Enormes piedras para contener el aún más enorme abuso de los dueños de lujosas yipetas

Con menos trabajo

No es el batey taíno, aunque sea rectangular y esté bordeado por grandes, casi inmensas rocas traídas de quién sabe dónde. Es la isleta que divide la avenida Sarasota frente a Bella Vista Mall y una escuela de ballet con reducido parqueo, y que continúa un poco más allá, frente al modernísimo edificio del gimnasio Body Shop, en cuyo piso bajo han abierto sus puertas algunas franquicias de restauración.

Las rocas que se alinean afeando aún más el paisaje urbano son la desesperada medida del Ayuntamiento del Distrito Nacional para evitar que una clase media irrespetuosa de los espacios públicos y del derecho de los demás, continúe utilizando la isleta como parqueo de sus carísimos yipetones y carros de lujo, congestionando abusivamente el tránsito; arriesgando, sin que le importe un comino, la vida de los peatones y provocando innecesarios tapones en un trecho de calle por el que el tránsito debe fluir.

Las rocas colocadas en la isleta de la Sarasota en el tramo indicado son, por tanto, un testimonio (afrentoso) de la falta de civilidad de la fracción clasemediera capitalina, pareja gemelar de los choferes del transporte público, aunque en su imaginario se crea diferente y maldiga a esos “rastreros” que transitan por las mismas calles y con el mismo convencimiento de que lo hacen por la selva.

Por lo menos alrededor de Bella Vista Mall abundan los letreros que informan la disposición para los clientes de 900 estacionamientos. Esfuerzo inútil porque, dueño particular de la calle, cada conductor de yipeta impone su soberanía donde le dé la gana. Durante semanas, y hace unos meses, la AMET se esforzó, cosa inaudita, en ordenar el tránsito de entrada y salida del mall. Una nube de agentes para unas cuantas decenas de metros lineales de calle. Quizá porque creyeron cumplida su misión o porque se “jartaron” de la prepotencia de los dueños de yipetas y carros de lujo, que los ninguneaban sin ningún rubor, los amet abandonaron el lugar y el caos volvió por sus fueros.

Estacionamiento doble en una calle de dos carriles. Aparcadores que detienen el tránsito para que el dueño del yipetón o el carro de lujo pueda, sin prisas y sin ninguna consideración por el otro, aparcar en los espacios más insólitos. Improperios y amenazas contra quien ose protestar cuando el binomio aparcador/dueño de yipetón hacen ambos los que les venga en gana. Complicidad delictiva que amedrenta a cualquiera. Radiografía de una sociedad de abusadores en gradación diversa, pero irreductibles.

El afeado paisaje de este pedacito de ciudad debería ser vergüenza. Hay que temer, sin embargo, que solo sea transitoria molestia.

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Galería

  • 1

    Con menos trabajo

  • 2

    ¡No me retrates, c...!

  • 3

    Manda el aparcador

  • 4

    Pétreo manual de urbanidad

  • 5

    Despejando espacio... a la fuerza

  • 6

    Piedras, muchas piedras

  • 7

    Incontables piedras

  • 8

    Los dueños de la calle