“La casa del padre Alberto Gil era la casa de Dios”, afirma Sergio Rodríguez, diácono de Juncalito

El sacerdote Alberto Gil (Wojciech Gil) oficia misa en su parroquia de Bielsko-Biala, Polonia (Archivo fuente externa)

El padre Alberto Gil, acusado de abuso sexual de menores en Juncalito, comunidad donde era párroco hasta que fue suspendido el pasado 28 de mayo, era una persona que prodigaba mucho amor y con un corazón limpio, según su diácono y asistente Sergio Rodríguez.

 Al conversar con 7dias.com.do, Rodríguez, quien lleva desde 2004 como diácono de la comunidad situada a unos 50 kilómetros al sur de Santiago, dijo que no podía asegurar que todo cuanto se ha dicho con relación a los abusos sexuales atribuidos al cura sea cierto; sin embargo, confirmó que en el allanamiento, realizado por la Fiscalía en la casa parroquial y en el cual participó, se encontraron prendas íntimas de mujer, películas pornográficas, preservativos, estupefacientes, entre otros objetos.

Al ser preguntado sobre la reacción del arzobispo De la Rosa y Carpio cuando fue enterado de la situación, Rodríguez indicó que el jerarca católico le dijo que lo hecho por él estaba bien.

Rodríguez narra que desde que fue enterado de la situación, hace ya dos semanas, entrevistó a los niños, quienes le contaron lo que el padre Alberto hacía con ellos, por lo que en compañía de una comisión se dirigió al Departamento de Menores de la provincia a poner el caso en manos de las autoridades judiciales no sin antes consultarlo con su arzobispo Ramón Benito de la Rosa y Carpio.

“Yo no puedo asegurar que sea ciento por ciento verdad lo que dicen los niños porque yo no estoy en su corazón, yo escuché sus versiones, ellos me contaron las cosas que pasaron, hablé con ellos y lo que me dijeron no corresponde exactamente con lo que se está sonando y con esas cosas horribles que han publicado algunos medios. Creo que hay mucha exageración”, expresó Ramírez tras señalar, sin embargo, que responde a la verdad lo publicado con relación a lo encontrado en el allanamiento.

 “Mi trabajo es”, indicó, “llevar el Evangelio. Administro algunos sacramentos como son bautizos, bendición de matrimonios y servicios a la gente. También estoy al servicio del arzobispo Ramón Benito de la Rosa y Carpio, quien visita con frecuencia a la comunidad”.

 Cuando el “rumor” llegó a sus oídos, añade, el padre Alberto se encontraba fuera del país; por eso “inmediatamente di los pasos que tenía que dar”, explicando que habló con cuatro de los niños mencionados. “Allá, en la justicia, los cuatro niños fueron examinados por el médico legista y todavía no sé cuáles son los resultados del examen”.

De acuerdo con el diácono el caso se encuentra en la justicia siendo ésta la que, a su parecer, tiene que determinar junto con las familias que presentaron la querella la verdad de las acusaciones.

Sin escatimar elogios, el diácono resalta “la preocupación” del sacerdote “por todo el mundo, por los niños, por los jóvenes, por los viejos, no tenía distinción con nadie”.

Al ser preguntado sobre la reacción del arzobispo De la Rosa y Carpio cuando fue enterado de la situación, Rodríguez indicó que el jerarca católico le dijo que lo hecho por él estaba bien.  “Imagínate,  el arzobispo nunca en la vida va apoyar esas cosas”, dice convencido del sentimiento de justicia de su superior.

“Aquí no están subiendo sacerdotes”

 Juncalito se ha quedado sin la celebración de la misa porque de acuerdo con el diácono Rodríguez, “aquí no están subiendo sacerdotes en estos momentos”. Espera que las autoridades de la Iglesia normalicen la situación e insiste que lo ocurrido en Juncalito ha sido exagerado por la prensa.

“Cuando se dan casos así siempre hay gente que habla de más, no saben lo que hablan, dicen lo que es y lo que no es, ha habido muchas cosas que se han dicho que son falsas”, afirmó el diácono al evaluar al sacerdote Alberto Gil, pese a las acusaciones que pesan en su contra, como una persona excelente.

 “Mi evaluación del padre Alberto Gil en el tiempo que he trabajado con él es que ha sido una persona excelente, ha hecho un trabajo aquí que ningún sacerdote había hecho antes”, afirma convencido Rodríguez.

Sin escatimar elogios, el diácono resalta “la preocupación” del sacerdote “por todo el mundo, por los niños, por los jóvenes, por los viejos, no tenía distinción con nadie”. Este aprecio por la labor pastoral del supuesto pederasta lo lleva incluso a ser condescendiente con las posibles culpas: “Si tuvo su error, eso lo sabe papá Dios, yo no puedo juzgarlo… si se equivocó, somos humanos, pero como persona es excelente, humanitario y con mucho amor”.

