimiento y desplazamiento de población sin precedentes en la historia reciente”, al conflicto de Siria.

Lo que acontece en este país de 21 millones de habitantes no parece alcanzar su final con los seis millones de desplazados, dos de ellos fuera de sus fronteras, ni que la mitad de estos últimos sean menores de edad. Tampoco la denuncia de ACNUR de que, cada día, 5.000 ciudadanos sirios huyen a un país vecino.

Oriente Próximo es un polvorín y, si EE. UU. y Francia atacan a Siria, todo el mundo perderá el control de la situación y el polvorín explotará", se ha apresurado a contestar el presidente de Siria al gobierno de Obama, a través de una entrevista al diario francés “Le Figaro”.

“Cualquiera de los dos finales probables del conflicto sirio resultará negativo para los intereses de Washington, ya sea la continuidad del régimen de Asad, como su eventual colapso”, explica el profesor Javier Jordán, miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional.

Por su parte, el presidente estadounidense pretende enfatizar que lo que se está diseñando “es algo limitado, algo proporcional, que reducirá la capacidad del régimen de Bachar al Asad".

Bajo este panorama, Javier Jordán, profesor titular del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Granada (sur de España) y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI), apunta que es muy probable que los estadounidenses finalmente emprendan una intervención militar “de carácter meramente punitivo y dirigida contra el aparato de seguridad del régimen”.

Según este experto en terrorismo sería un ataque a los ministerios de Defensa e Interior, a la sede de los servicios de inteligencia y a algunas instalaciones militares, especialmente las relacionadas con las armas químicas, entre las que se encuentran el centro de investigación científica de la ciudad portuaria de Latakia, e infraestructuras estratégicas en Hamah, Homs y Damasco.

Cualquier final es negativo para Washington

“Para realizar dichos ataques bastaría, en gran medida, con los misiles Tomahawk que portan los buques actualmente desplegado en el Mediterráneo Oriental”, apunta Jordán, para quien “cualquiera de los dos finales probables del conflicto sirio resultará negativo para los intereses de Washington, ya sea la continuidad del régimen de Asad como su eventual colapso”.

El miembro del GESI asegura que “el sistema de defensa antiaéreo sirio es mejor que el que encontró Estados Unidos en Libia durante la intervención de 2011, pero no es rival para las fuerzas aéreas norteamericanas. Sobre todo, si como parece probable, el ataque se realiza fundamentalmente mediante misiles de crucero lanzados desde cientos de kilómetros de distancia”.

“Lo verdaderamente peligroso es que tengamos otro Irak”, apunta a EFE, Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano.

Para Jordán “es probable que el régimen sirio opte por encajar el golpe sin tomar medidas activas” y una victoria del bando rebelde, muy fragmentado, "se traduciría en la balcanización del país, al estilo de la Libia actual, con facciones yihadistas fuertemente consolidadas". 

“Una intervención militar norteamericana no parece que vaya a generar alternativas más favorables” y sí podría ir seguida de represalias contra Estados Unidos por parte de los aliados del régimen sirio. “Se podrían producir acciones, por ejemplo, como el secuestro de ciudadanos norteamericanos en Líbano a manos de Hizbulá (la milicia libanesa de origen chií)”.

Para Jordán, “los bombardeos no tratarían de acabar con la vida de Bachar al Asad pues, además de ser extremadamente difícil, la finalidad de los ataques no consistiría en alterar o acelerar de manera significativa el desenlace de la guerra”.

“Hay margen para empeorar”

En este sentido, Jordán coincide con Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano. La opción militar “parece más política que estratégica: se trata de hacer algo que pueda servir para rebatir las acusaciones de pasividad, pero que no genere rechazo. Algo que parezca contundente pero que no comprometa a una escalada militar y permita al intervencionismo humanitario moverse”.

Para Arteaga “cabe confiar en que hayan calculado mejor los riesgos de su acción militar que en ocasiones anteriores”.

La guerra en Siria ha provocado más refugiados y desplazados que ninguna otra en el mundo.

Según el investigador del Real Instituto Elcano “cambiar de régimen no garantiza que mejoren las cosas para la población y, modificarlo por la fuerza en Siria, puede acabar esparciendo por Oriente Medio un caos similar al que lanzó la intervención militar en Libia por el norte de África y el Sahel en 2011”.

Arteaga analiza para Efe el papel de Israel en este conflicto y se pone en el supuesto de que caiga el régimen de Bachar y los miembros de Hizbulá se replieguen en el Líbano con armas convencionales y químicas. “Entonces la situación se le puede poner muy complicada a Israel”.

Muy distinto es el papel de Irán, “un actor a la sombra”, a quien le interesa que este conflicto se alargue lo máximo posible, según Arteaga.

“Si Bachar cae en estos ataques tendremos un escenario a la balcánica, de fragmentación. En este supuesto, Irán se moverá como pez en el agua porque tendrá empantanados, en territorio sirio, a todos sus rivales árabes y a los Estados Unidos”.

Para el especialista del Real Instituto Elcano, “lo verdaderamente peligroso es que tengamos otro Irak” por lo que no augura un rápido final en este conflicto. “Hay margen para empeorar”, concluye. (Juan Medina)

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