“La casa de Dios”

 Aunque para el diácono de Juncalito la del sacerdote era “la casa de todos”, el dirigente comunitario Rafael Collado contó que en la misma acontecían cosas que no dejaban de llamar a su atención. Según Collado eran constantes las celebraciones festivas con bebidas alcohólicas que también eran ingeridas por menores.

 “Yo mismo llegué a participar en algunos momentos y a tomarme mis traguitos, pero pensaba que era algo normal por tratarse de un cura extranjero con una cultura diferente”, expresó el dirigente de la agrupación Unión, Seguridad y Fuerza (UFS) al detallar que entre las bebidas que llegó a identificar se encontraban vodka, whisky y cerveza.

A Collado también le llamaba la atención el tipo de personas que frecuentaban al padre Alberto. “Aquí venían muchos extranjeros a visitar al sacerdote, eran personas que yo me las encontraba muy raras, algunas mujeres vestidas con poca ropa, era algo extraño siendo gente de la Iglesia”.

Pero para el diácono Rodríguez, la casa del cura era la casa de Dios, donde todo el mundo, sin distinción, podía ir a tomar café de Juncalito, considerado uno de los mejores aromas de la región y del país por cosecharse en las alturas de las serranías de la cordillera Central. “Su casa siempre estaba abierta para beber café, no importa que fuera prieto, rojo, blanco, morado, el padre Alberto no tenía distinción con ninguna persona”, acota el servidor católico.

 ¿De dónde viene el cura supuestamente pederasta?

 El nombre de Alberto Gil es Wojciech Gil. Con este nombre identifica la prensa de Polonia al sacerdote miembro de la polaca Congregación de San Miguel Arcángel –fundada en 1897 por el padre, después beato,  Bronisław Markiewicz— al que numerosos niños de la parroquia San Antonio de Padua, en Juncalito, acusan de haberlos abusado sexualmente.

Wojciech, de 36 años, llegó a la empobrecida y fervientemente católica comunidad de Juncalito hace nueve años, según las informaciones aparecidas en medios de prensa. Atrás dejaba su parroquia Cristo Redentor del Hombre, en Bielsko-Biala, una pequeña y pujante ciudad al sur de Polonia, situada las laderas de los montes Cárpatos.

El interés de los miguelinos polacos en establecerse en el país lo despertó en 1982 el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, quien los invitó a misionar en estas agrestes tierras, como las describen algunos artículos de medios católicos de Polonia que exaltan las virtudes de los misioneros.

No fue el primer cura miguelino en poner los pies en Juncalito. Lo precedió en 1997 el padre John Drabczak. Catorce años antes, en agosto de 1983, habían desembarcado los pioneros Ene Kaszuba, Miroslaw Szewczyk y Wiesław Szpila. El 29 de mayo de 1984, se unió a ellos, venido desde Paraguay, donde había pasado seis años, el padre Henry Straw, haciéndose cargo de la comunidad miguelina que empezaba a formarse.

El interés de los miguelinos polacos en establecerse en el país lo despertó en 1982 el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, quien los invitó a misionar en estas agrestes tierras, como las describen algunos artículos de medios católicos de Polonia que exaltan las virtudes de los misioneros. Apenas recibida la invitación, pusieron proa hacia la isla, trayendo en el equipaje el propósito de tender la mano a los residentes en los barrios más pobres de Santo Domingo, entre ellos Los Alcarrizos, donde crearon parroquias.

Según una página polaca sobre la República Dominicana, donde aparece un artículo sobre la presencia de la congregación en el país, el número de sacerdotes miguelinos creció rápidamente, a tal punto que los entusiasmados miembros de la Asamblea que los dirige decidieron en 1987 dar vida a la Delegación del Caribe, que abrió casa en Los Alcarrizos en 1987. Diez años después, se asentarían en Santiago y Puerto Plata.

Hasta 2011, los sacerdotes de la Congregación de San Miguel Arcángel radicados en el país eran:

• P. John King. Delegado del Superior General, depositario de la iglesia Santuario de San Miguel Arcángel, en Santiago

• Fr. Henry Straw, director de la escuela, párroco de St. San Antonio de Padua, Los Alcarrizos

• Fr. John Wacławik,  párroco de Nuestra Señora de Fátima, capellán militar, Los Alcarrizos

• Fr. John Kaszuba, párroco de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, Maimón

• Fr. John Drabczak, párroco de Santo Tomás,  Jánico

• Fr. Wojciech Gil, párroco San Antonio de Padua, Juncalito

• Fr. Gregory Okarma - Pastor de la Capilla de San Miguel y la iglesia parroquial de San Felipe Apóstol, en Santiago.

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